Trenos por sesenta millones de muertos

Uno de abril de 1945. Más de cien mil soldados japoneses, muchos llegados de China y Manchuria, defienden Okinawa, una de las islas Ryukyu, que no forman parte de Japón sino desde finales del siglo XIX. En Okinawa, vive casi medio millón de personas. Los estadounidenses acaban de tomar Iwo Jima y, en la invasión, habían muerto más soldados atacantes que defensores. Estratégicamente fue un éxito: la marina y la aviación ganaban un puesto avanzado. Sin embargo, el número de bajas comenzó a influir de manera evidente en la mente de los militares que estaban ya diseñando el ataque definitivo al Japón.

Okinawa confirmó esos temores. Los norteamericanos tardaron casi tres meses en tomar la isla. En la campaña, la marina norteamericana sufrió tantas bajas como en los dos años anteriores de guerra. En cuanto al ejército y la infantería de marina, las bajas igualaron a las de los defensores: 80.000 muertos en combate, 30.000 heridos, y 25.000 más que murieron por accidente o enfermedad. Y ello pese a tratarse de los veteranos de la guerra en el Pacífico.

Ahora pasemos a Harry S. Truman. El 12 de abril de 1945 se convirtió en presidente de los Estados Unidos por la muerte de Roosevelt. Ese mismo día se entera de que existe la bomba atómica. Todavía es un proyecto de resultado incierto. Aunque hace casi un año que existe una unidad especial de aviación designada para su lanzamiento, hasta mayo y junio de 1945 no fue destinada a las Marianas, el lugar desde el que partiría la misión de bombardeo.

Ahora volvemos atrás. Esto era Japón. Aplicar nuestra idea de una sociedad autoritaria y jerarquizada, en la que se cumple la cadena de mando, a los disciplinados japoneses, es un error. Su disciplina era básicamente ideológica y religiosa. La rebeldía por razones morales se generaba de forma natural en esa ideología, y crecía y se ampliaba según se subía en la escala social. Sobre todo porque era auténtica, sincera, ya que llevaba aparejada el autosacrificio. Japón era entonces un lugar complicado si pretendías imponer algo contrario a esa visión del mundo. Incluso aunque el que pretendiera imponerlo fuese el propio emperador.

En enero de 1945 (antes de Iwo Jima y Okinawa), los norteamericanos y los ingleses habían calculado que iban a necesitar un millón y medio de hombres, toda la flota del Pacífico y parte de la Royal Navy, y cinco mil aviones para invadir Japón. Ya entonces se calculaba (tomando como base para el cálculo las operaciones de los años precedentes) más de medio millón de bajas. Y si se consideraba la pérdida de vidas entre los japoneses, bien por un bloqueo que ya era total, bien por las previsibles acciones bélicas de bombardeo incendiario, bien por la propia invasión, no era descabellado pensar en millones de muertos. Es cierto que militares norteamericanos tan famosos como McArthur (que no fue consultado), Leahy, Eisenhower o Spaatz afirmaron tener dudas sobre la capacidad de resistencia del Japón, pero fue tras la guerra y tras haberse lanzado las bombas, como crítica a su lanzamiento y cuando ya se había tomado conciencia de que no se trataba de un arma más, puesto que cualquier estrategia general futura entre las superpotencias debía considerar la autodestrucción. Los hechos objetivos, sin embargo, antes del lanzamiento, no avalaban esas tesis, en absoluto. En los relatos críticos sobre el lanzamiento de las bombas atómicas planea, a menudo, un sesgo retrospectivo de libro.

El coste previsto de la invasión era, en ese momento, de tal calibre, que algunos estrategas y analistas llegaron incluso a plantear un bloqueo como forma menos costosa de rendir al Japón. Sin embargo, esa opción chocaba con factores económicos, políticos y emocionales. En Estados Unidos seguía existiendo libertad de información y la población no dudaba —alimentada además por la propia propaganda de guerra— en calificar a Hitler y a Hirohito como bestias salvajes. Esa calificación no era, además, ya lo sabemos, arbitraria: las noticias de los campos de exterminio de Alemania y de las Filipinas han llegado a la opinión pública. Esto, a menudo, se olvida: seis años de guerra y sesenta millones de muertos exigían un precio, la rendición incondicional.

Veamos ahora el factor ruso. Roosevelt obtuvo de Stalin una promesa de colaboración en la derrota del Japón. Un ataque en Manchuria dificultaría la defensa de las islas y del propio Japón. Sin embargo, en Yalta, en febrero de 1945, la bomba, aunque avanzada, no era un factor decisivo. Luego las cosas empezaron a cambiar. Los rusos, que habían estado nadando y guardando la ropa, vieron una oportunidad excelente en el este de Asia. No sólo para pagar la humillación de la guerra ruso-japonesa, sino para su propia expansión territorial e ideológica. Así que, cuando en abril, los soviéticos anunciaron que no renovarían la neutralidad con el Japón, los japoneses intentaron el camino diplomático con Stalin para llegar a una rendición con condiciones, ignorando que el propio Stalin era el más interesado en una guerra larga y hasta el fin. Quienes sí lo sabían eran los norteamericanos, al igual que sabían que los soviéticos habían decidido que Europa del este iba a ser suya, a pesar de las conversaciones sobre el papel de una nueva “Sociedad de Naciones”. Que la rapidez del desenlace y el uso de la bomba pudieran atemorizar a los rusos estuvo con seguridad en la mente de Truman y de los dirigentes norteamericanos. Que fuese la razón principal para el lanzamiento es contrario a la evidencia. Por cierto, Stalin ni siquiera se inmutó cuando, en Potsdam, Truman le comunicó la existencia de una “superbomba”. No se inmutó porque conocía los detalles perfectamente, a través de sus espías en el Proyecto Manhattan. Además, siempre que se habla de la bomba y la URSS, se olvida que, hasta mediados de julio de 1945, no existió certeza (al menos entre los pocos militares y políticos que conocían su existencia) de que la bomba funcionaría y de cuál era su poder destructor. Considerar que la política norteamericana iba destinada a alargar la guerra para demostrar algo a los rusos y que, por eso, se hizo caso omiso a supuestos signos que venían del Japón desde varios meses antes, es absurdo.

Efectivamente, uno de los errores sobre las posibilidades para la paz en abril de 1945, que lleva a muchos autores a juzgar severamente las declaraciones de Potsdam, de las que luego hablaré, es la de ignorar hasta qué punto eran aquellas serias o no. Es cierto que Kantaro Suzuki, un almirante retirado, y presunta “paloma”, fue designado jefe de gobierno en abril de 1945. También lo es que, después de la guerra, el mismo Stimson, Secretario de Estado, manifestó que tenían conocimiento de que una gran parte del gabinete japonés era partidario de la paz. También leerán en algún lugar sobre la existencia de comunicaciones del propio Hirohito, en julio de 1945, con manifestaciones en ese mismo sentido. Lo malo de estos relatos es que chocan con los hechos, total y absolutamente, porque no puede ser cierto que los japoneses solo quisieran que se mantuviese formalmente al emperador en su trono. No puede serlo por una sencilla razón: incluso después de la primera bomba las exigencias fueron muy superiores.

Para dejarlo claro hay que hablar de Potsdam, la conferencia celebrada del 17 de julio al 2 de agosto de 1945, por los vencedores. Allí se discutió, entre otras cosas, sobre la rendición del Japón. Era evidente que Japón había perdido la guerra y también lo era que los japoneses querían una rendición “honrosa”. Stalin se lo comunicó a Truman, y a Truman se lo confirmaron también sus propios servicios de inteligencia. Lo que no estaba tan claro era qué significa rendición honrosa. Por eso Truman, el 26 de julio, hizo una declaración: los japoneses sólo podrían evitar la catástrofe rindiéndose en el acto y eliminando los obstáculos para el desarrollo de las “tendencias democráticas entre el pueblo japonés”. Se estaba dando al gobierno japonés la oportunidad de sondear el mantenimiento formal de la figura del emperador. Sin embargo, Kantaro Suzuki —se dice que por un error de traducción—, decidió ignorar esa declaración, sin intentar siquiera obtener algún tipo de especificación. Mientras tanto, Hirohito se preocupaba, sobre todo, del tesoro imperial del Japón, demostrando lo difícil que es afirmar sensatamente que existía una voluntad más o menos uniforme de obtener una paz con mínimas concesiones.

Bien, ya estamos en agosto de 1945. Los japoneses, pese a ser evidente que su fin era inevitable, seguían sin dar signos de querer capitular. Al contrario, estaban implantando planes de resistencia alegremente denominados La Gloriosa Muerte de Cien Millones, y en junio de 1945 habían llamado a filas a toda la población, según cálculos de la época, dos millones de soldados y veintiocho millones de miembros de la milicia local. Sus alocados planes incluían el llamado Cerezos en flor por la noche, ataques kamikaze sobre California para esparcir el ántrax sobre el que viene trabajando el ominoso y repugnante Escuadrón 731.

Por otro lado, Iwo Jima y Okinawa les han demostrado a los norteamericanos lo que les podía costar una invasión. La guerra estaba ganada, pero las pérdidas eran superiores a etapas anteriores de la guerra. Entre abril y junio de 1945, mil quinientos kamikazes habían ocasionado pérdidas terribles a la 5ª Flota. Cientro treinta buques resultaron perdidos o muy dañados, entre ellos cinco portaaviones, y los servicios de inteligencia afirmaban que siete mil quinientos aviones esperaban en Japón a las lanchas de desembarco y los buques de apoyo.

En ese momento, tras seis años de guerra y sesenta millones de muertos, el presidente fue informado de que la bomba funcionaba. La prueba había tenido lugar el 16 de julio de 1945, en Los Álamos. Se trataba de una bomba de plutonio, idéntica a la que luego estallaría en Nagasaki. Truman, en ese momento, tomó una decisión razonable, considerando los hechos. Ya habían muerto más de cien mil personas en Tokio, en los bombardeos de marzo de 1945, y habían sido arrasadas Nagoya, Osaka y Kobe, y, pese a ello, los japoneses no se habían rendido. La demostración del poder destructivo de una sola arma, debía ser concluyente, y de no producir el efecto moral previsto en la mente de los mandatarios japoneses, debían producir su efecto más propio: el destructivo. Y con ello facilitar la invasión.

No es muy trascendente por qué se escogió Hiroshima. Era un blanco más fácil que otros, había tropas acantonadas, tenía importancia militar y logística y se pensaba que no había campos de prisioneros aliados. El 6 de agosto de 1945 quedó completamente destruida.

Los dirigentes japoneses ya supieron el mismo día 6 que la ciudad había desaparecido, aunque  siguieron existiendo dudas entre el primer y el segundo ataque, acerca de la naturaleza del arma.

En cualquier caso, y pese al ataque, el gobierno japonés y el consejo de guerra siguieron discutiendo acerca de la necesidad de que se respetasen cuatro puntos para que la rendición fuera honrosa: el mantenimiento del modelo instaurado en la constitución de 1889 (precisamente aquél que había originado y fundamentado el militarismo, expansionismo y racismo japonés), que no se ocupase el Japón, que el desarme correspondiera a las propias fuerzas armadas japonesas, y que los crímenes de guerra fueran juzgados en el seno de estas. Como es evidente, se trataba de exigencias disparatadas.

Ni siquiera la declaración de guerra de la URSS, el 8 de agosto, y los ataques en Manchuria, cambiaron el sentido de las discusiones. Al contrario: la orden que recibieron los ejércitos japoneses de Manchuria fue batirse hasta la muerte.

La madrugada del 9 de agosto, los seis miembros más importante del gabinete se encontraban empatados: tres de ellos (demos sus nombres para escarnio de su memoria, Korechika Anami, Yoshijiro Umezu y Soemu Toyoda) exigían seguir adelante con la guerra, frente a otros tres, que planteaban negociar directamente con los norteamericanos. Obsérvese que lo que planteaba la alternativa “pacifista” no era renidrse incondicionalmente, sino negociar directamente. Debido al empate, se permitió la entrada a todos los miembros del gabinete, pero eso no desbloqueó la situación.

Las discusiones continuaban cuando llegaron las noticias de la destrucción de Nagasaki.

Hay que decir algunas cosas de la segunda bomba y del porqué de su lanzamiento. Se ha criticado a veces a los estadounidenses por no hacer, con la bomba de Hiroshima, algo así como un tiro de aviso. Los que dicen eso se olvidan de qué es una guerra. Y, sobre todo, se olvidan de qué fue la 2ª Guerra Mundial. Los norteamericanos tenían material para cuatro bombas (y cada bomba se fabricaba artesanalmente) en ese momento. Esas bombas, además de para intimidar, cumplían la misma función (sólo que aumentada) de cualquier arma y temían malgastarlas, sabiendo que iban a tardar, presumiblemente, algún tiempo en tener listas nuevas bombas (y así sucedió con el material de una de ellas: se malgastó en pruebas antes del bombardeo de Nagasaki). Por esa razón, los estadounidenses sólo disponían de una bomba más tras Nagasaki, una bomba que ya tenía un destino fijado en caso de que no se produjera la rendición: Sapporo.

La bomba se lanzó tres días después, y no cinco días como se había previsto inicialmente, porque iba a comenzar un período de mal tiempo, y los norteamericanos querían que el efecto acumulativo sobre la mente de los gobernantes japoneses —que ignoraban cuántas bombas similares podían lanzar los norteamericanos— fuese devastador. Se lanzó sobre Nagasaki y no sobre Kokura, el objetivo principal, porque ésta estaba cubierta de nubes.

Volvamos a la reunión del gabinete japonés. Cuando llegaron las noticias del segundo lanzamiento, Korechika Anami, líder de los intransigentes, siguió negándose a la rendición. Incluso a negociar con los norteamericanos directamente. Y fue necesario que Kantaro Suzuki convocase una nueva reunión a la que invitó al propio Hirohito. Durante esa reunión, las opiniones seguían enfrentadas, y fue Hirohito el que impuso la decisión de rendirse; eso sí, con la condición de que se le mantuviese “simbólicamente” como emperador del Japón. Hicieron falta dos bombas atómicas para que el emperador, el 10 de agosto, autorizase al ministro de relaciones exteriores para hacer esa proposición de paz.

Esa proposición podía haberse hecho tras la declaración de Potsdam, pero no se hizo porque los mandatarios japoneses aún querían salvar un régimen criminal y genocida. Todos los análisis a posteriori sobre la voluntad de los dirigentes del Japón, en la primavera de 1945, o sobre las vagas proclamas de paz de Hirohito, chocan contra la terrible realidad de las discusiones tras Hiroshima y Nagasaki y son incompatibles con ellas. Son malas falacias del historiador causadas por el horror nacido de la contemplación de la terrible capacidad destructiva del arma atómica y su proyección en un posible armagedón final.

Esos análisis, además, chocan, con el comportamiento de los oficiales que, ese mismo día, se plantearon dar un golpe de estado, y salvar al emperador de su deshonor; y que fracasaron, al comprobar que sus cabecillas naturales, los mismos que habían querido continuar con el sacrificio de su pueblo, habían optado por el suicidio ritual.

Y chocan con la decisión tomada por Hirohito, en una fecha tan tardía como el 14 de agosto, de exigir la firma personal de los altos cargos de los ministerios en las condiciones de la rendición.

Y chocan con la batalla sucedida, poco después, entre la guardia de palacio y jóvenes oficiales que pretendían evitar que el mensaje de rendición grabado por el emperador para su pueblo, fuera retransmitido, y que después se suicidaron en masa.

Y chocan con el hecho de que los que firmarían, el 2 de septiembre, la rendición del japón, en el buque Missouri, escogieran vehículos camuflados, por si se producía un ataque de fuerzas contrarias a la rendición.

Y chocan con las declaraciones del hombre más cercano al emperador, Koichi Kido, que afirmó que las bombas les habían ayudado a ellos, los partidarios de la paz, a ganar las discusiones sobre la rendición o el exterminio.

Y chocan, sobre todo, con el hecho de que Truman, siguiendo el consejo de Stimson, y apoyado por todo su gabinete, aceptara que Hirohito siguiera siendo emperador, a pesar de todo lo sucedido, y a pesar del lanzamiento de dos bombas atómicas.

No hay ninguna razón para pensar que no habría admitido lo mismo quince días antes.

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8 comentarios en “Trenos por sesenta millones de muertos

  1. (En diciembre de 1944, la Armada de los Estados Unidos convenció al Ejército para que, utilizando sus bombarderos estratégicos, arrojase minas de fondo en las aguas de Corea y el archipiélago japonés que ella le indicaría. El general Arnold accedió por fin a la petición de Nimitz y ordenó que la operación “Starvation” (“Hambre”) comenzase en abril de 1945. Para el 15 de agosto siguiente, en que terminaron las cinco fases de dicha operación, y también la guerra, los B-29 habían arrojado 12.136 minas de fondo en las bases navales de Kure, Sasebo e Hiroshima, el estrecho de Shimoseki y los puertos de Tokio, Nagoya, Kobe, Niigato, Motsue, Obama, etc. Se perdieron 15 aviones B-29, pero éste un precio insignificante ya que los japoneses tuvieron que movilizar 20.000 hombres y 350 dragaminas ¡de los que se fueron a pique 261!, para combatir aquella verdadera plaga que hundió o dejó gravemente averiados a 670 barcos nipones con 1.400.000 toneladas de registro… El puerto de Nagoya tuvo que ser cerrado al tráfico el 27 de Abril; los de Shimizu, Yokohama y Tokio, los días 14, 23 y 27 de junio. Todos ellos permanecieron inutilizados hasta el final de la guerra, y, debido a las minas, sólo quedaron disponibles tres de los veintidós principales astilleros nipones.
    La industria japonesa superviviente a los ataques aéreos quedó virtualmente paralizada por falta de materias primas; a partir de abril cesaron por completo las importaciones de petróleo, y las autoridades civiles advirtieron a las militares que, si la guerra se prolongaba otro año, más de siete millones de japoneses morirían de hambre… Por su parte, el Gobierno del Mikado informó a la Dieta, convocada inmediatamente después de la rendición, de que la causa principal de la derrota habían sido las pérdidas sufridas por la marina mercante imperial. ¡No, no fueron las bombas atómicas las que derrotaron al Japón! Cuando, en mala hora, se lanzaron innecesariamente aquellos soles en miniatura-cinco kilos de material fisible-, el Imperio del Sol Naciente ya estaba absolutamente fuera de combate. Que el lector saque sus propias conclusiones)
    “La guerra naval en el Pacífico-Luis de la Sierra”

    Así que cien mil muertos en unos segundos llevan al Japón a una rendición incondicional, pero 7 millones en un año, no.
    Los Aliados podían haberse limitado a bloquear Japón, esperando a que “la uva se pudriese en la vid”, según palabras de McArthur, que era la opción a la que eran favorables los profesionales de la milicia, pero el proyecto Manhattan, muy contestado en los estamentos militares, había consumido una cantidad enorme de recursos, y había que demostrar que esos recursos no habian sido en balde…
    Siempre hay alternativas, señor Rabtan, y enlazando con un post anterior suyo, no hay que hacer lo que se pueda, sino lo que se pueda de lo que se DEBE.

  2. Dos cosas, Apo.

    La primera es que no responde a ninguna de mis objeciones. Cita la narrativa de alguien, pero no expone por qué lo que digo no es correcto y cómo se explica el comportamiento de los mandatarios japoneses.

    La segunda es que usted mismo me da la razón con una frase algo extraña: “Así que cien mil muertos en unos segundos llevan al Japón a una rendición incondicional, pero 7 millones en un año, no”. Efectivamente, fueron las bombas las que obligan a Japón a rendirse. La opción del bloqueo, tras seis años de guerra y cientos de miles de muertos, era muy difícil de justificar ante el pueblo estadounidense y, además, ¿de dónde saca que habría sido menos costosa para el pueblo japonés? ¿Cuántos japoneses habrían muerto si los que mandaban en Japón hubiesen decidido resistir? Eso es lo que se olvida. Cree usted que los estadounidenses trataban con gente normal, pero lo que demuestran los hechos es que no, que no lo eran; que necesitaron el cataclismo atómico duplicado para ceder y que al final cedieron porque su emperador se impuso.

    Lo demás, insisto, es falacia retrospectiva.

  3. Disculpen el asalto, pero me gustaría hacerles una pregunta: tengo entendido que a día de hoy no se sabe quien dio la orden de lanzar la bomba de Hiroshima ¿es cierto?

  4. “En los relatos críticos sobre el lanzamiento de las bombas atómicas planea, a menudo, un sesgo retrospectivo de libro.”
    Hasta tal punto es esto cierto que ya ni sé la de veces que he leido por ahí la frase ” fue un crimen de guerra por que cuando se lanzaron las bombas Japon ya estaba derrotado”

  5. Me asombra su capacidad para saber de todo y pontificar sobre todo. Todo lo que cuenta en este post no pasan de ser especulaciones. Por ejemplo, cuando dice: Volvamos a la reunión del gabinete japonés. Cuando llegaron las noticias del segundo lanzamiento, Korechika Anami, líder de los intransigentes, siguió negándose a la rendición. Incluso a negociar con los norteamericanos directamente. Y fue necesario que Kantaro Suzuki convocase una nueva reunión a la que invitó al propio Hirohito. Durante esa reunión, las opiniones seguían enfrentadas, y fue Hirohito el que impuso la decisión de rendirse; eso sí, con la condición de que se le mantuviese “simbólicamente” como emperador del Japón. Hicieron falta dos bombas atómicas para que el emperador, el 10 de agosto, autorizase al ministro de relaciones exteriores para hacer esa proposición de paz.. ¿Cómo sabe que el Sr. Anami siguió negándose a la rendición? ¿Estaba Ud. allí o se lo han contado? ¿Qué fuentes maneja para hablar con tanta soltura y contundencia sobre temas que, en el mejor de los casos, están oscurecidos por el secretismo de todos, americanos y japoneses? Ambos bandos tienen un interés evidente en que no se conozcan los pasos que cada uno de ellos dieron en aquellos días aciagos. La razón es evidente: ninguno quiere aparecer como claro responsable de un ataque tan brutal.

    Toda su argumentación tiene, aparentemente, un único objetivo: justificar la racionalidad del lanzamiento de las bombas. En resumen, lo que quiere demostrar, aparentemente, es que los americanos hicieron aquello que era lo mejor y que minimizaba los daños.

    ¿También minimizaban daños en los bombardeos de Dresde (35000 muertos civiles), Tokio (100000 muertos civiles) o Hamburgo (40000 muertos civiles)?

    La maldad humana está trufada de trivialidades; la lógica de la guerra siempre se impone sobre las razones morales y/o éticas. Y al maldad, a posteriori, se quiere mostrar siempre como un mal imposible de evitar.

  6. Querido Tse, ya me lo imaginaba yo. Pero como me contesta con un chiste, le contaré a su vez otro:

    En un tren que recorría Irlanda iban tres científicos: un astrónomo, un físico y un matemático. Por la ventana ven una oveja negra en un prado. El astrónomo dice: En Irlanda las ovejas son negras Rápidamente el físico le matiza: No hombre, lo que puedes decir es que en Irlanda hay una oveja negra Finalmente el matemático les dice: Por favor, lo único que se puede decir es que en Irlanda hay un prado, donde pasta una oveja, uno de cuyos lados, al menos, es negro.

    Adoro la precisión del matemático, y hecho en falta, en su larga perorata acerca de lo buenos y razonables que fueron los americanos lanzando las bombas sobre Hirosima y Nagasaki, que nos diga una sola referencia, de donde ha sacado los datos que, por lo visto, pretende que nos los creamos basándonos en su acrisolada autoridad moral que jamás pondré en duda. ¡Líbreme Dios !

  7. Gora-Gora, se equivoca: no pretendo que se crea nada. Si se fija, en los miles de entradas que he escrito casi nunca he incluido referencias de libros o fuentes. Hace muy bien, por tanto, en no creerse nada. Pero no en este caso. En ningún otro de los asuntos que trato.

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