El populista siempre es el otro

 

Leo este interesante artículo de Elena Alfaro y pienso en algunas cuestiones periféricas.

La primera es que todos los partidos políticos (como máquinas que son para conseguir el poder) tienen un componente populista. La necesidad de vender un mensaje claro supone una renuncia necesaria a la complejidad y los matices. Ese mensaje, además, tiene una finalidad identitaria: ha de servir para distinguir nuestro producto del producto del otro. Ningún análisis está completo si eludimos esto. Para mí, el “problema” grave de Podemos no es tanto el populismo, ni siquiera el exceso de populismo, como su ideología y el hecho de que no compartan con los demás determinados límites. Esa sospecha se fundamenta en los orígenes de sus líderes, en su admiración por regímenes autocráticos y en su discusión de las bases legales y éticas de nuestro modelo de democracia.

La segunda cuestión periférica tiene que ver con esto:

Recordemos, el populismo es una herramienta que solo utiliza binomios. El archienemigo de Podemos es el PP, pero solo sobre el papel. Realmente nada interesa más a Podemos que un PP crecido y nada interesa más al PP que un Podemos aterrador.

¿Y qué pintan aquí los demás? Pues C´s (Ciudadanos) ha de ser empotrado en la extrema derecha. Hay que asimilarlo al peor PP, convertirlo en su marca blanca. Que desaparezca como entidad con personalidad propia.

Me ha hecho gracia esa puya al PP, que se convierte, pese a la elipsis, en el populismo especular de Podemos. El binomio populista hace que a Podemos le convenga un PP crecido y que al PP le interese un Podemos aterrador.

Como si todos y cada uno de los partidos políticos no hubieran jugado permanentemente la carta de colocar al otro en el extremo. Los de AP decían que el PSOE pretendía romper España y los del PSOE identificaron al PP en un vídeo electoral de los noventa con un dóberman que ladraba enfurecido. El PSOE lleva décadas situando al PP en la extrema derecha e identificándolo con el franquismo. Tanto que llegó a activar un cordón sanitario alrededor de los populares y hace pocos meses afirmó que los únicos partidos con los que nunca pactaría son el PP y Bildu.

Hoy mismo El Español se lo guisa y se lo come. Primero da una “noticia” chorra basada en fuentes ignotas conforme a la que el PP pretende dar alas a Podemos (por el hecho de fijar un orden en una intervención de un minuto) y luego, sobre esa “noticia” construye un editorial.

¿Ven dónde voy? El populismo adopta cualquier forma, precisamente porque desprecia la verdad. También puede ser populista acusar a alguien de practicar el populismo, como si hubiera partidos que no hicieran promesas idiotas.

A ese juego de la moderación están jugando el PSOE y Cs desde hace meses. Presentarse como los únicos centrados, los únicos responsables, los únicos honrados, los únicos que piensan en los españoles. El falso relato.

Están jugando también, como los demás, al juego del populismo.

Sánchez, susto o muerte

 

Pedro Sánchez es secesionista, no sabemos si consciente o inconsciente, como pueden comprobar:

“es como cuando tienes un grupo de amigas y de repente hay una amiga que dice que no quiere formar parte de esta panda”. Según Sánchez, en estos casos “lo que hay que hacer es intentar convencerla de que hay cosas muy buenas en el grupo y que comparta muchas cosas”.

“Rajoy lo que dice a esta amiga es: bueno, pues si quieres marchar, marcha, pero al final lo que intenta es enfrentarse”, cuando “lo que hay es decir en Catalunya que la queremos porque hay muchísimos catalanes que quieren seguir siendo españoles“.

Ya sé que es una respuesta para niños, pero simplificar, como ven, tiene sus ventajas. Cuando intentamos simplificar es más fácil que se nos vea la patita.

Si Cataluña es “una amiga” que puede decidir si se queda en la panda o se pira, Cataluña existe como sujeto de derecho pleno. Esa Cataluña de Sánchez no puede ser el mero territorio (las piedras y los ríos no piensan ni votan), por lo que tiene que coincidir con los que viven allí.

Sánchez, por tanto, afirma justo lo que afirma cualquier secesionista (no solo catalán). Alguien me dirá: “no es secesionista porque no quiere la secesión”. Falso. Poder votar y decidir unilateralmente sobre la secesión, sin que intervengan en esa decisión todos los españoles, es un acto que implica ya la secesión. No verlo —no querer verlo— es una de las razones de tantos equívocos.

Salvo, claro está, que Sánchez sea un esclavista que quiera obligar a esa amiga que quiere dejar la pandilla a seguir en ella a la fuerza.