¿A quién vais a creer, eh?

 

Sobre lo de las ventosas, lean esto de Antonio Villarreal. Como pueden ver, nos dice que no hay pruebas de que no sea un cuento chino. Y, como sabemos, en medicina, mientras no hay pruebas de que una terapia merezca ese nombre, esa terapia no es una terapia, sino un cuento chino.

Sin embargo, ¿a quién vamos a creer, a Antonio Villarreal o a todo un doctor que además sale en la tele? Y no en una tele cualquieta: ¡en TVE!

Vean esta noticia.

Un médico nos explica que esta terapia es cojonuda, eso sí siempre bajo supervisión médica. Vamos, que hace falta que un galeno cobre por colocar la ventosa, después de calcular el tamaño adecuado, su tiempo y qué tipo de vela aromática hay que usar.

Naturalmente, yo creo en la ciencia. Mucho más que en el periodismo. Y un médico escogido por la tele que pagamos todos para explicar la ventosa puesta de moda por personalidades tan conspicuas como Jennifer Aniston o Gwyneth Paltrow no puede ser un cantamañanas o un chorizo. La deontología de los de la tele impediría que cualquiera saliera diciendo bobadas y falsedades en una materia tan sensible como la salud.

Y efectivamente, su currículum es impresionante:

Naturalia

En fin, menos mal que tenemos la tele, porque si te fías de la sección de ciencia de El Español vas de cráneo.

 

 

Algo sobre la libertad

 

El problema que tengo con este artículo de Cristian Campos lo ha resumido él mismo en este tuit:

Cristian ha sentenciado y ha sido paternalista (como reconoce). Si se refiere a un concepto banal (y erróneo) de libertad, tiene razón. La jugadora no es libre porque ha crecido en una familia, en una sociedad, en un país —sigan añadiendo— que la ha influido hasta el punto de. Tras el “de” añadan lo que quieran. Ese concepto banal es aplicable a todas las sociedades, en mayor o menor grado, aunque es obvio que en las sociedades más abiertas hay más influencias entre las que escoger (y entre las que escogerán tus padres y los que te rodean) y, por definición, es menor la presión del grupo. Por ejemplo, ¿es realmente libre el Papa de ser el Papa y vestir de blanco y rezar y celebrar misas? ¿Si el Papa hubiera nacido en Mongolia o en China iría vestido de blanco? Desde este punto de vista, ¿hay alguien libre? ¿Hay alguien que se haya librado de influencias determinantes que no ha escogido?

Si Cristian utiliza un concepto más restringido y útil (en el tema que nos ocupa) de libertad, lo cierto es que su artículo no demuestra (ni intenta demostrar) que la jugadora sea libre o no. Es decir, que exista una coacción o una presión de una intensidad suficiente en su caso como para que consideremos que una persona media se ve obligada  a hacer algo que no quiere hacer. Yo no sé si concurre una presión así o no, pero veo que Cristian tampoco, ya que afirma …

Tiene suerte Elghobashy de que a ella lo que le guste sea el voley playa y no quitarse el hiyab y vestir un simple vestido a la moda occidental. Veríamos entonces si el hiyab le permitía a Elghobashy no vestir el hiyab.

… y resulta que la propia compañera de la jugadora, también egipcia, no llevaba esa prenda en los Juegos Olímpicos. Yo no sé por qué no la llevaba, y si se arriesga a algo por no llevarla, pero es bastante absurdo hacer presunciones si no puedes demostrar que esa prenda es, en ese caso concreto, producto de una imposición.

En realidad, yo creo que este tema se desenfoca. Hay que buscar una cierta utilidad en nuestros análisis. Sí creo que hay algo criticable en el uso de cierta indumentaria, pero no porque ese uso equivalga siempre a una ausencia de libertad, sino porque esa indumentaria es un símbolo de opresión. Yo, como he dicho, no sé si la jugadora egipcia es libre de ponerse o no el hiyab. Lo que sí sé es que las mujeres se encuentran sometidas en los países islámicos (en la mayoría de ellos su desigualdad es directamente legal) y que, entre las muchas limitaciones a su libertad, se encuentra la imposición de vestir de una determinada forma, en público. Naturalmente que un judío es libre (mientras la ley del país no lo impida) de ponerse una camiseta con una esvástica o un negro de ponerse un capirote blanco con la cruz del klan, pero también lo somos los demás de decir que, al ejercitar su libertad, están esparciendo la semilla de lo que podría provocar su propia destrucción o sometimiento. Por decirlo de otra forma, solo cuando en los países islámicos exista una igualdad formal y legal absoluta entre hombres y mujeres, y solo cuando se demuestre que en los países islámicos las mujeres pueden optar por otros modelos sociales diferentes sin sufrir por ello de forma permanente y continuada persecución, castigo y opresión, esas prendas de vestir dejarán de ser una prueba de las humillaciones a que se ven sometidas.

Ese día me dará igual el pañuelo de marras.

En cualquier caso, quizás en vez de preguntarnos si esa jugadora concreta es libre o no de vestir así, deberíamos centrarnos en el hecho evidente de que cientos de millones (quizás miles de millones) de mujeres no son libres sin ninguna duda en un montón de países del mundo. Centrarnos en la gangrena antes que en la fiebre.

 

El gran negociador

 

Todos los días leo y escucho, a pensadores de todo origen y pertenecientes a las más diversas tribus, decir que en España no hay una negociación política para formar gobierno porque nadie quiere negociar. Esta afirmación, tan válida como hipótesis como la contraria (que no hay negociación porque no hay dos o más que quieran negociar), descarrila en cuanto la contrastamos con los hechos.

Hace mucho tiempo conocí a un abogado que se intitulaba “el gran negociador”. Se trasladó al común ese autoapodo gracias a un antiguo compañero de despacho algo cabroncete. Su estrategia siempre consistía en negarse a negociar de entrada. No niego que esto pueda servir a veces, pero si lo pensamos con calma, veremos que la mejor manera de no negociar —si ese es tu objetivo— es empezar a negociar algo y luego empantanar la discusión hasta que aparezca eso que los cursis llaman tu ventana de oportunidad. Si te niegas a iniciar una negociación, gastas tus balas, por lo que más te vale que la ventana esté allí, delante, abierta a un prado feliz y el otro se baje los pantalones automáticamente. Si te niegas a negociar y luego negocias, sin embargo, ya le estás diciendo al otro que tu fortaleza era una impostura. Ceder se convierte en una rendición. Para el que admite iniciar una negociación, sin embargo, ceder es un acto procesal natural y cada cesión un despliegue de trebejos.

Todo esto viene a cuento de lo que sigue: el PSOE nunca, en la anterior legislatura, quiso sentarse a hablar con el PP. El PP sí quiso hacerlo con el PSOE. Aclaro, para los que vendrán con matices, que me refiero a lo que dijeron abiertamente y con profusión de énfasis. Si el PSOE no quería negociar nada, hizo lo correcto. Luego hubo elecciones, ya sabemos lo que pasó y se repiten sus respuestas. En cuanto a Ciudadanos, no sé bien qué pretenden sus dirigentes. Afirman que no negocian nada (nada que tenga que ver con formar gobierno), pero a la vez conceden —como el sacerdote que hace una ofrenda— la abstención. Parece que se trata de hacer lo mismo que el PSOE: contentar a sus votantes con un mínimo. Es decir, abrir y cerrar el proceso con un solo acto que les etiquete, en vez de influir de verdad. Para el PSOE el acto equivale a un nunca con la derecha (ahora las derechas), para Ciudadanos es un nunca con Rajoy.

Si esto es así, y vuelvo al principio, efectivamente no hay negociación, pero no porque nadie quiera, sino porque el PSOE y Ciudadanos no quieren. No podemos afirmar esto del PP. No hay ningún test que demuestre que el PP se niega a negociar, puesto que afirma estar dispuesto a formar un gobierno de gran coalición. Solo podríamos afirmar esto si se iniciasen unas negociaciones y viéramos que la posición del PP, de tan intolerante y tan exigente (considerando su propia fuerza parlamentaria en comparación con las de otros), es una prueba de que realmente no tiene interés en negociar. Nada de esto ha ocurrido.

La razón fundamental es puramente dramática. La llamada negociación no es, en este momento, más que una función teatral abortada. Hay tres autores (bastante malos, por cierto) de la obra, pero no se ponen de acuerdo en la trama porque tienen miedo a los abucheos del público, de partes diferentes del público. Todos quieren adueñarse del relato, pero solo hay un relato, el del PP, en el que es posible negociar.

Decir que Rajoy es también culpable de que no se negocie cuando los otros ni siquiera están dispuestos a discutir la posibilidad de un acuerdo es absurdo. No, es algo peor: es un ejercicio de equidistancia.

Cuando, además, sería fácil poner la cara colorada al PP y a Rajoy si es cierto que no quieren realmente negociar. Bastaría con hacerlo.

Como ni el PSOE ni Ciudadanos hacen esto, yo me limito a no ir más allá con mis interpretaciones y creer exactamente lo que dicen. No quieren negociar con el PP, Ciudadanos se abstendrá, el PSOE votará no, habrá terceras elecciones y estaremos durante unos meses soportando el coñazo de los que quieren vender sus ficciones como realidades.

Salvo que descubramos que la obra es, en realidad,  una comedia francesa de esa con puertas que se abren y cierran, en la que uno de los personajes se cree un gran negociador. En tal caso, las risas estarán garantizadas y la obra seguirá en cartel muchos años, con abundante éxito entre las clases medias y la población adulta.