Enanos

 

Desde hace casi un año, sostengo que la única respuesta sensata a la cuestión de la gobernanza de España a medio plazo era una gran coalición. Y sostengo que no ha sido posible porque los que mandan en los partidos políticos que podían hacerlo posible son unos enanos. He discutido mil veces sobre esta cuestión y los argumentos en contra se han basado, casi constantemente, en cuestiones tácticas relacionadas con el futuro de los partidos. Es decir, para explicarme por qué no era la mejor solución, los que me contradecían me explicaban por qué no era posible. Como si yo no supiese que no era posible precisamente porque los que mandan en los partidos políticos son unos enanos. Es decir, por el motivo que se me discutía.

Este círculo vicioso, además, se habría roto si hubiéramos podido hacer el experimento y comprobar sus efectos. Es muy dudoso que los españoles (que llevan ahora diez meses asistiendo a un espectáculo lamentable) hubiesen castigado a los partidos que firmantes de un acuerdo así más duramente de lo que ya lo están haciendo en las elecciones. Para que el acuerdo fuera rentable electoralmente tendría que haber reunido ciertas características, pero esto era perfectamente posible hace un año. En ese momento, el PP no tendría a su favor la esperanza de que el caos le fuera a favorecer. En ese momento, tampoco era previsible o probable que Podemos y Ciudadanos fuesen a estancarse o retroceder. En ese momento, unas nuevas elecciones eran una apuesta muy dudosa. Y el PP venía de perder una mayoría absoluta, no de aumentar en número de escaños, como sucede ahora.

Un gran acuerdo, basado en compromisos claros, potente y regenerador, y con una participación proporcional en el Gobierno de, al menos, PP y PSOE, y quizás Ciudadanos, habría dado cuatro años a los socialistas para recuperar terreno. Les habría dado, además, una pátina de responsabilidad y el resorte esencial: el poder. Un acuerdo así habría contado con enormes mayorías absolutas en las dos cámaras y habría permitido incluso una reforma constitucional. Y ese acuerdo era posible precisamente porque todos tenían mucho que perder. Así sucedió en la transición. No crean en el mito de la generosidad: lo que llevó a los políticos de entonces al acuerdo fue la inteligencia y el miedo.

Por desgracia, los socialistas no solo dejaron pasar la oportunidad, sino que decidieron jugar la carta de convertirse en Podemos, aferrándose a un tiempo pasado, en el que eran la única oposición al PP. Lo hicieron hasta el extremo de no disimular ni por un momento. Su no ha sido tan rotundo y extremo, que han dejado al PP en la posición cómoda de no tener ni que entrar a negociar aquello en lo que podrían haber sido más vulnerables. El PP no tiene que justificar ninguna cesión, porque los dirigentes del PSOE han dejado permanentemente claro que ni siquiera van a sentarse a negociar.

Esta es la oportunidad perdida. Una más. En un momento capital, con los secesionistas degradando la ley momento a momento, en ese peligroso sainete del que nos reímos por no llorar, los políticos españoles —en particular, los socialistas— la han jodido bien jodida. Ahora puede que haya nuevas elecciones y que el PP termine salvando el relato, precisamente porque tendrá una parte muy sustancial de verdad. Y no tendrán demasiadas razones para corregir sus males endémicos. Total, para qué. Los otros les hacen el trabajo sucio.

La única solución sensata ya no está disponible. Los políticos llevan meses embadurnándose de mierda y ya no hay tiempo ni recursos para limpiarse.

Una vez más, nos invadirá la melancolía por lo que pudo ser y no fue.