Lo injustificado

 

No he leído la novela escrita por Elvira Navarro que ha dado lugar a este reproche de Víctor Erice. Sí he leído algunas de las explicaciones que la autora dirige al cineasta. Me voy a referir solo a unas cuestiones previas, para las que no hace falta leer más texto que los que acabo de enlazar.

La primera: ¿para qué? Si la obra en cuestión no es una biografía, sino una obra literaria, ¿para qué usar un nombre, una imagen y una serie de datos que cuelgan de la vida de una persona real? Tan poco sentido tiene (salvo en una hipótesis que arrastra a la escritora por el fango) que la explicación que esta da suena terriblemente inverosímil. No reúne, por así decirlo, los méritos de lo que podría ser cierto. Dice la autora que quería hacerle un homenaje a Adelaida García Morales. ¿Escribiendo una historia que es toda ficción? Al parecer la obra surge desde una anécdota, pero no tiene nada que ver con la protagonista de la anécdota de la que “no se habla en absoluto”. ¿Su manera de homenajear a una persona muerta es relacionarla con un montón de páginas inventadas en las que aparece reiteradamente su nombre y que se publica con una fotografía de ella en su portada? agmEs una forma muy extraña. Hay, además, otra razón para no creer su explicación. La infección que se propaga desde el nombre le va bien al éxito de la obra. Si la obra es ficción, como bien dice Erice, también lo es el nombre: Adelaida García Morales. La autora podría haber usado uno cualquiera sin afectar en nada a la obra. Podría haber inventado totalmente, ya que afirma que es eso lo que hace. Uno comprende que mantenga una anécdota (además degradada) si de ella nace lo demás, pero la anécdota es ahí lo sustancial y el resto, ese par de nombres propios, como diría Borges, son accesorios. Sin embargo, el nombre relaciona la ficción con una persona real y la obra se hace más atractiva, gracias a algo externo a ella. Sucede algo parecido con esos relatos escritos por autores de “bestsellers”, publicados luego con nombres desconocidos, que se convierten en éxitos millonarios en cuanto se sabe la verdad, que King o Rowling están detrás. ¿Cómo renunciar al nombre de la muerta, si la muerta fue real y además famosa? Simple comercio, como puede verse. Esta hipótesis es demasiado fuerte para que la autora se desprenda de ella. Quejarse de la crítica, mencionando incluso que Erice no ha leído “bien” su obra, es una forma de no haber leído “bien” la crítica de Erice. Erice tiene derecho a quejarse: hay unos hechos base bien acreditados y un enlace preciso y directo entre estos y lo que se declara probado; la autora se ve condenada por una prueba de indicios, ya que su explicación alternativa sobre un supuesto homenaje es endeble.

La segunda: el daño inmoral. Cuando King y Rowling no ponen —sean cuales sean sus razones— su nombre en un libro que han escrito para luego desvelarlo, no hacen daño a nadie. Sin embargo, cuando usas el nombre y la imagen de alguien, y añades un aparato de datos sobre una persona real, lo único que puede salvar tu propósito es la verdad. Al menos la intención de alcanzar la verdad. Una biografía puede ser terrible para un biografiado o un familiar o para cualquiera que aparezca en ella retratado. El daño, sin embargo, se puede justificar si tu pretensión sincera (acompañada de un mínimo esfuerzo que le sirva de soporte) consiste en mostrar, con todas las limitaciones del género, hechos. La historia se justifica porque sucedió. Digo que el daño puede estar moralmente justificado. Y digo que la falsa biografía es admisible cuando no puede haber daño, bien porque el biografiado vivió tanto tiempo atrás que no hay nadie que pueda verse afectado, bien porque la naturaleza falsa del relato sea evidente por sí misma, algo solo posible en la parodia. Si escribo una biografía de Aznar en la que narro cómo fue depositado en la Tierra por una malvada especia alienígena, y cuento en los primeros capítulos su infancia en el planeta PPax, nadie pensará que hablo del Aznar real. Sin embargo, una biografía falsa que puede pasar por auténtica, por mucho que la autora expresamente insista en su naturaleza de ficción, siempre se ve manchada por su verosimilitud. Cuando hay medios que mencionan que la obra de Elvira Navarro es auténtica y narra los últimos días de Adelaida García, esos medios son culpables, pero también lo es la autora: la confusión es producto de la negligencia de aquellos y del objeto que la escritora ha puesto en sus manos.

Algo más. Hablar de los límites de la libertad de expresión en este asunto solo sería relevante si alguien pretendiese que la novela fuera retirada o prohibida. No he visto que sea el caso, de momento. Por contra, la advertencia de Erice, justificada y fundamentada, es una opinión lícita y libre que quizás los lectores agradezcan. No para no consumir mala literatura, sino para no favorecer una mala práctica.

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2 comentarios en “Lo injustificado

  1. A. T.- Sí, el autor hace lo que puede, se lo digo en serio. El autor tiene un código ético que trata de seguir con cierta honradez. Es describir la vida de las gentes con las que coincide y la suya propia. Sin trampas. Una vez le reproché a Umbral que en su Leyenda del César visionario metiera a Rafael Sánchez Mazas en el cuartel general de Franco en Salamanca, cuando nunca había estado allí. “Oye, Paco, si haces una segunda edición pon que se llama Sánchez Trazas, no sé”. “Ah, no”, me contestó, “porque entonces el efecto Sánchez Mazas se jode”. Hay quien utiliza de una manera tramposa el dinero falso de la ficción para hacerlo circular entre los hechos.

    (http://www.elmundo.es/cultura/2016/01/30/56abb28746163fcc298b4691.html)

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