Arañas en el pozo

 

Conocí a Luis a los dieciséis años. Él estaba en la universidad, yo en el colegio del que Luis se había ido un par de años antes. Aún dirigía, con otro chaval del que no recuerdo más que un perfil oscuro bajo un pelo rizado, una especie de asociación cultural. Pasaron por las aulas porque necesitaban nuevas caras. Yo sospeché entonces que querían seguir manejando la asociación, que recibía sus fondos del APA (entonces aún no era AMPA), y que necesitaban unos títeres a los que manejar. Eran, como digo, universitarios y nos hablaban con gran soltura de Cortázar, de Brahms y de mujeres. Luis era el macho alfa. Delgado, desmañado, como de vuelta de todo, siempre con El País bajo el brazo, fumaba con aplomo, un cigarrillo tras otro, y nos contaba que su diosa era Ana Belén, a la que había visto en no sé qué película enseñar las tetas. La última vez que lo vi fue el 29 de octubre de 1982. Recuerdo la fecha porque nos reunimos a primera hora, en el bar de la piscina Marbella, en el parque, junto a la Plaza Elíptica. Durante unos meses me habían encargado la dirección de la asociación. Yo era, para las fuerzas vivas, un buen chico, buen estudiante, alguien que no causaba problemas. Ahora que van desapareciendo imágenes, recuerdo el día en que el director me recibió —yo llevaba un chaleco blanco—, junto a los padres que dirigían el APA, en un despacho en el que me entregó las treinta mil pesetas que luego usaríamos para el proyecto de Luis, un cortometraje torpe, ni aficionado, que hablaba del manuscrito de otro, del bolsillo de otro, de la sombra enorme de otro al que conocieron en un viaje mítico, y quién sabe, de unas arañas que quizás no eran de otro. Después de unos meses lo dejé y, para contarles que lo dejaba, quedamos, ya lo he dicho, en la piscina Marbella, en el parque, junto a la Plaza Elíptica. Recuerdo la fecha porque Luis se tomó, bien de mañana, un coñac, en un gesto que me pareció, como otros, mala literatura. Era su manera, nos contó, de festejar los 202 diputados que el PSOE había conseguido la víspera. No me caía bien Luis. Tampoco es que mi juicio importe una mierda. Yo entonces era bastante gilipollas, pagado de mí mismo, grosero, aparentemente directo y sincero, y aparentemente complicado, una construcción que me parecía exitosa y que solo demostraba una cierta capacidad para el cálculo. El dibujo es sencillo: un adolescente que había leído demasiado, vivido poco y con una preocupante incapacidad para comunicarse con seres que no fueran de ficción. Supongo que Luis me caía mal porque intuí que detrás del maniquí, quizás había alguien como yo, otro gilipollas ahogado por un personaje construido.

No supe más de él. Muchos años después, un amigo me comunicó que Luis era escritor de los que publican libros. Y famosillo, añadió. Y me dijo, y nos reímos, recuerdas cuando nos hablaba de mujeres, pues resulta que ahora es homosexual. Supongo que esa risa y ese “ahora” eran una ratificación reptiliana de las roñosas etiquetas que colgaban de esos recuerdos difuminados, en los que Luis era el pedante y el falsario, y yo solo era un gilipollas, pero menos, porque rápidamente dejé de llevar los libros de Nietzsche en el bolsillo del abrigo. Durante estos últimos años supe alguna cosa más, en algún suelto que hablaba de alguna obra o en entrevistas que miré con el desdén oblicuo de lo que nos decimos nos da lo mismo, y en las que me parecía que Luis soltaba muchas estupideces.

Hace poco, sin embargo, descubrí que Luis había escrito una obra en la que hablaba de su homosexualidad y de su juventud, de su angustia, de su incapacidad para comprender, de su deseo de ser diferente, de su dolor, supongo que de las arañas que anidaban en su bolsillo y parían ideas de muerte. Mientras leía sus comentarios sobre el libro, me descubrí recordando cosas o creyendo que las recordaba.

Luego he leído otras entrevistas y Luis sigue diciendo algunas estupideces, pero ahora me hacen sonreír y pienso que habría estado bien que fuéramos capaces de volver a 1982. Yo le diría, eres un gilipollas engolado, él me diría lo mismo, pero mejor, que por algo quiere ser escritor. Yo añadiría después, que disimulo porque soy un crío con demasiados datos en la cabeza y pocas cosas que hacer con ellos, pero que lo suyo sí que es una putada, disimular para sobrevivir.

Después le daría la mano, un abrazo no, que no sé darlos, deseándole que sea feliz.

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4 comentarios en “Arañas en el pozo

  1. Esto me ha hecho recordar mi propio octubre del 82. Con Nietzsche y Rayuela y la Divina Comedia en el bolsillo del abrigo, yo también hice mi ración de gilipolleces. Menuda generación. No sé qué me salvó de convertirme en uno integral. Tal vez el sentido del ridículo, o un padre paciente, o una buena mujer, o la paternidad. Tal vez la necesidad de ponerme cada mañana delante de treinta adolescentes con algo parecido a una sonrisa y la esperanza de despertar en ellos esperanzas y algo parecido a una sonrisa.

  2. Tsevan, Luis es un conocido común. Y me temo que me conoces y te conozco. La descripción es magnífica.

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