Nuestras bibliotecas de momentos musicales

 

Una de mis obras sinfónicas favoritas es la “Grande” de Schubert, su sinfonía en Do Mayor, D 944. Suele aparecer como novena, aunque, como sabrán, lo de la numeración de las sinfonías de Schubert es un lío tremendo: hay fragmentos, sinfonías inacabadas que se interpretan como si estuvieran completas y otras que tienen hasta cuatro números diferentes. La mayoría de los musicólogos le dan a la “Grande” el número nueve y así, de paso, la comparan con la novena por excelencia, la de Beethoven.

La obra es fantástica (en particular sus dos primeros movimientos), pero de lo que les quería hablar es de otra cosa. Supongo que a todos los aficionados a la música les pasará algo parecido a lo que voy a intentar describir. Hay —parafraseando levemente a Mendelssohn— momentos musicales, instantes dentro de obras mayores, que nos entusiasman porque nos emocionan de alguna forma a veces innominada. No hablo de los ejemplos más conocidos y universales. Hablo de algo intransferible, difícil de explicar musicalmente, que pertenece a cada persona. Además, el enamoramiento suele ser instantáneo y una vez lo escuchas no se te olvida. Les pongo algunos de mis ejemplos: la marcha que suena al final del tercer acto de Las bodas de Figaro de Mozart, el comienzo de la gnosienne nº 1 de Satie, las terceras que me llevan al Moluco de la Oriental de Granados, una escala ascendente infinita en el preludio del Tristán de Wagner, un trino en el lento de la Hammerklavier de Beethoven, un la bemol estelar al final de Già nella notte densa, el dúo de amor del Otelo verdiano, el brillantísimo arranque del tercer movimiento de la octava de Dvořák, los sacabuches antes de Caronte en el Orfeo de Monteverdi.

Uno de esos momentos aparece en la novena de Schubert. No sé si lo verán especialmente glosado en ninguna parte, pero yo lo incluí en mi lista. El tercer movimiento empieza con un scherzo en Do Mayor. La melodía suena típicamente centroeuropea, como en otras obras de los grandes compositores clásicos y románticos alemanes. Es una danza rústica, campestre, que Schubert va transformando, con esos pasajes enigmáticos, hasta conseguir que empiece a interesarnos. Tras la cadencia en Do Mayor empieza una de los más maravillosos pasajes —para mí— de cualquier obra sinfónica. Del acorde de tónica solo se queda el “mi”, repetido sin armonizar, primero en las trompas, a las que se unen progresivamente, clarinetes y trombones, y más tarde fagotes, hasta que se completa en un acorde de tónica de La Mayor, luminoso, con una melodía, en oboes y flautas que consiste en casi un simple motivo rítmico, contra otra ascendente por terceras, que expande el acorde de tónica, y su respuesta, en las cuerdas.

trio

A partir de ese momento, y con ese limitado y sencillo material, el genio armónico, tímbrico y dinámico de Schubert es capaz de producir un efecto inefable de tal calibre que, a la vuelta del scherzo, sientes una perdida, como si te hubiesen arrancado de alguna Arcadia desconocida. Y son poco más de tres minutos de música.

Para escuchar esta sinfonía y, en particular, el Trío, nada mejor que la exquisita interpretación de la Filarmónica de Berlín, bajo la batuta de Gunter Wand. Les recomiendo, claro está, que escuchen la obra completa, pero el trío comienza en el 33’38”.

Por cierto, esta sinfonía vio la luz porque Schumann, diez años después de la muerte de Schubert, se empeñó en ello, tras encontrarla, entre una pila de papeles, en la que había sido casa del compositor vienés.

Y por lo que parece a Schumann también le gustó el trío:

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Un comentario en “Nuestras bibliotecas de momentos musicales

  1. Maravillosa elección. Mi biblioteca de momentos está mas ligada a una interpretación concreta, bien en disco o bien en mi memoria, que a una partitura. María Callas sosteniendo un Re Menor en Méjico en 1951 en el final del segundo acto de Aida. Perfecta afinación, duración, proyección… Ah,quegli occhi – Quale occhio de Tosca por Di Stefano y Callas en disco de estudio y Leo Nucci en Rigoletto. Todo el rato, desde que sale a escena.
    Compartimos el Tristán, desgraciadamente, aunque tengo excelentes (incluso míticas como Furtwangler 1952) interpretaciones, la única vez que la he visto en directo me fui al minuto de empezar. No podía permitir que una pésima orquesta me estropeara una de las emociones más excelsas que se pueden disfrutar y, casi diría, sufrir.

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