Libros

 

En mi casa no había casi libros. Y la biblioteca de los colegios a los que fui eran muy pobres. Así que lo tuve crudo para hacer lo que más me gustaba: leer. Usaba el Informator, una enciclopedia que mi madre fue comprando a plazos en el Círculo de Lectores, saltando de entrada en entrada y apuntando en algún papel (con letra bien pequeña, que no sobraban las hojas) la relación entre esto y aquello, agobiándome por dejar algún lazo suelto. Antes me había aprendido, casi de memoria, todo lo que contaban esas maravillosas enciclopedias infantiles de las que hablé en otra ocasión y de donde extraje muchos datos que aún recuerdo. Yo tenía dos hermanos mayores, así que me aprovechaba de sus libros escolares. Cuando empezaba el curso ya me había leído mis libros de texto y los libros de texto de mis hermanos. Los engullía; a todas horas. Mi madre me solía abroncar por leer libros en la comida y la cena, y por esperar a que todos hubieran dormido para irme a la cocina a leer o por utilizar una lámpara pequeña que le birlé a mi padre de su garaje, ocultando la luz, sobre todo a mi hermano pequeño, con el que compartía habitación, usando las sábanas. Mi regalo de cumpleaños era un libro. Uno. Hasta que, por suerte, mi padre, en sanfermines, empezó a darnos un dinero para gastar (siempre el primer día y para toda la semana), que yo utilizaba íntegramente en los puestos de venta ambulante. Así fui construyendo mi pequeña biblioteca, lentamente. Nunca he tirado un libro. Nunca he maltratado un libro. Guardo hasta los libros más estúpidos que he comprado, encontrado, o que me han regalado. No porque crea que tienen un valor especial o por razones místicas; simplemente soy incapaz de hacer otra cosa.

Sé que es difícil que las personas más jóvenes que me lean comprendan realmente esto. Tienen acceso prácticamente ilimitado y gratis (o muy barato) a una enorme información. Son afortunados y, a la vez, corren un riesgo, pero qué importa, no se pueden poner puertas al campo.

Soy un dinosaurio. Miro los miles de libros que he acumulado y asumo que, sin mí, la colección es un sinsentido. Solo sirve como explicación. Hubo un día en que tuve uno, luego un puñado. Entonces empezaba a ser rico. Uno más era un tesoro.

 

6 comentarios en “Libros

  1. Ya sabe que la desharán, que acabará en una librería de viejo. O vendida al peso. Yo amenazo ya con aparecerme si tras el deceso la disgregan. Pero no tengo esperanza alguna.

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