Orgullo y responsabilidad

 

Arrecian los análisis sobre el auge del populismo y las post-truth politics, y se multiplican los datos y la interpretación de los datos. Todo a una enorme velocidad. Tanta, que resulta imposible creer que se hayan digerido los resultados de la elecciones estadounidenses hasta el punto de variar los análisis previos. Hay un punto de frivolidad bastante notable en esto. También de necesidad de soltar lo antes posible una explicación, no sea que el analista o el medio que compite por nuestro espacio y nuestra influencia se adelante. Esto, sin embargo, es ya lo de menos. La cuestión interesante es la de la respuesta al populismo.

Sobre esto, es preciso recordar que no hay nada sustancialmente nuevo. El mundo es mucho más próspero que hace cien años. Hay mucha más gente lejos de la pobreza. Muchas más personas tienen acceso a la información y a la cultura. Hay más democracias y más posibilidades de escapar de un lugar en el que te oprimen. Las respuestas populistas pueden tener que ver con el reparto de la tarta, que, en términos relativos, nos está dejando a los que fuimos dueños del mundo con una porción inferior del pastel. Ahora, esa porción inferior es mucho más grande cuantitativamente que la que disfrutaban nuestros antepasados. Un inglés medio de 1850, en ese momento en que el inglés era casi como el romano del siglo segundo e.c., vive mucho peor y es mucho más pobre y menos libre que un inglés actual. Aunque él, a lo mejor, no lo sepa y aunque su nación ya no pueda mandar una cañonera y humillar a los que mandan en China. Por tanto, el problema es de percepción, no real. Los que anticipan que nuestros hijos vivirán peor que nosotros, porque ya no somos los amos del universo, olvidan esta enseñanza histórica. Solo vivirán peor si terminan liándose a hostias en una guerra como las que arrasaron Europa y medio mundo en el siglo XX. Incluso en este escenario tampoco eso es seguro: un alemán medio en 1990 vivía mucho mejor que un alemán medio en 1910, pese a las dos guerras mundiales.

Por otro lado, el populismo y el uso masivo de la mentira y de las emociones en la política son muy viejos. Sin irnos demasiado lejos, es importante recordar que en la década de los treinta Europa estaba llena de regímenes autoritarios y que incluso los que eran democráticos estaban sitiados por partidos y movimientos de corte populista (echen un vistazo por ejemplo a la Francia de entreguerras). Es cierto que hoy estamos peor que hace quince años, pero es que hace quince años casi vivíamos en un oasis (hablo solo de Europa). Mantengamos una cierta perspectiva, por tanto. Este no es un fenómeno nuevo. Simplemente, el “enemigo” se ha hecho tan listo como nosotros mismos, ya que el “enemigo” es como nosotros mismos. Ahora tenemos más datos y más información, pero también más capacidad de manipular esos datos de forma rápida y potente. Si hay una enseñanza, la enseñanza es que nuestros abuelos no eran más idiotas porque no tuvieran acceso a internet. Se dejaron engañar como nos dejamos engañar. No nos creamos, por tanto, más listos porque podemos buscar en google qué significa populismo. El mal utiliza todos los instrumentos a mano.

Sin embargo, sí creo que hay algo relativamente nuevo. La política que surge tras la segunda guerra mundial se centró en un discurso unificador de aquellos que creían en que la prosperidad no tiene que ser a costa de otros, en la primacía de la ley y en la necesidad de conseguir un trato digno universal para los seres humanos. El horror de la guerra y de sus obras produjo una catarsis que nos ha durado setenta y cinco años, pero que empieza a resquebrajarse. Una de las razones, en mi opinión, es la fragmentación. Los discursos políticos en democracia tienen que ser dominantes para obtener el poder. Como existía un acuerdo profundo sobre las bases de una sociedad justa y digna, los políticos, cada vez en mayor medida, fueron olvidando al ciudadano medio como objetivo de sus discursos y fueron intentando ocupar nichos de interés. Esto le sucedió a todas las corrientes políticas que se situaban dentro del sistema (conservadores, democratacristianos, liberales, socialdemócratas). La fragmentación dejó de lado la apelación (salvo de forma rutinaria y sin emoción) a los valores esenciales y se centró en los secundarios que, por intereses y apetencias, pasaron a convertirse en los favoritos de muchas personas. El triunfo de esas políticas sectoriales (el jubilado, el ecologista, la feminista, el joven, el urbanita, el agricultor, el empleado público —añadan lo que quieran—) supone una renuncia que puede parecer lógica cuando ciertas cosas se dan por sobrentendidas, pero que tiene su propia inercia. Al identificarse con una parcela mínima de nuestra existencia e intereses reales, nacen los excesos: toda la realidad se interpreta utilizando instrumentos de análisis que la distorsionan. Y llegamos al esperpento. Hay miles de ejemplos: discursos inanes nacidos de intereses legítimos que son producto del horror vacui.

La ciudadanía, la democracia representativa, la libertad individual, se convierten en fantasmas. El que ha sido atrapado por una secta desea convertir su pequeño sector en el centro de la discusión pública con una intransigencia risible si no fuera tan perturbadora. Renace además una visión autoritaria de la política, centrada en excesos regulatorios, a veces asfixiantes, a menudo contradictorios e incompatibles, producto de la necesidad de atender cada vez más agendas particulares.

Hay otra consecuencia perversa de la renuncia a situar en primera línea esos ideales centrales —renuncia por los movimientos políticos que se supone defienden el sistema—: que eludimos lo que nos puede servir de pegamento. Me explicaré. Nunca debemos suprimir la razón o colocarla en segundo plano a la hora de abordar el análisis de los problemas sociales y su solución. Sin embargo, los seres humanos somos tribales y la inmensa fuerza de las emociones es tan real que no creo que nadie pueda discutirla, ya que nos lleva incluso a hacernos daño y sacrificarnos. Si renunciamos a mostrar un ideal del que sentirnos orgullosos, alguien ocupará ese espacio. Si fragmentamos los problemas y los convertimos en el centro de batallas permanentes, como si no hubiese nada más y el resto se diera de suyo, alguien dirá que no se hace caso a la “gente” y que los que mandan son una “élite” que solo se guía por sus intereses. Más aún, ese alguien encontrará una versión falsa y simple de la realidad, identificando el problema en otros a los que acusará de ser la razón de sus males. Y ese ciudadano comprará un mensaje que emocionalmente le satisfará, sobre todo por la ausencia de cualquier otro.

Es imprescindible recuperar los fundamentos torales de la civilización occidental y hacer que la gente se sienta orgullosa de ellos. El ciudadano medio tiene que identificarse con el discurso político del sistema, pero no porque le interpele como miembro de un grupo, sino porque lo reclame como hombre libre, orgulloso y capaz. Tenemos que recuperar los problemas centrales de las sociedades humanas: la libertad, el acceso a los recursos, la educación, la igualdad de oportunidades, la igualdad jurídica, la responsabilidad. Muchas personas exageran sus males cotidianos porque nadie les recuerda hasta qué punto son más prósperos, libres, educados y sanos que sus antepasados. El populista constantemente quiere que nos sintamos mal, porque quiere captar nuestros peores instintos. Sin embargo, las personas estamos constantemente deseando demostrar que somos mejores de lo que nos creemos.

La contrapartida es que empecemos a relativizar eso que tanto nos ha preocupado en los últimos tiempos. Que dejemos, además, de torcer el significado del lenguaje. Hemos sido infantiles niños de papá y convertido gilipolleces en terrorismo, genocidio, crimen y fascismo. Hemos dado bola a demasiadas chorradas por un exceso de tiempo libre y de opulencia.

No sé qué recorrido tienen estas amenazas sobre nuestros sistemas políticos. Soy optimista, porque, a la larga, la Humanidad sigue una línea ascendente hacia más libertad y más riqueza compartida.

Pero mejor evitémonos disgustos y costes.

 

2 comentarios en “Orgullo y responsabilidad

  1. Difícil mantener la perspectiva con el ritmo endiablado de la noticia y naturaleza cada vez más efímera del análisis. Estoy convencido de que atacar la dinámica perversa de valorar el contenido al peso, con el patrón oro del número de clicks, debe ser parte de la solución al problema.

    Difícil que cierta responsabilidad prevalezca cuando se extra-estimulan debilidades como el prurito que nos da escandalizarnos, el voyeurismo o la anarquía de salón en la intimidad. Y esto es porque la estrategia más rentable para la creación de contenidos es el contenido basura que busque la provocación, mejor que sea inventado ya que tanto el virtuoso como el reaccionario van a entrar al trapo de las “noticias” que aparecen sin control por los infinitos canales a los que nos expone la internet.

    Hay iniciativas para retribuir los contenidos de otra manera, implementando mecanismos de reputación y filtros basados en AI para que podamos navegar el caos de internet. Aparte de en la IA, se basa en tecnólogias de criptocurrencias -blockchain-. Todavía en sus albores pero al menos hay esperanza alternativa a volvernos luditas y desconectar de la red.

    Por lo demás de acuerdo con el artículo, aburrido también de tanto enfant terrible disfrutando del shock y moralizando sobre como el problema es el abandono de la gente, siempre la gente, por parte de las elites. Como sí no se sepa de siempre que lo importante de la perspectiva y la gestión de riesgos y la aceptación de lo imperfecto del mundo. Y lo prestos que estamos a dejarnos engañarnos y como interpretamos todo a traves de nuestra lente y filtros.

    Lo único que añadiría es que también hay siempre moviemientos latentes de reacción a los avances sociales y sobre todo el rol de la mujer en la sociedad, eso no lo minusvaloraría. También está la reacción contra abusos de lo PC.

  2. Como de costumbre, el profesor Tsevan Rabtan expone muy bien sus ideas, pero me parece que en esta ocasión trata de abarcar demasiado, mezclando el análisis de la política en sentido descriptivo con el de la política normativa. Simplifica demasiado a la hora de referirse al español medio, olvidándose la enorme fractura que hay en la sociedad española. De todas formas, creo que apunta a una buena dirección.

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