Anatema: un sitio para “listos”

 

Lean este reportaje.

Como pueden observar, el artículo no se refiere en realidad al Bachillerato de Excelencia, sino al hecho de que haya, en Madrid, un instituto en el que solo se imparte esta modalidad, sin que hay alumnos de bachillerato ordinario (o de ESO). Esto se aclara en el propio reportaje: hay, en otros institutos madrileños, aulas específicas para alumnos que reúnan los requisitos del bachillerato de excelencia.

Aclaro esto porque las críticas que aparecen en el reportaje se refieren exclusivamente al instituto en cuestión:

Juan José Moreno, diputado y portavoz de Educación del PSOE en la Asamblea de Madrid, señala que este modelo no les “gusta”. “No ha contribuido ni a la mejora de los resultados concretos de esos alumnos ni a los globales. Además, la educación no solo son resultados académicos, es mucho más. Hay unos valores y una convivencia. Por ejemplo, Alemania sí hace algo parecido, pero luego destina los mayores recursos a los centros con más dificultades académicas. El modelo que se ha implantado en Madrid es una concepción antigua de la educación”, señala Moreno, que añade que el PSOE “apuesta por programas especiales para alumnos de altas capacidades, pero integrados con el resto”.

Para José Luis Pazos, presidente de la FAPA Giner de los Ríos, este programa representa una cultura de la excelencia mal entendida. “La excelencia es potenciar las habilidades de todos y cada uno de ellos, no seleccionar a algunos con unos parámetros equivocados que solo premian memorizar contenidos aislados. Es una burbuja artificial, un modelo perverso”. Pilar de los Ríos, presidenta de la asociación de directores de institutos públicos madrileños, cree que “sacar a los alumnos de su centro de referencia para llevarlos a otro centro específico no es lo más adecuado. No creemos en centros específicos para separar a los supuestamente mejores. Todos los alumnos deben tener el tratamiento adecuado en su centro, y lo que hay que hacer es dotar a todos los centros con los mismos medios”. Estos 858 alumnos suponen el 0,8% de los 107.750 que iniciaron este curso el Bachillerato en los institutos madrileños.

Como puede observarse, el hecho de que se creen centros en los que todo esté enfocado en facilitar a los alumnos con mejores capacidades el desarrollo de estas, es tabú. Este modelo, que es una versión muy edulcorada de esto que defiendo desde hace años, es el mal porque “la educación no son solo resultados académicos”, porque hay que “potenciar” las habilidades de “todos”, no solo de los “supuestamente” mejores, seleccionados mediante “parámetros equivocados” que solo premian “memorizar contenidos aislados” y porque, en resumen, es “antiguo” y “perverso”.

Lo escandaloso de estas opiniones es que estamos hablando de alumnos que voluntariamente deciden escoger un centro que es totalmente gratuito y al que se accede exclusivamente mediante dos parámetros objetivos: su expediente académico y las notas que obtienen en el examen de premio extraordinario de la ESO, al que puede presentarse cualquier estudiante (de hecho se presentan miles cada año) que haya obtenido una media mínima en 3º y 4º de la ESO.

Como ven, el mal es la segregación: se “saca” a los alumnos de sus centros de referencia (como si hubiese una especie de traslado forzoso en vagones de ganado) y se los reúne en un lugar en el que todos tienen un perfil similar —alumnos con buenas notas, en general interesados en el estudio— y con profesores con una motivación concreta. Que el criterio para la “segregación” no distinga entre pobres o ricos, chicos o chicas, lugares de procedencia o nacionalidad, les da igual. Que sea totalmente gratuito les da igual. Lo que les molesta es que el “modelo” odioso, que se basa en el crimen de considerar excelentes a los que sacan mejores notas, se aísle en un centro, de forma que puedan extraerse conclusiones: el Instituto San Mateo lleva cinco años abierto y cualquiera puede examinar los resultados de sus alumnos. Si esos alumnos “supuestamente” excelentes se diluyen con los demás, ya no importa tanto, porque los resultados no ponen en entredicho nuestro modelo “moderno”. No elucubro: el Instituto San Mateo es un apestado, como vemos en las opiniones que he transcrito, pero nadie menciona el modelo de, por ejemplo, el Bachillerato Internacional que se imparte también en algunos institutos madrileños y, en particular, en un famoso instituto de Madrid. Les aseguro que los requisitos para ingresar en uno u otro bachillerato son similares y que en las aulas de Bachillerato Internacional de ese instituto al que me refiero (y son unas cuantas) todos los alumnos tienen una media muy alta (tan o más alta que los alumnos del Instituto San Mateo). Y les aseguro que los alumnos de Bachillerato Internacional suelen relacionarse entre sí y menos con otros alumnos del centro (por muchas razones: afinidad, simple coexistencia en las clases, y porque una gran mayoría de ellos no ha cursado ESO en el instituto que menciono, sino que ingresan en el centro para cursarlo).

Más aún, la crítica se refiere a un modelo que se centra en chicos y chicas de 16 y 17 años. No hablamos de una segregación en educación primaria o secundaria. Por lo visto, esos chicos se van a convertir en monstruos porque deciden apostar (en neolengua, “se les saca”) por estudios más intensos en clases a las que solo acuden otros como ellos. Por lo visto es más importante el “modelo” ideológico que la realidad.

No estaría de más que lo que hablan de modelo perverso preguntasen a los alumnos de ese instituto. A ver qué piensan ellos. Aunque, claro, como solo son “supuestamente” mejores, a lo mejor no tienen ni zorra idea de qué quieren o de qué es mejor para ellos.

A lo mejor hay que hacer caso a los que creen que decir que hay personas mejores que otras en ciertas tareas o que tienen más altas capacidades que otras transmite unos “valores” equivocados. Porque todos somos iguales y pensar otra cosa es “antiguo”. Y ya medirlo ni les cuento. Que el Dios de la pedagogía moderna nos libre de la medida, porque el reino de los cielos del cuento de la falsa izquierda es que todos seremos felices en la mediocridad.

Estoy seguro de que los que lucharon, desde ideologías progresistas, por la extinción de los privilegios en los siglos pasados se revuelven en su tumba al ver cómo se ponen obstáculos a la meritocracia y se favorece a los hijos de los ricos, encantados ante la falta de competencia.

 

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