Las razones de nuestros padres

 

Asistimos estos días a polémicas adanistas sobre nuestra constitución en la que los argumentos se centran en las condiciones materiales existentes cuando se aprobó (primero en un parlamento democrático y posteriormente en referéndum).

Son divertidas porque reproducen uno de los errores más comunes sobre la democracia. Un sistema democrático no es aquel que garantice que se adopte la mejor solución posible (si es que esa decisión pudiera identificarse sin discusión). Tampoco es aquel que garantice que los que adopten una decisión lo hagan de forma absolutamente libre y ajena a lo que les rodea. La democracia no nos hace más sabios, ni más valientes, ni más objetivos.

Esencialmente, la democracia (la representativa) es el sistema más simple y eficiente de los que podemos imaginar capaz de garantizar que las decisiones se remitan a la voluntad de los ciudadanos expresada en secreto a la vez que asegura la más alta cota de paz social para el mayor número de ciudadanos. Podemos imaginar sistemas que garanticen aparentemente más paz social (uno autoritario), pero esta paz es aparente porque no alcanzará al mayor número: los discrepantes en esos regímenes son tratados a golpes para que la paz se mantenga. Podemos imaginar un sistema en el que la decisión sea hipotéticamente más “sabia”, pero para ello hay que limitar el voto o establecer correcciones que impliquen que el más capaz o el que tenga más conocimientos decida “más”. Un sistema así es estúpido porque es muy difícil de diseñar, y porque su complejidad y necesidad de ajustes permanentes son la semilla de su autodestrucción. Podemos imaginar un sistema basado en el principio “un hombre, un voto” que implique una permanente participación del ciudadano en la toma de decisiones. Pero ese sistema sería ineficiente y se sometería a una constante tensión como consecuencia de la tiranía populista (en la que prevalece la opción más fácil de vender instantáneamente, por lo que la complejidad siempre está proscrita).

La democracia no es el camino para la felicidad o el acierto. Sin embargo, como sistema capaz de obtener a largo plazo el máximo posible de paz y progreso es indiscutible. Es preciso no olvidar nunca ese componente realista y algo deprimente.

Las votaciones no son la formulación de un discurso coherente. Son un agregado que no se basa en las mismas razones o sentimientos. Más aún, una vez que se expresa, hay que intentar romper con las causas de ese mandato. En primer lugar, porque solo se pueden expresar de una manera tan simplificada que pueden llegar al punto de ser falsas (el error constante de buscar una especie de voluntad mayoritaria, cuando cada voto es producto de procesos independientes); en segundo lugar, porque la utilidad del voto es la justificación del poder y el poder exige sus propias dinámicas. La simplicidad del sistema se basa en un doble mecanismo: el de un voto abstracto que se suma y el del castigo en el siguiente ciclo electoral.

Cuando alguien pretende desvirtuar el voto ciudadano basándose en, por ejemplo, el “miedo” o en la existencia de una supuesta única opción comete ese error. En todas las elecciones hay factores materiales que pueden llevar a una prevalencia de sentimientos como el miedo, el odio o el egoísmo. También hoy (tras décadas de democracia) esos sentimientos influyen en el voto. Es posible que votos al PP sean votos del miedo: del miedo a Podemos. Es posible que votos a Podemos sean votos del odio: odio a un sistema que creemos nos ha defraudado. ¿Son libres esos votos? También hoy (a pesar de que nos creemos más listos que nuestros ascendientes y más informados) el voto puede basarse en la ignorancia y la mentira (hay ejemplos para aburrir). Esto es una simplificación también, pero la uso porque parece que los españoles que votaron abrumadoramente sí a la Ley para la Reforma Política y más tarde a la Constitución eran unos seres acobardados, y que los españoles de hoy en día son el paradigma de la racionalidad y la libertad.

Esto mismo se puede decir de los dirigentes de los partidos políticos de aquella época. No pretendo comparar. La situación era excepcional, pero no por ello la decisión adoptada fue más estúpida o estaba más afectada por los sentimientos. Entre otras razones, porque los que ahora la juzgan lo hacen sin sus experiencias vitales y sin sus expectativas. 

Frente a esos juicios ahistóricos que exigen contrafácticos imposibles, lo único sensato es analizar unos cuantos datos y ver si encajan dentro de ciertos paradigmas:

1.- ¿La Ley para la Reforma Política imponía alguna limitación que no fuese puramente formal?: No.

2.- ¿La aprobaron los españoles?: Sí, abrumadoramente.

3.- ¿Cualquier partido pudo presentarse a las primeras elecciones?: Sí, aunque fuera bajo el paraguas de coaliciones.

4.- ¿Las primeras Cortes eran democráticas?: Sí.

5.- ¿Podían esas Cortes haber aprobado cualquier tipo de Constitución?: Sí. No había ningún límite legal. También podrían haber establecido que España era una república.

6.- ¿La aprobaron los españoles?: Sí, abrumadoramente.

7.- ¿Con posterioridad —durante más de 30 años— ha habido alguna limitación a la puesta en entredicho del sistema constitucional?: No. Esto, por cierto, demuestra hasta qué punto es falaz el discurso de los que dicen que el sistema del 78 vino impuesto. Ese mismo sistema ha permitido décadas de gobiernos que representaban a la inmensa mayoría de los españoles y es el que permite que ahora lo discutan partidos y políticos que representan también a muchos españoles, aunque no sean mayoritarios. Hay una legitimidad de uso evidente

Algo más: la crítica al sistema también es un input que pretende mover al voto generando sentimientos y poniendo en circulación una información sesgada. ¿Nos olvidamos también de las condiciones materiales existentes como consecuencia de la crisis económica de los últimos años?

Yo tengo mi opinión: el saldo de las decisiones que se adoptaron tras la muerte de Franco es casi prodigioso. Nos sacó del agujero con un coste irrisorio. No voy a jugar a la ficción y a imaginar qué habría sucedido si el camino escogido hubiera sido otro. Pero tampoco deberíamos hacer ningún caso a los que se empeñan en decirnos que llevamos cuarenta años en una democracia tullida para vendernos su poción mágica.

Puestos a ser frívolos, la única frivolidad que me voy a consentir es imaginar si estos tipos se la habrían colado a nuestros padres. Yo creo que no.

 

5 comentarios en “Las razones de nuestros padres

  1. Le agradezco estas reflexiones que ha compartido. Ponen en claro el tumulto que muchos tenemos en la cabeza. También es difícil exponerlo con mayor objetividad.
    Añadiría que aquello que se acordó, con el acobardamiento de entonces, condiciona lo que sigue. Pero así es la historia, las circunstancias condicionan y sus consecuencias lo hacen de igual manera.
    Un saludo.
    Le reitero mis agradecimientos.
    J.

  2. No me interprete mal. Yo creo que la del 78 fue en general muy beneficiosa. Una auténtica suerte para el país. Pero el argumento de sus adversarios me parece definitivo. No es lo mismo miedito que miedo, ni es lo mismo miedo que terror. Una constitución aprobada en medio del ruido de sables y amenaza golpista constante pierde legitimidad, ya puede darle las vueltas que quiera. Igual que un referéndum por la autodeterminación vasca aprobado en medio de continuos atentados etarras, por ejemplo. Y la legitimidad no se recupera del todo por mucho que pase el tiempo, especialmente si la ley se construye de manera que sea difícil de cambiar.

    Lo de que la epistocracia sea un sistema “estúpido” yo no lo veo tan claro. Tampoco Jason Brennan.

    https://www.goodreads.com/book/show/29452500-against-democracy

    No me parece tan complejo, ni que tenga que tener ajustes permanentes, ni que si los tuviera que tener “llevarían a la autodestrucción”. Por cierto, la Constitución germana ¿cuántas veces ha sido enmendada? ¿65 veces? ¿Cuántas veces la española? ¿Dos? ¿Es debido a la gran perfección relativa de la nuestra? Usted sabe de leyes: sáqueme de dudas.

    Felicidades por el blog. Es usted sólo la segunda persona que encuentro que está de acuerdo conmigo en promover la “Lengua Universal Única”: una lengua para atraerlos a todos.

    Tyrion el Gnomo

  3. Todas las constituciones y todos los sistemas políticos son fruto de unas determinadas circunstancias históricas. Y la CE de 1978 no iba a ser una excepción. Y un sistema político puede ser fruto de una ruptura o una reforma. En el primero de los casos, esa ruptura sólo puede venir de una revolución. Y se daba la circunstancia de que los españoles ya no querían revoluciones. ¿Cobardía? ¿Miedo? ¿Sensatez?

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