No compres lotería: compra Materialismo y empiriocriticismo

 

Cada Navidad aparecen los que intentan convencer a los ciudadanos de que la lotería es un impuesto, de que es usted imbécil si la compra y de que las probabilidades de ganar son tan insultantemente bajas que hacer cuentas sobre lo que uno haría de ganar es propio de una mente sin civilizar.

Hoy, por ejemplo, he leído este artículo (que por lo demás es moderado y cabal en comparación con otros) en el que, por ejemplo, me encuentro con este párrafo:

La lotería se aprovecha de que los humanos no somos robots racionales. Para verlo, respondamos a estas preguntas: a) ¿Qué preferimos: ganar 1.000 euros con una probabilidad de 0,001 o ganar un euro seguro? y b) ¿Qué preferimos: perder 1.000 euros con una probabilidad de 0,001 o perder un euro seguro? Si fuésemos fríamente racionales seríamos indiferentes en las dos cuestiones, porque el valor esperado en cada disyuntiva es el mismo (un euro). Sin embargo, la mayoría escogemos ganar 1.000 euros con una probabilidad baja en la pregunta a y perder un euro en la b. Estamos pues programados para comprar tanto boletos de lotería como seguros contra los imprevistos. Aunque los números no den.

El articulista concluye que lo racional es, en ambos casos, optar por una respuesta que no da. Fíjense, no dice qué respuesta sería la racional (y es inteligente, porque prefiere que rellene usted el espacio). Solo dice que deberíamos ser indiferentes. Y, efectivamente, ganar o perder un euro (aunque sea lo más probable) nos da igual a la mayoría. Puestos, si la alternativa remotísima a esa seguridad es ganar mil euros la gente opta por perderlo. Si la alternativa remotísima a no perder el euro es perder mil euros, la gente también suele optar por perder el euro. En ambos casos pierdes el euro (en ambos casos YA tienes el euro). La respuesta es la misma. ¿Seguro que esto no es racional? Sobre todo teniendo en cuenta que sí hay una probabilidad muy alta de que nos enteremos de que alguien con nombre y apellidos gana mil euros o pierde mil euros. Esa una de las razones por la que socializamos riesgos, por ejemplo. Porque he visto en la televisión a un señor llamado Antonio, que vive en Colmenarejo, que se ha hecho rico con la lotería: ¿se imaginan la probabilidad de algo así?

You know, the most amazing thing happened to me tonight. I was coming here, on the way to the lecture, and I came in through the parking lot. And you won’t believe what happened. I saw a car with the license plate ARW 357. Can you imagine? Of all the millions of license plates in the state, what was the chance that I would see that particular one tonight? Amazing!

Por cierto, lo del impuesto es algo que siempre me ha hecho gracia: impuesto es participio de imponer. Por tanto, un impuesto es, por definición, obligatorio. Si no es obligatorio comprar lotería no es un impuesto. Ni siquiera es algo “como” un impuesto o un impuesto “encubierto”. No, no se empeñen, la lotería no es un impuesto, como una donación tampoco es un impuesto, aunque ambos negocios jurídicos estén gravados con impuestos. Sin embargo, hay gruñones empeñados en vender que es eso, una obligación voluntaria. Y que eres gilipollas si compras lotería. Cuando además —aunque hay muy buenas razones para que haya juegos de azar legales, para que estén limitados y para que sean de titularidad del Estado— ni siquiera el Estado monopoliza ya las apuestas y puedes hacer rica a una empresa rusa en vez de al fisco español.

Como es obvio, gastamos nuestro dinero en cosas que incluso a nosotros nos parecen estúpidas (y no les digo a los demás). Constantemente. Si nos da un arrebato a la Savonarola, imaginen todo lo inútil, superfluo, vulgar e incluso dañino que querrían eliminar. Si yo tuviera que hacer mi lista, la lotería no estaría en los primeros lugares. Ni siquiera en las primeras páginas. No comprendo por qué se le tiene tanta manía. Solo se me ocurre que sea una muestra de soberbia intelectual. La lotería sería cosa de cuñados, de imbéciles incapaces de comprender que, en realidad, no te va a tocar nunca. Como si la gente no fuera consciente de que, efectivamente, no te va a tocar nunca y de que está comprando ficción autobiográfica. La misma que compra cuando lee una novela o ve una peli y siente que es protagonista, o la que compra cuando ve un partido de fútbol y suelta la pierna para rematar. Bueno, no la misma. No hay una lotería que te dé la remota posibilidad de ser Cristiano Ronaldo, descubrir la conjura del Opus Dei para ocultar que Cristo tuvo descendencia o traducir a unos extraterrestres con pinta de arbustos.