Dahomey

Jean Marie Bayol llegó a Abomey en 1889. El Gobierno francés lo enviaba para meter en cintura al salvaje rey Glegle, un tipo que se empeñaba en pretender que el rey de Porto-Novo, un buen hombre llamado Toffa, era vasallo suyo, cuando todo el mundo en Francia sabía que era vasallo de los franceses. Esa discusión no era nominalista, Glegle mantenía la costumbre de sus predecesores de “visitar”, de vez en cuando, a sus vecinos y, de paso, agenciarse de una buena colección de trofeos. No en vano Dahomey, que así se llamaba el reino de Glegle, llevaba sus buenos dos siglos dedicado al comercio de esclavos.

La historia de Dahomey se remonta al siglo XVII. Entre los actuales Accra y Lagos, se encontraba una zona libre de selva, conocida como el “Gran Claro”. No es un accidente geográfico: fue producto del desbrozo del bosque. Allí, y por los alrededores (entiéndanlo en un sentido amplio), vivían (y viven) los yoruba, los edo, los ibo, los akan, los ewe. A nosotros, los que nos interesan son los fon, instalados en el centro del “Gran Claro”. Su historia mítica y la de sus ciudades se remonta a las peleas entre tres hermanos: el que ganó se quedó con Allada, el núcleo de expansión. Otro fundó Ayaché, a la que los portugueses llamaron Porto Novo. El tercero se fue al norte y fundó Abomey.

Los europeos no tenían, al principio, especial interés en esa zona y se centraron en explorar y explotar la vecina Costa de Oro, al sur del país ashanti. Sin embargo, pronto se dieron cuenta de que oro había poco y gente mucha, y que era mejor negocio la captura y trata de esclavos. Y la mejor zona para el tráfico era el Gran Claro, pronto rebautizado como Costa de los Esclavos. Su centro fue Widah, un villorrio infecto, controlado por europeos, que rápidamente comenzó a tratar con los fon de Allada.

Las noticias, ya lo saben, vuelan. Y más si se trata de dinero y ganancias. Los fon del norte, los que vivían en Abomey, habían fundado una pequeña Esparta, a la que llamaron Danhomé, que se convirtió entre los españoles, los portugueses y los franceses del lugar, en Dahomey. Los occidentales pronto crearán mitos alrededor de sus prácticas bestiales: los sacrificios rituales, sobre todo a la muerte de algún rey, el canibalismo, la tortura de los enemigos …

Uno de esos mitos, el más fastuoso, precisamente por no serlo, es el del regimiento de amazonas. Lo había fundado un rey con iniciativa que ordenó a unas cuantas de sus esposas defender la patria. La cosa resultó bien, se dice que por la ferocidad de las pobres amazonas, que en su calidad de esposas del rey sólo podían fornicar con este, bajo pena de muerte. Y no le veían mucho.

Como todos los cuerpos de élite que en el mundo han sido, se las atendía muy bien, tenían un rancho especial, y, cuando no andaban matando y aterrorizando a la gente, vivían en las mejores chozas que se podían adquirir en la “urbe”.

El caso es que esta gente no se iba a quedar cruzada de brazos, dejando en manos de sus muelles primos del sur el negocio de la trata. Así que conquistaron todo el país fon y lo hicieron tan bien que terminaron incluyendo en la conquista la propia Widah. Los militaristas, ya saben, no entienden bien de la cosa mercantil, y suelen matar la gallina de los huevos de oro a base de maniobras. Los tratantes, que gozaban de una envidiable movilidad geográfica y funcional, se piraron a Porto Novo, o más al este, a la costa de la actual Nigeria. El negocio fue decayendo hasta que, a principios del siglo XIX, aparecieron los negreros brasileños, dando lugar a una época dorada de los reyes del Dahomey. Esa prosperidad se acredita con la dilatada duración del reinado de sus dos reyes más importantes, Guezo, entre 1818 y 1858, y Glele, entre 1858 y 1889. Lo malo de las economías esclavistas es que no suele ser vista con buenos ojos por los esclavizados. Cuando llega el senador Bayol a Abomey, los yoruba y los ingleses ya les habían dado unos cuantos sustos a los simpáticos prusianos de Dahomey, que habían terminado prometiendo, con la boca pequeña, abandonar una práctica tan fea.

Sin embargo, la clave de su destino no fue la trata, sino la presencia alemana en Togo. Ya saben: la carrera, pero no hacia el mar, sino hacia el interior. Los franceses no podían permitir que los alemanes se hicieran con el control de Dahomey. Glele no vio el peligro: se estaba muriendo cuando llegó Bayol a Abomey. Uno de sus hijos le dijo al explorador que el rey de Dahomey no iba a regalar su tierra y que, además, no entendía como podía pretender eso una nación gobernada por jóvenes irreflexivos. A esa conclusión había llegado al enterarse de que Francia era una república y no un reino. Lo gracioso es que se lo dijera al provecto Bayol.

Todo se precipitó a la muerte de Glele. En su funeral, su sucesor, que se autodenominaba “Tiburón de Tiburones”, de nombre de pila Kondo, y coronado como Behanzin, dio un fiestorro que no gustó mucho en la puritana Europa. Sobre todo por el sacrificio de cuarenta y un muchachitos y cuarenta y un muchachitas. En el parlamento francés se alzaron las voces de la cultura y la defensa de los derechos humanos, sobre todo la de un diputado que llamó a Behanzin “gorila real”, y se acordó sacar a Dahomey de la barbarie antes de que lo hicieran los alemanes. Dos años les costó a los franceses, que no comprendían cómo podían usar tan bien los cañones los putos negros (tal era su sorpresa que siempre vieron detrás de esas habilidades la mano alemana; creo que no salieron del error hasta Dien Bien Phu). Las amazonas se portaron como de costumbre y no quedó una en pie.

Y el gorila real, Behanzin, terminó fatal: vean que sólo se pudo llevarse cinco de sus doce mujeres a Martinica. Murió en Argelia, supongo que fumando su pipa.

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20 comentarios en “Dahomey

  1. Y el gorila Behanzin era el que más larga la tenía (la pipa)…creo que de él viene la famosa frase de “mejor no hablar con él, porque está que fuma en pipa”…

  2. En fin, que me voy a desayunar un café con un suizo a modo de calentamiento para el partido…conserven el humor, aunque sea congelado…

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