La carta a los Reyes

 

Ya sé que hay gente ceniza que ha criticado a la Assemblea Nacional Catalana y a Òmnium por utilizar hasta las fiestas infantiles para sus fines políticos, mancillando las ilusiones de los niños (¡¿pero es que nadie piensa en los niños?!).

A mí, sin embargo, esta iniciativa me parece maravillosa:

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Los secesionistas catalanes les piden a los Reyes Magos que les traigan, en 2017, una “República Catalana”.

Sí, repítanselo de nuevo: los secesionistas, en una inteligente ampliación de la labor de visibilización de la causa secesionista en instancias internacionales, han dirigido una petición formal a los mágicos, ancianos y cristianos monarcas —hombres de reputado liderazgo espiritual— que cada año obran la hazaña de repartir, en una noche, miles de millones de regalos a niños y adultos: que les traigan una República. Imaginen a los secesionistas levantándose el 6 de enero, alborozados e ilusionados, esperando abrir las ventanas y recoger su regalo ansiado. Si no les emociona esto es que no tienen alma.

Por favor, que sigan politizando todo.

 

Cháchara de Ignatieff

 

Recuerde esta cita de Ignatieff, así sea para escarmentar en su cenicienta cabeza: “Una vida a la defensiva no es una vida vivida en plenitud. Si adoptas la prudencia como lema, el coraje te abandonará cuando llegue el momento de mostrarlo”.

 

En el año 217 a.e., tras los desastres de Tesino, Trebia y Lago Trasimeno, el Senado romano nombró al patricio Quinto Fabio Máximo dictador. También designó al plebeyo Marco Minucio Rufo como su magister equitum, es decir, jefe de la caballería. Ambos nombramientos eran inusuales (pues lo habitual es que el dictador fuera designado por los cónsules, pero uno había muerto y el otro estaba fuera de Roma, y el magister equitum solía ser designado por el dictador) y demostraban cómo la invasión de Italia por Aníbal había trastocado a los romanos.

Quinto Fabio Máximo era aparentemente un hombre gris, funcionarial. Se dedicó a seguir siempre los procedimientos, sobre todo los religiosos. Al ser nombrado y antes de avanzar contra Aníbal ocupó su tiempo en reconstruir las murallas de Roma y en ordenar el derribo de puentes y el abandono de ciudades mal defendidas.

Más tarde, al avanzar hacia las fuerzas de Aníbal hizo algo escandalosamente inusual. Durante meses evitó cualquier batalla que pudiera merecer ese nombre. Se acercaba a Aníbal, ocupando colinas en las que el gran cartaginés perdía la ventaja de sus caballería y, en cuanto podía, atacaba a las columnas de aprovisionamiento de aquel. En esos meses, el ejército romano se fue convirtiendo en un ejército de veteranos y Aníbal fue debilitándose.

La desesperación de Aníbal ante la estrategia de su rival le obligó a hacerse más audaz y casi lo llevó a la derrota total. Al norte de Capua hay una llanura, “ager falernus”. Cuando Aníbal la penetró, buscando aprovisionamiento y quizás la defección de la ciudad, se encontró al poco encerrado. Fabio se había situado y había reforzado las posiciones de tal manera que la única forma de escapar exigía un ataque contra posiciones romanas en alto y bien defendidas. No olvidemos que Fabio se enfrentaba a uno de los mayores genios militares de la historia. Aníbal solo pudo escapar con un ardid. Concentró miles de bueyes, ordenando que se ataran gavillas a sus cuernos. De noche se incendiaron las gavillas y los bueyes huyeron en estampida. Fabio se negó a moverse, temiendo la batalla nocturna, pero la guarnición que defendía uno de los pasos se abalanzó a luchar. Ese fue su fin. El ejército cartaginés había iniciado la huida por el paso previamente defendido y los soldados romanos se vieron desbaratados por la estampida y luego masacrados por la retaguardia ibera.

El incidente de “ager falernus” y la victoria en una escaramuza de Marco Minucio Rufo, avivó la oposición en Roma a las tácticas de cunctator, el ápodo que se empezaba a usar contra Fabio: “el que retrasa”. Un tribuno de la plebe propuso dividir las tropas entre Marco Minucio Rufo y Quinto Fabio Máximo. Fabio aceptó con espíritu deportivo la decisión y Aníbal lo hizo con espíritu de depredador. En Geronium Aníbal tendió una trampa a Minucio, que solo se salvó del desastre por la aparición de las tropas de Fabio. Minucio comprendió la lección y devolvió el mando a Fabio, pero la derrota y la estrategia de tierra quemada empezaban a cansar a los romanos.

Cuando venció el plazo para el ejercicio del cargo de dictador, los romanos designaron nuevamente cónsules. Dos de ellos, Lucio Emilio Paulo y Cayo Terencio Varrón, un año después se enfrentaron a Aníbal en campo abierto, en Cannas. Allí Aníbal masacró a los romanos, en una de las victorias más imponentes de la historia, dejando decenas de miles de muertos en el campo de batalla.

Cuando Cayo Terencio Varrón, uno de los pocos supervivientes de la batalla y principal responsable de la derrota, regresó a Roma, los principales de la ciudad lo recibieron a las puertas y le dieron las gracias por no haber dudado de la patria. En primera fila estaba Fabio.

Quinto Fabio Máximo Cunctator murió en 203 a.e. No tuvo tiempo de conocer la derrota final de Aníbal, pero sí de cumplir más servicios a Roma, al recuperar Tarento. El año de su muerte, Aníbal abandonaba Italia, después de quince años.

Añado Cunctator a su nombre porque el senado romano, tras la derrota de Cannas, convirtió el apodo insultante en título honorífico.

Quinto Ennio, en sus “Annales”, escribió:

Unus homo nobis cunctando restituit rem,
Non ponebat enim rumores ante salutem

Un solo hombre de entre nosotros, retrasando, restituyó la república, al preferir la seguridad pública a la cháchara.