Patente de corso

Una de las preguntas tontas que aparecen en juegos estilo trivial es ¿cuánto duró al Guerra de los Cien Años? La verdad es que la mejor respuesta es ¿cuál?, porque los contemporáneos las vieron como una sucesión de peleas por feudos y territorios (cosas de familia, vamos), más que como la secular lucha entre dos naciones, la francesa y la inglesa.

El caso es que hay algo a lo que no solemos (los españoles) prestar atención. Me refiero a nuestra intervención (básicamente castellana), seguramente decisiva.

El asunto tiene su origen en una decisión inteligente de Carlos V de Francia. Como este es un blog de nivel, vamos a tirar de datos y fuentes fidedignos: si recuerdan Braveheart, William Wallace se cepilló a La Loba (la fgancesa que está como un queso, casada con Eduagdo II el sodomita) y engendró a Eduardo III de Inglaterra, que suponemos había leído el guión de Mel Gibson y por eso estuvo de acuerdo con que “abdicasen” a su padre (que la había estado cagando en sus “encuentros” con Robert el Bruce, el hijo del leproso maligno), lo encerraran en un castillo y le dieran matarile. Como ven, el rigor blogal no está peleado con la amenidad.

El caso es que Eduardo III —olviden todo lo que han leído hasta ahora— le dio para el pelo a los franceses en la batalla naval de la Esclusa, y esto le permitió mandar a la feraz Galia a sus arqueros con bigote a lo Errol y regar la tierra francesa con la sangre de miles de caballeros.

Así que Carlos V pensó que tenía que resolver el problema de la flota y se fijó en España y en las peleas de dos hermanos.

Pedro I era conocido por su crueldad, a diferencia de su hermano bastardo, el Trastamara, luego Enrique II, conocido por “el de las Mercedes” —aunque la verdad es que el “de las Mercedes” se cargó personalmente al “Cruel”—. Pedro I se llevaba bien con Eduardo III, el rey inglés. Los hermanos, sin embargo, se llevaban tirando a mal, por el simple hecho de que la madre del primero fuese reina y despechada mientras la madre del otro, tatatataranieta de reyes, calentaba el lecho del rey y producía bastardos a veces en camada. Dicho esto, Pedro, ya rey, pese a sus levantiscos medio hermanos, perdonó más de lo que se deduce del apodo. Quizás demasiado, porque Enrique terminó pagando la laxitud del rey con una invasión, apoyada por franceses y aragoneses.

Ahí entra Carlos V. Pensaba en los barcos del rey castellano, desperdigados por los puertos del Atlántico y la apuesta le salió bien. Es verdad que en Nájera, el pérfido Príncipe Negro triunfó sobre Du Guesclin. Sin embargo, al final, el apoyo del rey francés le permitió a Enrique vencer en Montiel y cargarse al hermano.

¡Y los castellanos nos hicimos aliados de los franceses!

Fue mano de santo. Para empezar un tipo llamado Ambrosio Bocanegra, en 1372, al mando de un par de decenas de galeras y naos castellanas le dio una mano (léase mano de hostias) a los ingleses en La Rochela. Aprovechando la marea y los problemas de los barcos ingleses (de más calado) se dedicó a bombardar (no es errata) a los miles de ingleses que cayeron como moscas. Y la Guyena, que llevaba muchos años en poder de los ingleses, fue reconquistada.

Carlos V aprovechó para construir una escuadra en condiciones y le dio el mando a uno que sabía distinguir babor de estribor, un almirante llamado Juan de Viena.

En ese acto del drama se amplió el dramatis personae con un personaje muy curioso: Fernando Sánchez de Tovar, hombre de cualquier tiempo. Se nota en que, después de recibir honores de Pedro el Cruel, terminó de almirante del fratricida. En fin, pelillos a la mar. El tipo, con veinte galeras (y algún barco francés), se dedicó a saquear la costa inglesa. Lo recuerdan con especial cariño en la isla de Wight. Tras una tregua, en compañía de Juan de Viena, volvió a asolar los puertos ingleses y, en una de esas, se introdujo —en 1380— en el Artemisa (¡sí, es el Támesis!), llegando hasta Gravesend —a las puertas de Londres— que incendió junto con los almacenes situados a la orilla del río. Luego se dedicó a portugueses y holandeses, pero esa es otra historia. Murió en su barco, como procede.

Ahí no terminó la intervención castellana. Eso sí, cambiamos de round. En el rincón inglés mandaba el hijo de un usurpador, de nombre Enrique V (el de las dos partes de Shakespeare, el que se prueba la corona mientras el padre vive y abandona la compañía de borrachos y puteros estilo Juan Falstaff). En el francés, los guantes los calzaba Carlos VI, un tipo bastante tocado del ala (su biografía es acojonante). El árbitro era español, de nombre Enrique III el doliente, nieto del fratricida y algo pachucho.

A los ingleses no les fue mal en tierra, ahí están Agincourt y el … that fought with us upon Saint Crispin’s day, pero en el mar la cosa estuvo más reñida (al menos hasta que el pirado vendió su flota).

En esas lides destacó otro castellano, llamado Pero Niño. Las hazañas del pollo destacan incluso en tan ilustre compañía. Fue un auténtico pirata y lo sabemos porque tenemos la fortuna de que Gutierre Díez de Games, un subordinado, nos contó su vida en un libro llamado El Victorial o Crónica de don Pero Niño: sus correrías como corsario, su ataque a Southampton creyendo que era Londres (ya entonces andábamos poco viajados), el asalto a Jersey.

Era gente sin ínfulas imperiales. El último que las había tenido era el único leído: Alfonso X el Sabio. Estos eran mercenarios. Quién sabe si no nos habría ido mejor de haber seguido así, mercantilizando la mala hostia.

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