La búsqueda de la felicidad

La historia de las naciones, a menudo, es cruelmente paradójica. No sé cuál era el número de españoles analfabetos a mediados del siglo XIX. Supongo que la cifra sería muy elevada. Sin embargo, los liberales que gobiernan en España, para demostrar su buen hacer en las colonias, aprobaron en 1863 una ley que hacía obligatoria y gratuita la educación primaria en Filipinas. Para llevar a la práctica esa ley, se crean escuelas de magisterio y, con ello, en un plazo relativamente breve, se consiguió que el pueblo con más altos niveles de educación de todo el sudeste asiático fuese el filipino.

A esa circunstancia se unieron los ecos de la revolución de 1868. La educación y la emulación serán la fuente de tres años de sueños de libertad que finalizan en 1871, con el nuevo gobernador general, ese que llega a prohibir a los sacerdotes filipinos desafectos decir misa y que reprime el motín de Cavite, de 1872, con dureza. Se ejecuta a liberales y sacerdotes y se inicia el exilio.

De los sueños se derivan las andanzas de Rizal (ejecutado por los españoles), Bonifacio (ejecutado por los filipinos) y Aguinaldo.

Sin embargo, más que hablar de la resistencia filipina o de la guerra hispano-norteamericana, me gustaría recordar un episodio olvidado, el de la conquista norteamericana.

Cuando los norteamericanos declararon la guerra a España por el asunto del Maine (hay que ver lo que acabo de decir), no tardaron en llamar a Emilio Aguinaldo (presidente a la sazón según los republicanos filipinos), para que desde su residencia en Hong Kong marchase a Filipinas, a fin de abrir un segundo frente.

Sólo un mes después la guerra de Cuba había terminado. En París, Estados Unidos y España firmaron un tratado por el que se cedían las Filipinas a los norteamericanos, a cambio de veinte millones de dólares.

Claro, cuando Filipinas era española los norteamericanos prometía la libertad. Cuando pasó a ser suya, se olvidaron de todas las promesas. Aguinaldo, al comprender la traición, convocó en Malolos un congreso que declaró la independencia. Poco después se aprobó una constitución republicana. Pero McKinley no había hecho la guerra contra España para regalar las Filipinas.

Aguinaldo y algunos delegados
enero de 1899, congreso constituyente

De nuevo se buscó una causa para la guerra, forzando las tensiones entre las tropas norteamericanas establecidas en Filipinas y las fuerzas de los independentistas. Se dice que las primeras balas silbaron al intentar cruzar un soldado filipino uno de los puentes, en San Juan del Monte (hoy forma parte de la metrópolis de Manila), uno de los accesos a Manila (la única zona de Filipinas controlada por los norteamericanos). En la wiki se dice que estudios actuales sostienen que el incidente se produjo en Manila propiamente dicha, a la altura de la calle Sorrego. Se cuenta que fueron unos soldados borrachos los que dispararon y mataron al soldado filipino. Es igual, lo que es evidente es que la noche del 4 al 5 de febrero de 1899 se produjeron enfrentamientos que se recogen en la declaración que efectuó Aguinaldo:

“SUPLEMENTO
AL
HERALDO FILIPINO
=======
Domingo, 5 de Febrero de 1899
ORDEN GENERAL

AL EJERCITO FILIPINO

A las nueve de la noche de este día, he recibido de la Estación de Caloocan un parte comunicándome que las fuerzas americanas atacaron sin previo aviso ni motivo justificado nuestro campamento en San Juan del Monte y nuestras fuerzas que guarecen los blockhouses de los alrededores de Manila, causando bajas entre nuestros soldados, los cuales en vista de tan inesperada agresión y del decidido empeño de los agresores, hubieron de defenderse hasta que se generalizó el fuego por toda la línea.

Yo deploro como el que más esta ruptura de hostilidades: tengo la conciencia tranquila de haberla querido evitar a todo trance, procurando conservar con todas mis fuerzas la amistad del Ejército de ocupación aún a costa de no pocas humillaciones y mucho derechos sacrificados.

Pero tengo el deber ineludible de mantener íntegro el honor nacional y el del ejército tan injustamente atacado por los que, preciándose de amigos y libertadores, pretenden dominarnos en sustitución de los españoles, como lo demuestran los agravios enumerados en mi manifiesto del 8 de Enero ultimo; los continuos atropellos y violentas exacciones cometidos contra el vecindario de Manila; las conferencias inútiles y todos mis esfuerzos frustrados en pro de la paz y la concordia.

Ante esta provocación que no esperaba, solicitado por los deberes que me imponen el honor y el patriotismo y la defensa de la nación a mí encomendada, invocando a Dios por testigo de mi buena fe y de la rectitud de mis intenciones;

Ordeno y mando:

1º Quedan rotas la paz y las relaciones de amistad entre las fuerzas filipinas y las americanas de ocupación, las cuales serán tratadas como enemigos dentro de los límites prescritos por las leyes de la guerra.

2º Serán tratados como prisioneros de guerra los soldados americanos que fueren cogidos por las fuerzas filipinas.

3º Este Bando será notificado a los Sres. Cónsules acreditados en Manila y al Congreso, para que acuerde la suspensión de las garantías constitucionales y la consiguiente declaración en estado de guerra.

Dado en Malolos a 4 de Febrero de 1899

Emilio Aguinaldo,
General en Jefe”

 

Los historiadores discuten si la guerra (nunca declarada, ya que los americanos dieron por sentado que era una insurrección en territorio que les pertenecía) dura hasta 1901 o hasta 1906. Poco tenían que hacer los filipinos contra el moderno ejército norteamericano y los 70.000 soldados que se trasladan a las islas. Murieron cinco mil norteamericanos y de diez a veinte mil “insurgentes”.

Pero lo verdaderamente grave de esta guerra y la razón fundamental por la que la recuerdo es que, durante la misma, se produjeron una serie de crímenes de guerra de los que fueron responsables los norteamericanos y que suele olvidarse cuando se habla de grandes matanzas y genocidios.

El escenario de la guerra era muy difícil. Cientos de islas y un terreno poco propicio. Recuerda a una guerra que tendrá lugar casi cien años después. Para facilitar las operaciones militares la armada y el ejército norteamericanos no dudaron en concentrar en campos de concentración —como los que hicieron famoso al general Weyler, luego al ejército inglés en la guerra de los bóer y, más tarde, a tantos y tantos hijoputas— a los habitantes de las zonas en las que es mayoritaria la presencia de los rebeldes. Qué gran sarcasmo que Hearst y Pullitzer denuncien los campos de Cuba para dar gasolina a los tambores de guerra. Usaron también los estadounidenses los cañones de sus barcos para bombardear indiscriminadamente las zonas de la costa. No se cortaron, vamos. No se conoce el número de muertos. Las estimaciones más bajas hablan de doscientos mil muertos. Las más altas de un millón. Las más creíbles, se sitúan en el medio millón. En toda Filipinas vivían nueve millones de personas.

No está mal. Como para tener una entrada apreciable en una Enciclopedia Universal de la Infamia.

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