Es ist aus

 

Raymond N. Bell nació el 16 de agosto de 1914. No les puedo contar muchos detalles de su vida. Antes de la Segunda Guerra Mundial fue jefe de cocina. En la guerra también hacen falta cocineros. Bell sirvió en la Rainbow Division, una de las divisiones que intervino en la liberación de Dachau. A finales de abril de 1945, la división penetró en Austria a través de Salzburgo y durante dos años permaneció en Austria, ocupada por cuatro potencias y dividida desde julio de 1945.

No sé cuándo volvió Bell a Estados Unidos. Murió el 3 de septiembre de 1955, alcoholizado. A su vuelta, confesó a su mujer que, después de la guerra, había matado a un hombre. Esa muerte, según su esposa, lo atormentaba. Así lo dedujo porque, cada vez que estaba borracho, farfullaba lo mucho que le habría gustado no haberlo matado. La conclusión para ella era evidente: el recuerdo de esa muerte, al “límite del deber”, lo había convertido en un hombre desgraciado y su desgracia le llevó a la bebida.

Su vida quedaría liquidada en los dos párrafos anteriores, si no fuera porque el homicidio abre una ventana trágica a la vida de otros.

En septiembre de 1945, la unidad de Bell se encontraba en Mittersill, un pequeño pueblo a medio camino entre Innsbruck y Salzburgo. El 12 de septiembre, Bell, el cocinero Bell, recibió la visita de Benno Mattl, un lugareño que, al parecer, se dedicaba al mercado negro. Quería obtener café, azúcar y dólares, y estaba dispuesto a repartir el beneficio. No sabemos si Bell conocía a Mattl previamente, aunque creo que no, por una razón que luego explicaré. Bell siguió la cadena de mando y se lo contó a su sargento A.W. Munay, que se dirigió a su teniente, que terminó contactando con el oficial del CIC (servicio de contrainteligencia). Estos últimos autorizaron una venta que terminaría en detención.

Bell y Munay fueron a la casa de Mattl la noche del 15 de septiembre. Reunidos en el salón de la casa, tras un largo rato de negociación y una vez hecho el intercambio, sacaron sus armas y ordenaron, a Mattl, levantar los brazos. Escucharon pasos en el vestíbulo. Como temían la presencia de algún ruso, socio de Mattl en sus trapicheos, Bell abrió la puerta del salón y salió hacia el vestíbulo. La puerta interior se entornó y Munay no pudo ver lo sucedido, solo escucharlo. La puerta que daba a la calle sonó al chocar contra la pared. Después un grito. Luego pisadas en la grava y tres disparos.

Munay pensó al principio que Bell había sido sorprendido y tiroteado, ya que no contestó a su llamada. Sin embargo, al entrar la mujer de Mattl, de nombre Christine, supo que había salido a buscar ayuda. Apuntando su arma hacia ambos, los obligó a salir de la casa. En ese momento pudo ver a Bell, acompañado de cuatro oficiales. Entraron en la casa y, en una habitación contigua, vieron a un hombre ensangrentado, sobre un colchón. Bell no lo conocía. Era el suegro de Mattl, de sesenta y cinco años de edad.

Esta historia se la contó Munay en 1960 a Hans Moldenhauer, un músico y escritor. Por eso conocemos los detalles. Benno Mattl y Christine fueron detenidos. Ella quedó pronto en libertad, pero él fue condenado a un año de prisión. Los americanos, a los pocos días, devolvieron el cadáver a su viuda, pero se negaron a dar más detalles de lo sucedido. En particular, se negaron a identificar al soldado que había disparado. Había sido un caso de legítima defensa. Por esta razón, creo que Mattl y Bell no se conocían. De haberse conocido, Mattl podría haberle dicho a su suegra quién era el cocinero que había matado a su marido. La prensa local de la época —ah, la prensa—  afirmó que el fallecido era un nazi que había atacado a un centinela o que había tratado de huir cuando iba a ser detenido.

Solo faltan unas piezas más en el puzle. El quince de septiembre de 1945, el suegro de Mattl, fue a visitar a dos de sus hijas, Amalia y María, que vivían también en Mittersill. Estaba de un humor excelente y le dijo a sus hijas: “Hoy es un día histórico”. Era la broma de un fumador de puros. Después de años de penurias, su yerno, Benno, casado con su hija Cristina, le había prometido un puro para después de la cena. Nuestro hombre se encaminó, junto con su esposa, a casa de su hija y su yerno, y allí cenaron. Hasta que llegaron unos americanos.

Anton y Minna, que así se llamaban los suegros de Mattl, y Christine salieron del salón y fueron a la habitación de los niños, que dormían. Al rato, Anton le dijo a su mujer que ya era hora de volver a casa, pero que primero iba a echar unas caladas a su puro. Como no quería ahumar a los niños que dormían, salió al vestíbulo. Un par de minutos después, Minna escuchó tres disparos. Anton abrió la puerta y balbuceó un “me han dado”. Lo tumbaron en un colchón y empezaron a quitarle la ropa. Anton susurró Es ist aus (“se acabó”) y murió.

 

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