El primer emperador

El primer emperador del mundo fue un bastardo. Bueno, no tanto, pero hay que adornar las historias, ¿no? Tutmosis III era hijo del faraón Tutmosis II y de una concubina, la última opción del arquitecto Ineni para seguir mangoneando así …

… en Egipto. Por desgracia para el tercero de los Tutmosis, la hermanastra y esposa de su padre, la famosa Hatshepsut, que había tenido que tragar con un matrimonio que la relegaba a “gran esposa real” cuando lo que quería era ser faraón, pensó que ya había tragado suficiente. Así que, cuando se murió Tutmosis II y fue designado el tercero como faraón, se hizo la loca y silbaba por las estancias de palacio cuando le recordaban el conveniente matrimonio del pobre Tutmosis III y su propia hija (la de Hatshepsut … ya, ya sé que es un lío). Tanto se hizo la loca que el matrimonio no tuvo lugar y, de buenas a primeras, se hizo asociar como faraón al sobrino.

En realidad, Hatshepsut estaba afectada por una especie de odio furibundo a esos segundones que había tenido que soportar durante años. Ella era hija de Tutmosis I y de la gran esposa real Ahmose, y solo por el hecho de ser mujer había tenido que aguantar a todos esos farsantes. Así que se le ocurrió una idea interesante: hacerse faraón, ir apartando poco a poco del poder al bobo de Tutmosis III y crear una dinastía de faraonas. Por esa razón, pese a resultar un enlace de lo más lógico, impidió que su hija Neferura se casase con Tutmosis III, el bastardo. Y llegó a designar a Neferura “esposa de Amón”, o lo que es lo mismo, gran esposa real sin esposo.

Así estaban las cosas, ya ven. El pobre bastardo reinaba pero no gobernaba. Su tía y madrastra hacía y deshacía a su antojo. Y su supuesta prometida se lo hacía con Amón delante de sus narices (demostrando Amón, por cierto, gran aprecio por la familia, ya que la propia Hatshepsut sugería que su padre Tutmosis I era un cornudo y que el burlador había sido el dios, que se revolcaba con gran gusto con la feliz Ahmose, ya saben, la legítima). Poco de fiar eran estas hembras egipcias.

En fin, menos mal que la providencia vino en ayuda del pobre Tutmosis III. Neferura murió y —cosas del destino—, a la vez murieron un sumo sacerdote y un arquitecto que apoyaban a Hatshepsut y hacían el Amón con ella. Extraña coincidencia, es verdad, pero los designios de los dioses son inescrutables. El mensaje era cristalino: Tutmosis III empezó a mandar y Hatshepsut se dedicó, con gran sentido de la oportunidad, a la meditación. Aún reinó durante varios años, pero Egipto ya no se dedicaba a la femenina obra pública, sino a la masculina guerra.

Y es que no se pueden dejar en manos de mujeres los destinos de las naciones. Todo el rato hablando de templos y ciudades, de viajecitos por Punt, el país del incienso y la mirra, y de pasta para los curas. Y mientras tanto, los sirios cachondeándose de los egipcios, con el rey de Kadesh a la cabeza.

Tutmosis III recuperó la cordura y bañó de sangre la tierra de Canaán y aledaños, hinchándose a matar, a pillar, a violar y a saquear. Por cierto, la primera paliza que le dio al rey de Kadesh tuvo lugar al sur del Monte Carmelo, en abril del 1479 a.e., después de sitiar la fortaleza que da nombre al Armagedón. Cuenta Flinders Petrie que los hombres de Kadesh tuvieron que ser izados por los muros, por el canguelo que tenían a abrir las puertas de la ciudad. Al menos no mató a todos: a los hijos de los vencidos los mandó a Egipto, para su educación en los valores eternos, entre los que destacaba la adoración al faraón.

Ese éxito fue el primero de muchos. Hizo quince expediciones más. Tomó Kadesh, pasando el Orontes, ese riachuelo por el que transitarán tantos conquistadores con ínfulas, y después invadió Mitani. También se inventó una flota y acojonó con ella a Epiménides y a todos los cretenses (y esto es verdad) y se paseó chulescamente por el Mediterráneo. Tanto miedo dio a los mitanios que pronunciaban su nombre en los exorcismos y para asustar a los niños, como luego se hará en los Países Bajos con el Duque de Alba.


Cincuenta y cuatro años reinó el amigo. Sí, el primer emperador del mundo fue un bastardo. Pueden saludarlo en el museo de El Cairo.

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