Hombre blanco busca causa negra

En esta entrada voy a hablar bien de un abogado comunista. Dirán que eso es imposible (cada cuál que escoja su razón, si por abogado o por comunista), pero cuando terminen de leer quizás pasen por alto esos dos pequeños defectillos.

Su nombre era Bram Fischer. Era afrikáner: ya saben, un descendiente de los colonos holandeses que llegaron al Cabo en el siglo XVII y que fueron extendiéndose hacia el interior por la presión de los amos británicos, su afición al paseo, y su extrema y dura concepción de su destino manifiesto. Su familia llevaba por África desde el siglo XVIII y había alcanzado alguna posición. Su abuelo fue secretario de Estado primero y luego primer ministro de la Colonia del Río Orange —el sucedáneo que sustituyó al Estado Libre de Orange después de la guerra de los bóer—, y su padre juez del mismo Estado. Además, estaba casado con una sobrina de Jan Smuts.

Estudiante de derecho, terminó su carrera en Oxford en los años 30 y se dio un viajecito por la Unión Soviética. Podría haber sido uno más de esos jóvenes pálidos de clase alta que, en la década de la ceguera, terminaron siendo comunistas de libro y traición, y que tanto juego han dado en las novelas de espías de la guerra fría.

Sin embargo, fue comunista declarado, miembro del SACP (el partido comunista de por allí) y activista y protagonista en esas dos décadas en las que el régimen sudafricano fue haciéndose cada vez más brutal.

Sharpeville: 69 muertos y 180 heridos, la mayoría por disparos hechos por la policía, por la espalda, contra la multitud que huía y que poco antes se había manifestado. Más tarde disturbios que duraron varios días con un saldo de casi 20.000 detenidos. Por esas fechas estaba terminando un juicio por traición contra prominentes miembros del ANC, entre ellos Mandela, que serían declarados inocentes. Uno de los abogados era nuestro protagonista.

El juicio y su sentencia dieron igual: poco después, tras un viaje a Londres, Mandela fue detenido y condenado a cinco años de prisión, y en 1963 la policía entró en una granja en Rivonia y detuvo a seis de los dirigentes del SACP. Para entonces se había promulgado la ley de sabotaje, una norma que creaba listas de proscritos, que tenían prohibido reunirse si eran más de dos y que permitió arrestos indefinidos sin asistencia letrada. Esa norma era una habilitación para la tortura y la desaparición. Steve Biko fue el ejemplo más famoso de esa infamia con forma de ley.

El abogado que defendió a los dirigentes del SACP fue Fischer, ya en el punto de mira del régimen. Lo hizo brillantemente, tanto que algunos le atribuyen el mérito de salvar a los condenados de la pena de muerte y de llevarlos a las canteras de cal de la isla de Robben. Más realista es pensar que fue el miedo del régimen a crear héroes lo que les libró de la horca.

Poco después de la sentencia murió la mujer del letrado, en un accidente de coche. Activista, como él, había enseñado durante años en una High School para hindúes en Johannesburgo, establecida precisamente como protesta contra el cierre de escuelas ordenado por el gobierno sudafricano.

Al final le llegó el turno. Detenido en 1964, pidió permiso para viajar a Londres, ya que llegaba a su punto final, en los tribunales británicos, un asunto sobre patentes en Rodhesia que llevaba desde 1955. Para conseguirlo depositó una fianza y prometió volver:

I am an Afrikaner. My home is in South Africa. I will not leave my country because my political beliefs conflict with those of the Government.

(Soy un afrikaner. Mi casa está en Sudáfrica. No partiré de mi país porque mis creencias políticas estén en conflicto con las del Gobierno).

Después de ganar el caso, pese a las presiones de todo el mundo para que se quedase en Inglaterra y pese al embrutecimiento del régimen tras el atentado en una estación de ferrocarril en Johannesburgo, regresó.

Se presentó ante el Tribunal y al día siguiente se ocultó. Lo hizo mandando una nota, a través de su abogado, que decía:

By the time this reaches you I shall be a long way from Johannesburg and shall absent myself from the remainder of the trial. But I shall still be in the country to which I said I would return when I was granted bail. I wish you to inform the Court that my absence, though deliberate, is not intended in any way to be disrespectful. Nor is it prompted by any fear of the punishment which might be inflicted on me. Indeed I realise fully that my eventual punishment may be increased by my present conduct…

(En el momento en que leas estaré lejos de Johannesburgo y me abstendré de presentarme al juicio. Pero todavía seguiré en el país al cual dije que volvería cuando presté fianza. Deseo informes al tribunal de que mi ausencia, aunque deliberada, no debe entenderse en ningún caso como una falta de respeto, ni está motivada por ningún miedo al castigo que se me pueda imponer. Y me doy perfecta cuenta de que la pena final podría ser mayor por causa de mi actual conducta …)

My decision was made only because I believe that it is the duty of every true opponent of this Government to remain in this country and to oppose its monstrous policy of apartheid with every means in his power. That is what I shall do for as long as I can…

(Mi decisión fue adoptada únicamente porque creo que ése es el deber de todo oponente verdadero a que este Gobierno continúe en este país y que se oponga a su monstruosa política de apartheid con los instrumento a su alcance. Esto es lo que haré mientras pueda …)

Fue detenido poco después. Condenado a cadena perpetua, el cáncer y una caída lo dejaron en silla de ruedas e incapaz de hablar. Murió en la casa de su hermano, en Bloemfontein, en 1975.

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