Yo no soy uno de ellos

 

Antes de la Segunda Guerra Mundial los judíos franceses estaban muy orgullosos de serlo. Contaban con un órgano representativo, el Consistoire central, ya centenario, nacido del Gran Sanedrín napoleónico, en 1808. Ya en el siglo XX, la religión pasó a segundo plano, pero la institución conservó el nombre. En vísperas de la derrota francesa ante los nazis, su jefatura la ostentaba un Rothschild que tuvo la influencia y la rapidez suficientes para conseguir un salvoconducto que lo llevó a España en junio de 1940 y luego a Estados Unidos. Así que el cargo paso a ocuparlo el vicepresidente, Jacques Helbronner, amigo personal de Pétain.

Helbronner preparó, en noviembre de 1940, un memorándum dirigido a Pétain en el que intentaba limitar las consecuencias de las primeras leyes antijudías aprobadas por Vichy. En él dejaba bien claras las diferencias entre los franceses de origen judío y los inmigrantes judíos, diferencias basadas en que la comunidad judía estaba, según afirmaba, compuesta por muchas razas. Los primeros eran plenamente franceses y, por tanto, había que liberarlos de las medidas aprobadas por el gobierno. Los segundos eran la causa del creciente antisemitismo y la culpa de su llegada (él la llama invasión de “nuestro suelo”) había que atribuírsela a los gobiernos de izquierdas. Terminaba solicitando que se excluyera de su solicitud a los judíos extranjeros y a los recientemente naturalizados (personas que habían obtenido su nacionalidad francesa en los años posteriores a la 1ª Guerra Mundial). Peticiones del mismo tipo continuaron durante meses. Otro miembro ilustre del Consistoire, que luego sería ministro e, incluso, presidente del Consejo de Ministros, René Mayer, pidió a Xavier Vallat, el jefe de la Oficina Central para Asuntos Judíos, que animase a emigrar a los judíos extranjeros, y el mismo Marc Bloch llegó a distinguir entre la causa de los judíos franceses y la de los foráneos.

Esto no le debió chocar a los propios judíos alemanes que se encontraban en Francia. Al fin y al cabo, en 1939 y comienzos de 1940, los líderes judíos alemanes intentaron prohibir la emigración de los judíos polacos que estaban en el Reich (ampliado con las anexiones de parte del territorio polaco) a Palestina. Trataban de reservar esos puestos para ellos.

Por esa razón, y pese a los intentos de Theodor Dannecker (un enviado de Eichmann a París) los judíos franceses se resistían a entrar a formar parte de una de esas comisiones judías que fueron creando los nazis por toda Europa, una en la que se los mezclase con los judíos no franceses. La provocación, quizás, fue la razón también del ensayo general que tuvo lugar el 14 de mayo de 1941, cuando la misma policía francesa arrestó a casi 4.000 inmigrantes judíos. Terminaron donde ya se imaginan. Fue, supongo que lo saben, el ensayo de la “redada” del Velódromo de Invierno.

Al final, esas distinciones no ayudaron a Helbronner (asesinado en las cámaras de gas de Auschwitz junto con su mujer), ni a Bloch, que murió torturado por la Gestapo. Sin embargo, es bueno no olvidarlas. Fueron víctimas, pero por un tiempo creyeron que su causa no era la de los demás judíos. Porque eran alemanes o franceses.

Esta es una de mis obsesiones. Ciertos demonios atacan por igual a todos los hombres. Y la mayoría nos arrastraremos por el fango, llegado el caso. Solo algunos pocos son capaces de evitarlo. Pero no debemos dejarnos engañar por esos ejemplos. Nos llaman la atención precisamente por su escasez.

También por esta razón debemos impedirnos ciertas transacciones, por leves que sean, con nuestras mejores instituciones. Es mejor no situarnos en la terrible situación de tener que decir “yo no soy uno de ellos, yo soy un hombre”, demostrando que sí, que lo somos. Hombres.

 

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11 comentarios en “Yo no soy uno de ellos

  1. En “La extraña derrota” leí lo que pensaba un soldado que era francés. Por culpa de su escrito de hoy me he leído el último de los anexos del libro y me he enterado de lo que pensaba un francés que era judío, o vicecersa.

    …………………………………

    http://www.fmh.org.ar/revista/16/laacti.htm

    En el enlace de arriba hay un escrito de Pierre Laval, jefe de Gobierno de Vichy, sobre la deportación de los judíos de Francia. Acaba así:
    “Esta es la finalidad de las medidas tomadas hacia los judíos apátridas. En cuanto a los judíos franceses, quedan sencillamente sometidos a las incapacidades de que son pasibles por las leyes vigentes.”

  2. “Je suis juif, sinon par la religion, que je ne pratique point, non plus que nulle autre, du moins par la naissance. Je n’en tire ni orgueil ni honte, étant, je l’espère, assez bon historien pour n’ignorer point que les prédispositions raciales sont un mythe et la notion même de race pure une absurdité particulièrement flagrante, lorsqu’elle prétend s’appliquer, comme ici, à ce qui fut, en réalité, un groupe de croyants, recrutés, jadis, dans tout le monde méditerranéen, turco-khazar et slave. Je ne revendique jamais mon origine que dans un cas : en face d’un antisémite. Mais peut -être les personnes qui s’opposeront à mon témoignage chercheront -elles à le ruiner en me traitant de « métèque ». Je leur répondrai, sans plus, que mon arrière-grand-père fut soldat en 93 ; que mon père, en 1870, servit dans Strasbourg assiégé ; que mes deux oncles et lui quittèrent volontairement leur Alsace natale, après son annexion au IIe Reich ; que j’ai été élevé dans le culte de ces traditions patriotiques, dont les Israélites de l’exode alsacien furent toujours les plus fervents mainteneurs ; que la France, enfin, dont certains conspireraient volontiers à m’expulser aujourd’hui et peut -être (qui sait ? ) y réussiront, demeurera, quoi qu’il arrive, la pa trie dont je ne saurais déraciner mon coeur. J’y suis né, j’ai bu aux sources de sa culture, j’ai fait mien son passé, je ne respire bien que sous son ciel, et je me suis efforcé, à mon tour, de la défendre de mon mieux.”

    “J’affirme donc, s’il le faut, face à la mort, que je suis né Juif ; que je n’ai jamais songé à m’en défendre ni trouvé aucun motif d’être tenté de le faire. Dans un monde assailli par la plus atroce barbarie, la généreuse tradition des prophètes hébreux, que le christianisme, en ce qu’il eut de plus pur, reprit pour l’élargir, ne demeure -t-elle pas une de nos meilleures raisons de vivre, de croire et de lutter ? Étranger à tout formalisme confessionnel comme à toute solidarité prétendument raciale, je me suis senti, durant ma vie entière, avant tout et très simplement Français. Attaché à ma patrie par une tradition familiale déjà longue, nourri de son héritage spirituel et de son histoire, incapable, en vérité, d’en concevoir une autre où je puisse respirer à l’aise, je l’ai beaucoup aimée et servie de toutes mes forces. Je n’ai jamais éprouvé que ma qualité de Juif mît à ces sentiments le moindre obstacle. Au cours des deux guerres, il ne m’a pas été donné de mourir pour la France. Du moins, puis-je, en toute sincérité, me rendre ce témoignage : je meurs, comme j’ai vécu, en bon Français.”

  3. Esos fragmentos son de “La extraña derrota”. Yo me refería a algo que, al parecer, se menciona en una biografía de Bloch de Carole Fink (Marc Bloch: una vida para la historia referido a los comentarios de Bloch, en abril de 1941, sobre la creación de un centro de estudios judíos patrocinado por el Consistoire. Al parecer pidió que se tuvieran en cuenta todas las tendencias de los judíos franceses, pero sólo de estos, a fin de evitar que se extendiese la idea de que “todos los judíos formamos una masa sólida y homogénea, dotada de idénticos rasgos y sujeta al mismo destino”. Lo tomo de “Los años de exterminio” de Saul Friedländer.

  4. Veo en los archivos viejos ( http://tsevanrabtan.blogspot.com/2009/04/se-explica-y-aun-te-preguntas-por-que.html ) que tiene una edición francesa del libro de Bloch. Según el enlace que aparece no están los anexos de la edición española de Crítica:

    V. Marc Bloch y la U.G.I.F.
    1. Correspondencia con Jean Ullmo
    2. Cartas sobre la U.G.I.F.
    3. Nota de Georges Friedmann sobre la Unión de los Israelitas de Francia
    4. Firmantes de la carta de Marc Bloch

    En la correspondencia con Jean Ullmo hay una carta del 2 de abril de 1941 que no sé si es la a la que se refiere Carole Fink.
    Transcribo algunos párrafos:
    “”Juzgaría francamente inoportuno cualquier esfuerzo por recoger una documentación que no se centre exclusivamente en la demostración de la tesis siguiente (cuya veracidad hemos comprobado): los judíos franceses son tan franceses como los demás y, en su inmensa mayoría, buenos franceses”.
    “Evitemos dar armas a quienes querrían confinarnos en un gueto”.
    “Los refugiados expulsados a nuestro país por las persecuciones de que han sido objeto en sus patrias de origen, deberían ser bienvenidos al país de los derechos del hombre. Su causa no es exactamente nuestra causa. Tenemos derecho a decirlo, porque así es. No tenemos por qué avergonzarnos de la acogida que les haya deparado el conjunto de los franceses”.
    “Debemos evitar que un día nos puedan acusar de haber sido los agentes o asalariados de unos medios exclusivamente financieros”.

    Posteriormente Bloch envió a Georges Friedmann una carta que, con modificaciones, fue firmada por varias personalidades el 31 de marzo de 1942.

  5. Y hablando de solidaridad judía, les voy a recomendar un libro: “Ganarle a Dios” de Hanna Krall, Edhasa, 2008. Es una entrevista que publicó en 1977 con Marek Edelman, único superviviente de los dirigentes de la sublevación del gueto de Varsovia en abril de 1943.

    Edelman dijo en una entrevista que Anielewicz fue comandante de la sublevación porque “deseaba enormemente serlo; de modo que lo elegimos. Resultaba un poco infantil en su ambición, pero era un muchacho capaz, leído, lleno de vigor. Antes de la guerra vivía en el barrio popular de Solec. Su madre vendía pescado; cuando le sobraba mercancía, lo enviaba a comprar pintura roja y le hacía pintar las agallas, para que parecieran frescas.Siempre tenía hambre”.
    Hubo gente que se escandalizó por sus palabras y S., un escritor estadounidense, salió en su defensa. Un día S. va verlo a Varsovia. Antes ha visto a dos personas que habían estado en la sublevación. Le dice a Edelman que Antek, una de ellas, aprueba la entrevista salvo algunos detalles: los insurrectos no fueron doscientos, sino quinientos o seiscientos.
    “-No -dice Edelman-, éramos doscientos veinte.
    -Pero Antek quiere, S. quiere, todos quieren tanto que hayáis sido un poco más numerosos…¿Rectificaremos? -le dice Hanna Krall-.
    -Eso no tiene importancia -dice con rabia-. ¿Ninguno de vosotros puede entender que eso, realmente, ya no tiene importancia?
    ¡Ah! Hay algo más -cuenta Krall-. Por supuesto: el asunto del pescado. ‘No era Anielewicz el que lo pintaba, sino su madre. Tome nota -me dice S., el escritor-, porque es muy importante”.

    De lo que es importante y de lo que ya no tiene importancia. De eso trata este libro.

  6. Puse el link a esa edición porque es la única que había disponible con el texto. Tengo la edición de Gallimard de 1990 y, acabo de comprobarlo, en ella aparecen esas cartas. Sí, creo que, al menos en parte, las citas se sacan de esas cartas, aunque no encuentro la frase “todos los judíos formamos una masa sólida y homogénea, dotada de idénticos rasgos y sujeta al mismo destino”.

  7. En Shoah hay un momento odioso. Hay más, ya lo sé, pero este lo es mucho. Lo protagoniza Lanzmann, la voz de Lanzmann:

    Imagino conversaciones en las que lo importante ya no es nuestra mirada. En las que la realidad desaparece enterrado por un mundo paralelo. El que le importa a gente como Bomba.

  8. Tras la guerra, Marek Edelman estudió medicina.
    “¿Sabes qué es lo que mejor recuerdo de esa época?
    La muerte de Mikolaj.
    Mikolaj estaba enfermo y murió.
    ¿Murió, entiendes? ¡Normalmente, en el hospital, en una cama! La primera persona que conocí que moría sin que la mataran.”

    Simon Srebnik, el niño cantor de quien se habló aquí el otro día, cuenta en “Shoah” que no se impresionó con los gaseados que iban a los hornos en Chelmno, porque hasta entonces todo lo que había visto en sus trece años eran muertos. Venía del gueto de Lodz y pensaba que era normal, que debía ser así.

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