Cien años de decadencia

Muzio Attendolo nació en 1369. Su madre, Elisa dei Petraccini, no era precisamente un modelo de buen gobierno doméstico. Feroz, casi selvática, da de comer a sus veintiún hijos cuando no queda más remedio. Duermen en jergones, en el suelo, y son pendencieros y bebedores.

Uno de los hermanos, Bartolo, corteja a una joven. También la corteja Martino Pasolini y con éxito. Los Pasolini son como los Attendoli, y por eso esperan violencia. Extrañamente, los Attendoli no reaccionan. ¿Cómo es posible que no hagan nada, cuando uno de ellos es humillado? Los Pasolini sólo encuentran una explicación. Quizás la muchacha no sea lo suficientemente virtuosa como para merecer la venganza. Eso los enfurece; asesinan a dos Attendoli e hieren* a Muzio. Esta vez, Giovanni Attendolo, padre de los diecinueve, reacciona. Matan y saquean. Los Pasolini son agricultores y tienen que realizar los trabajos del campo con sus armaduras, porque los ataques son constantes. Los Pasolini huyen.

Muzio, aunque joven, es un prodigio de fuerza física. Se contará más tarde que dobla las herraduras y es capaz de subir a su montura con la armadura puesta. Un día está cortando leña cuando pasan unos soldados. Reclutan gente para un conde local. Cuando ven al muchacho advierten en seguida en él las maneras del hombre de armas, pero observan sus dudas y se burlan. Muzio los reta: si lanza su hacha contra un árbol y se queda clavada lo enrolarán. Naturalmente, lo consigue, y sin despedirse se marcha a seguir la carrera del mercenario, robando un caballo al padre. Tarda dos años en regresar, cuando ya ha empezado a hacerse famoso porque es uno de los de la Compañía de San Giorgio de Alberico de Barbiano. Su padre lo recibe con un regalo: cuatro caballos. No sabe leer ni escribir, pero le encanta que le lean la Guerra de las Galias de Julio César.

Alberico lo aprecia. Un día lo ve discutir con dos hermanos, “Escorpión” y “Tarántula”, por el reparto de un botín. Antes de que corra la sangre quiere mediar y el joven Muzio no baja la voz, ni siquiera en presencia de su jefe, el famoso capitán de mercenarios. Alberico se ríe y le espeta “así pues, también tú intentas forzar a tu general”. Esa es una de las historias que intentan justificar su apodo, “sforza”. Comenzaba la carrera del condotiero. Sus descendientes fueron duques en Milán.

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Galeazzo Maria Sforza —decían— había matado a su madre. No extraña: la costumbre favorita del duque de Milán era el secuestro y violación de las mujeres que se cruzaban en su camino. Eso sí, era generoso y, una vez forzadas, las compartía con sus cortesanos. Poco dado al humor, no tenía problema en castigar a un súbdito poco complaciente clavándolo, vivo, a un ataúd, o en obligar a un cazador furtivo a tragarse una liebre, entera, todavía sin despellejar.

Galeazzo hablaba latín y su educación era todo lo refinada que podía esperarse en un príncipe italiano de la Italia humanista.

Un hombre, Giovanni Andrea Lampugnani, de la alta nobleza, cojo y violento, vio cómo Galeazzo se inhibía en un pleito sobre tierras. Juró venganza. Carlo Visconti era alto funcionario y tenía una hermana. El duque la había mancillado y juró venganza. Gerolamo Olgiati era joven e idealista. Además, había caído en las redes de un humanista, Cola Montano, que le hablaba con pasión de Catilina y la conjura republicana. Para Gerolamo el tiranicidio se convirtió en una obsesión.

El día 26 de diciembre de 1476, el duque fue a la iglesia de Santo Stefano. Las crónicas cuentan que el día era frío, y mencionan las dudas del duque antes de salir, aquejado por un extraño presentimiento. No sabemos si así ocurrió o si esos signos son signos añadidos por necesarios cuando caen los tiranos, de tanto que aparecen en relatos similares. Lo que sí sabemos es que lo esperaron en la iglesia, que Giovanni Andrea se arrodilló, aparentando pedir algo, para inmediatamente levantarse y clavar un cuchillo en la ingle y después en el pecho del Sforza. Luego Olgiati y Visconti y un criado, llamado Franzone, lo remataron. Todo el mundo huyó mientras el tirano expiraba.

FE DE ERRATAS: … y hieren …

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2 comentarios en “Cien años de decadencia

  1. “Fueron lentejas”. Ay, no me resisto al poco elegante “Se lo dije”: cualquier acuerdo con el PP de Rajoy valía una mierda, siendo fino.

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