El Pílades trucho

 

Es recomendable e interesante este artículo de Aurora Nacarino-Bravo en The Objective porque hace hincapié en algo que a veces se minusvalora: la función de las redes sociales como escaparate personal. No hablo solo de negocios o de carrera profesional. Hay un aspecto que se refleja muy bien en el texto, personal.

Internet ha sido una excusa cojonuda. A diferencia de las connotaciones algo patéticas de las agencias de contactos y de la aprensión por esos friquis —los friquis son siempre los otros— que nos podíamos encontrar si hacíamos uso de sus servicios, el abrir un blog, intervenir en un foro, buscar amigos en facebook (esparciendo migas de tu vida personal) y discutir en tuiter fueron pronto perfectamente respetables. Internet como bar, pero como bar compartimentado en el que podías escoger las estancias y visitarlas ubicuamente, multiplicar tu personalidad, ser un hooligan allí y un profesional respetable más allá, y buscar la amistad, conjurar la soledad, demostrar tus aptitudes sin tener que exhibirte antes — con tu físico, tus taras, tus inseguridades, la distancia de una generación con el hambre—, pasando filtros diferentes, basados en la agudeza, la gracia, la destreza en la emisión de mensajes o consignas, y a menudo la capacidad para el uso de los buscadores de información y, en el mejor de los casos, del auténtico conocimiento.

No es que internet nos democratice, sino que las reglas para el ascenso son diferentes. Yo creo que esa es la clave: lo que no te vale fuera o lo que te lastra fuera, puede que te sirva dentro. Y no se trata de algo virtual, sino de algo perfectamente real. Porque es una mercancía. Internet no es tanto (aunque también lo sea) un canal para darte a conocer en el mundo, entendido como eso que hay fuera: lo de dentro es el mundo también. Prueben a dejar de usar su móvil, su tablet  o su ordenador durante un mes, a ver si son capaces.

Es obvio que lo ha cambiado todo y que no hay retorno. Y no es un simple instrumento. No entras para llegar a un sitio. Entras y no sales.

Por lo demás, tuiter, la única red que utilizo, es un lugar que me sirve para conocer gente (cuando luego la conozco fuera, a menudo ya la conozco), para acceder desde allí a información, a trabajos, a conocimientos, para descojonarme y para cabrearme. Para dar a conocer lo que escribo. No sirve para discutir seriamente sobre nada. No he leído, en estos años, nada en tuiter que me parezca brillante (salvo, todo lo más, y no tan habitualmente como se dice, como epigrama); no he leído nada en tuiter que me haya abierto los ojos o me haya transmitido un conocimiento profundo que ignoraba. Nada de lo que he escrito en tuiter tiene valor. Ninguno. Ni por un segundo he creído a los que opinaban que algo pudiera tenerlo. Tuiter es el reino de lo superficial.

Tuiter, en el mejor de sus días, parece acercarse al Pílades. Pero el Pílades es una ficción y por eso, allí, alguien parece improvisar brillantemente las categorías de tuiteros: el cretino, el imbécil, el estúpido, el loco y yo. Bueno, mejor dicho, y usted. Luego reflexionamos y nos damos cuenta  de que Eco imagina un bar y gasta horas en escribirlo.

Por eso cuando vamos creando ese pseudopílades parece mediocre. Es lo que tiene la inmediatez y el medio. Más que el hecho de que no seamos Umberto Eco, porque el caso es que podemos tener a Umberto Eco en nuestro TL y tuiter sigue sin ser el Pílades..

Supongo que no es preciso aclarar que hablo de mi tuiter. No los conozco todos. Extrapolo y puede que me equivoque.

 

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4 comentarios en “El Pílades trucho

  1. Cuac Cuac:

    El bar Pilades era por entonces el puerto franco, la taberna galáctica donde los extraterrestres de Ophiuco, que asediaban la Tierra, se encontraban sin conflicto con los hombres del Imperio, que patrullaban las franjas de van Allen. Era un viejo bar situado cerca de los Naviglio, con la barra de zinc, el billar, y los tranviarios y artesanos de la zona que venían por la mañana temprano a beberse un chato de vino blanco. Hacia el sesenta y ocho, y en los años siguientes, el Pilades se había convertido en una especie de Rick’s Bar donde el militante del Movimiento podía echar una partida de cartas con el periodista del diario patronal que iba a beberse medio whisky una vez cerrada la edición, cuando ya partían los primeros camiones para repartir por los kioscos las mentiras del sistema. Pero en el Pilades incluso el periodista se sentía un proletario explotado, un productor de plusvalía obligado a fabricar ideología, y los estudiantes lo absolvían.

    Entre las once de la noche y las dos de la madrugada pasaban por allí el empleado de editorial, el arquitecto, el cronista de sucesos que aspiraba a escribir para la sección de cultura, los pintores de la Academia de Brera, algunos escritores de nivel medio y estudiantes como yo.

    Se imponía un mínimo de excitación alcohólica y el viejo Pilades, sin eliminar las garrafas de vino blanco para los tranviarios y los clientes más aristocráticos, había reemplazado la casera y el cinzano por claretes DOC, para los intelectuales democráticos, y Johnny Walker para los revolucionarios. Podría escribir la historia política de aquellos años registrando las etapas y modalidades por las que poco a poco se pasó del etiqueta roja al Ballantine de doce años y finalmente al malta.

    Con la llegada del nuevo público, Pilades había conservado el viejo billar, donde pintores y tranviarios se desafiaban, pero también habían instalado un flipper. A mi la bola me duraba poquísimo, y al principio pensé que era por distracción, o por torpeza manual. Años después comprendí la verdad, viendo jugar a Lorenza Pellegrini. Al principio no había reparado en ella, pero la descubrí una noche siguiendo la mirada de Belbo. Belbo estaba en el bar como si estuviera de paso (lo frecuentaba al menos desde hacia diez años). Intervenía a menudo en las conversaciones, en la barra o en alguna mesa, pero casi siempre para soltar alguna gracia que enfriaba los entusiasmos, cualquiera que fuese el tema de conversación. También los dejaba helados con otra técnica, con una pregunta. Alguien estaba contando algo, encandilando a la compañía, y Belbo miraba al interlocutor con sus ojos glaucos, siempre un poco distraídos, sosteniendo el vaso a la altura de la cadera, como si hiciese mucho que había olvidado beber, y preguntaba: “¿Pero realmente sucedió así?” O bien: “¿Pero lo decía en serio?” No sé qué sucedía, pero todos empezaban a dudar del relato, incluido el narrador. Debía de ser su dejo piamontés que volvía interrogativas todas sus afirmaciones, y sarcásticas sus interrogaciones. Era piamontesa, en Belbo, esa manera de hablar sin mirar demasiado a los ojos del interlocutor, pero no como quien huye con la mirada.
    La mirada de Belbo no eludía el diálogo. Simplemente, desplazándose, clavándose de pronto en convergencias de paralelas en las que no habíamos reparado, en un punto impreciso del espacio, lograba hacernos sentir como si hasta entonces hubiésemos estado mirando torpemente el único punto que no venia al caso. Pero no era sólo la mirada. Con un gesto, con una sola interjección Belbo tenía el poder de desplazarte de lugar. Por ejemplo, tratabas de demostrar que Kant realmente había llevado a cabo la revolución copernicana de la filosofía moderna, y te jugabas todo en esa afirmación. Belbo, que estaba sentado enfrente, podía mirarse de pronto las manos o la rodilla o entrecerrar los párpados esbozando una sonrisa etrusca o quedarse unos segundos con la boca abierta y los ojos clavados en el cielo raso, y luego, con un leve balbuceo, decir: “También ese Kant…” O, si se proponía más abiertamente atentar contra todo el sistema del idealismo trascendental: “Pues, ¿Quería de verdad armar todo ese jaleo…?” Después te dirigía una mirada solicita, como si hubieras sido tú quien había roto el encanto, y no él, y te alentaba: “Pero, no se corte, prosiga usted. Porque, desde luego, ahí hay… ahí hay algo… El hombre tenía su ingenio.”

  2. Y:

    Pues bien. En el mundo están los cretinos, los imbéciles, los estúpidos y los locos.

    –¿Falta algo?

    –Sí. Nosotros dos, por ejemplo. O, al menos, no es por ofender, yo.

    En suma todo el mundo, si se mira bien, participa de alguna de esas categorías. Cada uno de nosotros de vez en cuando es un cretino, un imbécil, un estúpido o un loco. Digamos que la persona normal es la que combina razonablemente todos esos componentes o tipos ideales.

    –Idealtypen.

    –Bravo. ¿También sabe alemán?

    –Algo masco para las bibliografías.

    –En mi época, quienes sabían alemán ya no se licenciaban. Se pasaban el resto de su vida
    sabiendo alemán. Creo que hoy en día sucede lo mismo con el chino.

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