No digo que a la fuerza por no hacerme la víctima

Esto de Cayetana Álvarez de Toledo.

El otro día mis hijas se empeñaron en discutir conmigo. Les juro que no tenía el menor interés. Estaba tan cansado que solo quería seguir espatarrado viendo una película idiota (y ni siquiera debía ser lo suficientemente idiota, ya que no recuerdo cuál era). Pero no, se empeñaron, y me culparon de no prestarles atención y de que nunca hablábamos de ciertas cosas. Gruñí, dije que me dejaran en paz, que no me molestasen. Dio igual. Habían decidido que teníamos que hablar de feminismo.

Y se pusieron manos a la obra. Utilicé el viejo truco: no decir nada. Así que empezaron a hablar entre ellas. Su madre se unió. De vez en cuando añadían un “¿y tú qué piensas?”. Yo seguía gruñendo. Pensé: qué bien me vendría poder silenciarlas, como en tuiter. La putada es que la estrategia era cristalina. Fueron añadiendo argumentos, puntos de vista. Sabían que más tarde o temprano picaría. Yo también lo sabía, mientras gruñía.

Lo curioso es que sobre muchos asuntos he intentado no influirles en absoluto. No porque sea una persona ecuánime, sino porque sé que es inútil e incluso contraproducente. Así que, si pienso que determinada postura es la correcta, o me guardo de enunciarla con claridad (todo lo más expongo las bases de las que se deriva) o, de exponer algo, expongo sus matices y sus excepciones. Si uno está más o menos convencido de cierta posición, lo racional es dejar que los demás caigan en ella. Por otra parte, entiéndanlo, son mis hijas. Prefiero que piensen bien a que piensen lo que yo. Lo primero les será de mucha utilidad en la vida. Lo segundo solo podría servirles para sacarme algo de pasta.

El caso es que no hemos hablado demasiado sobre feminismo, pero las dos son bastante radicales. Radicales en el sentido que más me gusta: odian que las traten con condescendencia y están hartas de que los demás (incluidas algunas amigas) crean que por ser mujeres forman parte de una “especie” que necesita protección. Y me vi, entre gruñidos cada vez menos escasos, hablando del mundo real, de los techos de cristal, de las cifras, de la brecha salarial. De la situación de las mujeres en tantos países del mundo, en los que la desigualdad real es estrepitosa y criminal. Pero hablando también de otras explicaciones a las diferencias de ingresos, de la manía de excluir de la ecuación las decisiones libérrimas de los hombres y las mujeres, de los planes biológicos.

Estuvimos charlando un buen rato y los gruñidos eran cada vez más escasos. Al final, una de ellas me preguntó algo sobre cierta noticia de actualidad que no tenía nada que ver con el asunto de marras y ya me cabreé: ¡yo quería ver la película y me habéis jodido bien! Y le vi media sonrisa. Media sonrisa de las que dicen: vale, ya te dejamos en paz. Total, hemos vuelto a demostrar nuestro poder.

No escondo lo que siento: orgullo. Lo tienen jodido los que quieran mangonearlas.

ACTUALIZACIÓN: Y esto de Manuel Arias.

 

 

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