El show

 

Este artículo de Rubén Amón me interesa por el asunto que plantea, aunque su aproximación, la del articulista, incida más en lo formal (reverencial) que en lo sustancial. En todo caso, en él se denuncia un exceso planificado y esa es la parte más divertida. La zafiedad de los políticos de algunos partidos no es resultado de que no sepan comportarse de otro modo (algo que ignoro), sino de la necesidad de mantener una imagen concreta. Creen que si se comportan así sus votantes podrán seguir viviendo en la ficción de que los tipos a los que votaron son “gente”, de que los profesionales de Podemos, por ejemplo, son realmente ciudadanos corrientes transitoriamente dedicados al bien común. Es decir, no solo no se esfuerzan en razonar mejor y en comportarse de una forma más pulcra, o al menos aparentarlo, sino que, siguiendo un guión de telerrealidad, ofrecen a su público lo que creen que su público reclama. Saben que se les observa. Tampoco es nuevo. Los políticos no cuidan su imagen, sino que la venden. Todos los políticos. Esta es la razón, por ejemplo, de que en el PP lleven un tiempo buscando jóvenes.

Me encantaría que se equivocasen, que se pasasen de frenada. Sería estimulante que los españoles sancionasen estos teatros y pudiésemos decir “nos han tomado ustedes por imbéciles y no consentimos este insulto”. Porque, como es obvio, las ideas políticas medianamente articuladas no deberían estar peleadas con un comportamiento que destacase y que fuese ejemplarizante. En un mundo perfecto un dirigente político debería destacar entre sus conciudadanos. Ser más honrado, más capaz, más ejemplar. Y su comportamiento nos debería servir a los demás para mejorar, para expresarnos mejor, para discurrir mejor, para ser más generosos, más sutiles, para defender más a los débiles, para aumentar nuestras defensas contra el engaño y la demagogia. A veces sucede algo así y el timón lo maneja eso que llamamos un hombre de Estado. Hay naciones a las que les sucede esto más a menudo y dudo que sea por suerte (aunque la suerte influya). Yo no diré que lo formal es una condición indispensable, pero me resulta muy difícil imaginar a alguien que, al menos públicamente y en ciertos lugares destinados al rito civil, se dedique a ventosear, a soltar mamarrachadas y exabruptos, a perder su individualidad, repitiendo consignas, y a la vez termine convertido en una de esas personas que facilitan las cosas, convenciendo a la gente para que deje de mirar sus miasmas y piense a largo plazo.

El círculo vicioso o virtuoso es ese. Ocurre igual en las relaciones personales. Podemos escoger rodearnos de personas grises, que se adapten a nosotros, que no nos discutan ni nos planteen dificultades. O podemos optar por personas que nos las planteen, que discutan nuestros argumentos, que solo te den la razón si realmente las convences de que la tienes. Si premiamos a los que dicen lo que queremos escuchar, aunque no crean en ello, terminaremos alimentando a los que carecen de principios. Sé que esto no es blanco o negro, que está lleno de matices. Los intereses, el egoísmo razonable, el aspecto profesional, el mal menor, todo influye. Lo mismo sucede con la mentira: admitimos cierta cantidad de mentira en el político, por muchas razones, como la admitimos en la publicidad. Cierta cantidad, no el obsceno comportamiento del que se enorgullece de mentir grosera y constantemente sobre los asuntos más importantes.

Nuestros políticos son un reflejo aproximado de lo que queremos que sean. Tan es así, que se ha reprochado a algunos diputados de Podemos que vistieran chaqueta y corbata. A ese grado de inanidad hemos llegado. A pensar que nollevarchaqueta es un uniforme.

Solo una cuestión más: carece de sentido el activismo —eso que hacemos cuando queremos influir en las instituciones— en un lugar como el Congreso. En el Congreso se aprueban las leyes y habla la nación. No se convence al adversario político mostrando carteles de un preso. Esto demuestra la maskirovka. El activismo de Podemos en el Congreso es impostado, publicidad dirigida al votante, campaña permanente. Esto, en sí mismo, es un insulto a los demás diputados y a los ciudadanos que votaron a esos otros diputados. Ese comportamiento demuestra que del proceso democrático solo les interesan las elecciones y la toma del poder. Naturalmente, ellos no solo afirman exactamente lo contrario, sino que esa fue su consigna principal.

Las buenas maneras se justifican por su finalidad, no en sí mismas. Ese es el aspecto sustancial. Cuando se afirma que algunos piensan que la democracia solo es votar cada cuatro años, como crítica, a veces el que la formula olvida que se vota cada cuatro años para elegir a los que se ocuparán de la cosa pública durante esos cuatro años. Unas elecciones no son un casting. No deberían serlo, al menos.

 

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Un comentario en “El show

  1. Me ha encantado.

    Yo siempre digo que los políticos no son extraterrestres que nos invadieron en un platillo volante, sino fiel reflejo de lo que somos. Como usted dice, el asunto tiene muchos matices, pero lo que sí creo que es cierto es que en todos los partidos (y digo TODOS) ha funcionado y funciona la meritocracia, los líderes se rodean de palmeros que les susurran al oído lo que ellos quieren escuchar. Por eso tenemos lumbreras y nulidades muy a menudo, y no hace falta que diga nombres, porque seguro que a cualquiera que me lea le vienen a la cabeza algunos (y algunas) rápidamente. Gente que en el mercado laboral privado no pasaría de un puesto muy modesto, y en la política se están llenando los bolsillos a espuertas. incluso en organismos internacionales.

    Y lo ha clavado usted: “Cuando se afirma que algunos piensan que la democracia solo es votar cada cuatro años, como crítica, a veces el que la formula olvida que se vota cada cuatro años para elegir a los que se ocuparán de la cosa pública durante esos cuatro años”. Y todos los partidos (ahora) piensan en las futuras elecciones, y no en las futuras generaciones. Me ha encantado lo del casting.

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