Dramatis personae

 

A todos nos gustan las buenas historias. Una subespecie de las buenas historias son las historias con héroes “anónimos”. Hace poco me encontré con una. Para explicarme, sin embargo, esta vez voy a contar cómo fui descubriéndola (con todas sus ramificaciones). Así lo hago, porque la historia no necesita épica, pero algunos han cedido a la tentación de inventársela.

Todo comienza en un libro que leo sobre la invasión de Italia en la Segunda Guerra Mundial. En él se dedica un buen espacio al “pequeño Pearl Harbor”, el ataque aéreo alemán sobre Bari. La ciudad había sido conquistada tres meses antes por el ejército británico y su puerto se encontraba repleto de buques, sobre todo cargueros. Mal defendida, en una de esas coñas del destino, el mariscal Sir Arthur Coningham había afirmado cuatro días antes del ataque que consideraría una ofensa personal que la Luftwaffe intentase llevar a cabo una acción significativa en la zona.

El bombardeo fue de tal calibre que casi treinta mercantes terminaron hundidos y murió un millar de soldados. En cuanto a las bajas civiles, es imposible saber el número.

El ataque, además, es famoso porque uno de los buques hundidos fue el SS John Harvey, un mercante artillado de la clase Liberty.

Prácticamente nadie en Bari sabía cuál era la carga real de ese buque. Tan secreto era su contenido que llevaba cuatro días en el muelle, esperando a ser descargado; se había dado preferencia a otros buques que llevaban pertrechos médicos o munición. Lo terrible era que el buque sí llevaba munición: concretamente dos mil bombas M47A1 cargadas con gas mostaza. La explicación de la carga se encuentra en la información cada vez más alarmante recibida por Eisenhower y Churchill acerca del posible uso por los nazis de armas químicas, algunas supuestamente de nueva creación y más terroríficas. Las armas químicas no llegaron a utilizarse en la Segunda Guerra Mundial, pero todos los dirigentes de la época recordaban los estragos que habían causado en la primera (más de un millón de soldados heridos). Esa fue la razón de que los estadounidenses establecieran depósitos en el norte de África y de que hubiesen decidido trasladar las primeras bombas a Italia.

Como casi nadie conocía el contenido del barco, cuando explotó (matando a su capitán y a sus setenta y siete tripulantes) y expulsó su carga tóxica (al aire, en forma de gas, y al agua, en forma líquida), nadie tomó la más mínima precaución. Personas con heridas leves ingresaron en los hospitales improvisados y los médicos empezaron a comprobar cómo aparecían síntomas inexplicables: ojos llorosos, ceguera, baja presión sanguínea, ampollas en la piel, etc. Pronto empezaron a morir y los médicos sospecharon que eso que llamaban dermatitis no diagnosticada tenía que obedecer a alguna causa, y se empezó a extender el rumor de que quizás habían sido atacados con armas químicas o que ese “olor a ajo” que desprendían los barcos hundidos en el puerto quizás explicase lo que sucedía. Los altos mandos que conocían la verdad (apenas una decena) decidieron ocultarla y no informaron a los médicos. La razón, al parecer, era el miedo a la represalia nazi sobre Reino Unido si Hitler llegaba a saber que se estaban descargando esas armas, aunque, a los pocos días, Axis Sally ya estaba riéndose de los soldados aliados con frases como, “eh, chicos, por lo visto os han quemado con vuestra propia mostaza”.

Aquí aparece el Dr. Alexander. El 6 de diciembre de 1991 murió Stewart Francis Alexander, como consecuencia de un cáncer en la piel. Era cardiólogo e internista, pero también había sido teniente coronel y experto en guerra química. Fue enviado a Bari urgentemente para investigar lo sucedido. Pásmense: nadie le informó de que en el barco hundido había bombas con gas mostaza e incluso se le negó que fuera así. Dio igual: su conclusión fue la única que se correspondía con los hechos. La causa de la extraña enfermedad era la exposición a la “mostaza sulfurada” y llegó a localizar el foco de la contaminación: el barco hundido. Allí se encontró con fragmentos de las bombas. Rápidamente se aplicaron medidas sencillas que podían haber evitado la mayoría de las muertes de haberse adoptado antes. Quitarse la ropa empapada con la sustancia, lavarse, etc. Murieron 83 de los 623 militares hospitalizados. El médico escribió un memorándum, aprobado por Eisenhower y rápidamente clasificado. Churchill ordenó que se suprimiera toda referencia al gas. Hasta décadas después no se supo la verdad. Hubo que esperar a los ochenta del siglo pasado para que el gobierno británico reconociera los hechos y concediese a los veteranos las pensiones que les correspondían.

El Dr. Alexander me intrigaba porque, en numerosas páginas (y en el propio libro citado al principio), se hacía referencia al hecho de que las biopsias y análisis realizados como consecuencia de la exposición al gas mostaza le habían llevado a la conclusión de que el gas tenía un efecto citotóxico en los glóbulos blancos y que ese trabajo era el origen de la quimioterapia como tratamiento contra el cáncer (concretamente del uso de la mecloretamina en varios tipos de tumores como en el linfoma de Hodgkin).

Es decir, que el SS John Harvey había salvado a millones de personas, como titula enfáticamente este blog.

Al investigar al Dr. Alexander me encontré con otra historia curiosa: la de Nick Sparck. Este escritor y director de documentales había logrado, en 1988, con solo 18 años, un premio nacional otorgado por la National History Day gracias a un trabajo de investigación precisamente sobre el bombardeo de Bari y el papel del Dr. Alexander. Como consecuencia de dicho trabajo, el Dr. Alexander fue homenajeado, cuarenta años tarde, por el ejército norteamericano.

1

Léanlo. Es estupendo.

Sin embargo, seguía pendiente la cuestión del papel del bombardeo de Bari y la contaminación por gas mostaza en el origen de la quimioterapia.

Y —ya se lo imaginan— aparecen dos nuevos personajes en la historia. Uno es Alfred Gilman sr (junior, su hijo, es más famoso que su padre, ya que ganó el premio Nobel) y el otro es Louis S. Goodman. Ambos eran farmacólogos, de Yale, y autores, al parecer, de un manual sobre farmacología que recibió en su momento el apoco de “biblia” de la disciplina. Imagino que habrá quitado el sueño a más de un estudiante.

Efectivamente, ambos realizaron investigaciones secretas por encargo del gobierno norteamericano, pero al leer sobre sus trabajos, la hermosa historia sobre el no hay mal que por bien no venga empezó a hacer aguas. Pero, ah, la historia auténtica es también muy interesante.

Digo que hace aguas porque el encargo a los dos prestigiosos médicos es de 1942 (el ataque a Bari se produjo a finales de 1943), y los estudios, primero en animales, y luego en un paciente humano son de ese mismo año. Como se trataba de una investigación secreta, los autores (que no publicaron un estudio hasta 1946) usaban el término “X” para hablar de los componentes del gas mostaza que estaban estudiando.

Y la inspiración de los farmacólogos no se encontraba en un ataque que no se había producido aún, ni en un memorándum todavía no escrito, sino en el trabajo de un matrimonio —¡más personajes!—, el doctor Edward Krumbhaar y su esposa, Helen, realizado en 1919, precisamente ¡sobre el efecto del gas mostaza en veteranos de la Primera Guerra Mundial! Cito dos párrafos de esta estupenda entrada de un médico colombiano:

Pero el hallazgo que ofrece mayores paradojas tiene que ver con la quimioterapia contra el cáncer. La noche del 12 de julio de 1917 cientos de obuses marcados con cruces de color amarillo cayeron sobre el ejército británico que se encontraba ubicado en la ciudad belga de Ypres. Se trataba del conocido gas mostaza. A causa del gas esa noche murieron o resultaron heridos cerca de 2.000 soldados de una manera terrible. Pero solo hasta 1919 Edward y Helen Krumbhaar, estudiaron a los sobrevivientes y encontraron que sus glóbulos blancos estaban muy bajos, las células normales se habían secado, estaban anémicos y necesitaban transfusiones una vez al mes. El gas había barrido solo algunas poblaciones específicas de células de la médula ósea.

Si no hubiera muerto cuatro años antes, el macabro hallazgo de los Krumbhaar habría emocionado profundamente a Ehrlich quien llevaba años buscando una nueva “bala mágica”, diferente al salvarsán, que atacara específicamente algunas células malignas de la sangre, respetando a las benignas. No obstante, tuvo que ocurrir un “incidente” en Bari, durante la Segunda Guerra Mundial, para que se iniciara una mayor investigación acerca de los efectos del gas mostaza. Goodman y Gilman se preguntaron años después sobre el efecto Krumbhaar, o la especificidad del gas para diezmar específicamente a los glóbulos blancos: ¿Podría ese efecto o algún primo etiolado explotarse en un entorno controlado, un hospital, con dosis minúsculas y monitorizadas para hacer diana contra los glóbulos blancos malignos?

Aún nos queda un personaje más. Como habrán visto, si han seguido los enlaces, el primer paciente tratado con quimioterapia, en 1942, era un tal JD.

Se ignoraba todo acerca del misterioso paciente. No se conocía su nombre, su fecha de nacimiento, el número de su historia clínica o las fechas en las que había sido tratado. Sin embargo, en 2010, dos médicos de Yale dieron con su historial, que se había traspapelado. JD había padecido un linfosarcoma. Tratado primero con radioterapia, aceptó cometerse a un tratamiento experimental que, al principio, fue exitoso, pero que no impidió su muerte, un año y un día antes del ataque a Bari.

Los autores de la investigación la presentaron en 2011 con ocasión del bicentenario de Yale.

 

 

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Un comentario en “Dramatis personae

  1. Voy, exactamente, por la página 343. Estoy en el desembarco de Salerno. Pero no me importa saber que me espera algo bueno unas páginas más adelante. He leído la trilogía de Atkinson de una forma un tanto ácrata: empecé por Normandía, seguí por el norte de África y ahora termino con Italia. Y, de acuerdo contigo, son unos libros excelentes. Llenos de historia y de buena escritura. Aunque la traducción (“cuerpo de señaleros”, dicen…¡!) es mejorable en términos militares. Y es que desde que no se hace la mili, mucha gente ignora (incluidos muchos traductores) que el platoon americano es la sección española y no el pelotón, que un major es un comandante y no un mayor o que un first lieutenant no es un primer teniente, sino un alférez. Cosas…

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