¿Crees eso? ¿En serio?

 

Nos cuesta darnos cuenta de que alguien que nos cae bien ha perdido el rumbo. Puede caernos alguien bien aunque no compartamos sus opiniones, eh. Siempre he pensado que en esto de los afectos lo insalvable es más la manera de articular esas opiniones que su contenido. ¿Usted también conoce a un gilipollas que piensa casi exactamente igual que usted, verdad? A eso me refiero.

El caso es que un día descubres que esa persona que te cae simpática empieza a dejar caer cosas raras. Las justificas porque son pocas o porque siempre ha sido un poco trol, pero luego se hacen más frecuentes. Las madres siempre nos indican el camino, así que empiezas a sospechar de las malas compañías. Y lo ves con gente que no conoces o de la que te burlabas. Ves que enlaza a ese trolero, a aquel extremista, a ese otro chiflado. Ciertos asuntos empiezan a convertirse en recurrentes y, dentro de esos asuntos, consignas y tics que demuestran que empieza a asumir un discurso que aborreces. A veces, si preguntas (con cuidado, que es colega), te tranquilizas porque te contesta que sí, que sabe que ese tipo es un extremista, que aquel está como un cencerro y que eso que ha enlazado o retuiteado es una exageración o una trola. Pero luego insiste, y empiezas a sospechar que sus excusas son falsas. Que no le parece tan extremista, quizás solo políticamente incorrecto; ni tan chiflado, quizás solo apasionado; ni tan embustero: “todos manipulan, pero este al menos no miente en lo esencial”.

Un día descubres que tu colega no se dedica a epatar al personal, sino que realmente piensa así y se alimenta de basura, que engulle con satisfacción. Ya no reconoces en él a ese tipo que te caía bien, aunque dijese a veces alguna burrada.

Si el día que haces ese descubrimiento te preguntas si tu colega piensa de ti exactamente lo mismo que puede usted leer en los párrafos anteriores, estimado lector, cambiando algún matiz sin importancia, estarás a salvo. Él quizás ya no. Cuando hagas este descubrimiento es probable que lleve tiempo viéndote como una rémora, si no como un enemigo.

El mal prospera así. Llenándonos de certezas.

 

La libertad es la primera de mis pasiones

 

Las palabras reptilianas de Tocqueville que luego transcribo despiden un aroma de sinceridad. Por su incorrección insalvable, y por esa tensión entre la biografía y la inteligencia. Si hubiese hablado de otra aristocracia, serían excelentes. Pero no, Tocqueville, preso, como todos, de sus contradicciones, atribuye la razón y la individualidad a una clase social, y olvida las raíces materiales del odio y de la injusticia. Mi padre era camionero. Mi madre, ama de casa. Mis abuelos, pobres como ratas.

En todo caso, siempre nos dicen que el primer paso para curarse es diagnosticar la enfermedad.

(La traducción es mía; perdonen si hay alguna incorrección).

J’ai pour les institutions démocratiques un goût de tête, mais je suis aristocratique par l’instinct, c’est-à-dire que je méprise et crains la foule. J’aime avec passion la liberté, la légalité, le respect des droits, mais non la démocratie. Voilà le fond de mon âme. Je hais la démagogie, l’action désordonnée des masses, leur intervention violente et mal éclairée dans les affaires, les passions envieuses des basses classes, les tendances irréligieuses. Voilà le fond de l’âme. 

Je ne suis ni du parti révolutionnaire, ni du parti conservateur. Mais, cependant et après tout, je tiens plus au second qu’au premier. Car je diffère du second plutôt par les moyens que par la fin, tandis que je diffère, du premier tout à la fois par les moyens et la fin.

La liberté est la première de mes passions. Voilà ce qui est vrai.

“Mon instinct, mes opinions” (OC, t. III, 2, p. 87)

Por la razón aprecio las instituciones democráticas, pero soy aristocrático por instinto; es decir, menosprecio y temo a la turba. Amo con pasión la libertad, la legalidad, el respeto a los derechos, pero no la democracia. Ese es el fondo de mi alma. Odio la demagogia, la acción desordenada de las masas, cómo prorrumpen sombríamente en los asuntos, las envidiosas pasiones de las clases bajas, sus tendencias irreligiosas. Ese es el fondo de mi alma.

No soy de los revolucionarios o de los conservadores. Pero, sin embargo y finalmente, me inclino más hacia los segundos que hacia los primeros, pues difiero de los medios de los segundos, pero lo hago de los medios y los fines de los primeros.

La libertad es la primera de mis pasiones. Esto sí que es cierto.