¡Inconcebible!

 

Queridos amigos, el próximo otoño saldrá a la venta un libro de Tsevan Rabtan, editado por Planeta (tranquilos, no me he convertido en uno de esos futbolistas que hablan en tercera persona).

Explicaré con detalle más cosas cuando se acerque la fecha, pero como ya hay bastantes personas que lo saben, he pensado que era hora de decirlo en este blog. Me ilusiona mucho que alguien haya creído que las historias que cuento merecen la pena hasta el punto de invertir su dinero en ellas.

Algunas personas leen este blog (y antes Rumbo a los mares del sur) desde hace muchos años. Toda la vida he sido un lector. Si escribo es por vanidad, y por la pulsión de soltar eso que se me ocurre o que me acaba de llamar la atención, pero supongo que si no hubiera sabido que alguien me leía habría desistido hace mucho.

Gracias por hacerme caso.

 

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El saber no ocupa lugar

 

Ígor Yevguénievich Tamm, ganador del Nobel de Física en 1958, tenía poco más de veinte años durante la Guerra Civil Rusa. En los años 1921 y 1922 era profesor en Odesa, en una época de guerra, hambre y privaciones. Ya sabemos qué pasa en esas épocas: los de la ciudad van al campo, a ver si encuentran algo para comer. Y eso hizo. En un pueblo cerca de Odesa intentó comprar algunas gallinas a cambio de unas cucharas de plata, cuando aparecieron hombres de Nestor Majnó, el más famoso de los atamanes negros y empezaron a buscar traidores. La historia de la guerra civil en Ucrania es muy confusa: baste con saber que, en ese momento, para los anarquistas los bolcheviques eran los traidores. Al encontrar a Tamm, vestido con sus ropas de ciudad y con pinta de intelectual, fue rápidamente llevado ante el comandante de las fuerzas invasoras, un tipo con el aspecto que pueden imaginar, ya que se ajusta perfectamente a nuestros prejuicios: barbudo, cubierto con un gorro de piel, con granadas al cinto y cartucheras de ametralladora cruzando su pecho.

La conversación la narra George Gamow en su libro My world line; an informal autobiography:

— ¡Tú, hijo de puta, agitador comunista, el castigo para los que se dedican a minar a nuestra madre Ucrania es la muerte!

— No, no, solo soy un profesor de la Universidad de Odesa que busca un poco de comida.

— ¡Basura! ¿Profesor de qué?

— De matemáticas.

— ¿Matemáticas? ¡Estupendo! Estímame el error al truncar una serie de Maclaurin en el n-ésimo término. ¡Falla y te pegaremos un tiro!

Sabemos que Tamm resolvió el problema, ya que vivió para llegar a ser Premio Nobel. Nunca supo quién le hizo su más feroz examen de matemáticas.

 

NOTA: Así lo cuenta Gamow:

Once arrived in a neighboring village, at the period when Odessa was occupied by the Reds, and was negotiating with a villager as to how many chickens he could get for a half-dozen silver spoons, when the village was seized by one of the Makhno bands, who were roaming the country harassing the Reds. Seeing his clothes (or what was left of them), the insurgents brought him to the Ataman, a bearded fellow in a tall black fur hat with machine-gun cartridge ribbons crossed on his broad chest and a couple of hand grenades in his belt.

“You son-of-a-bitch, you Communist agitator, undermining our mother Ukraine! The punishment is death.”

“But no,” answered Tamm. “I am a professor at the University of Odessa and have come here only to get some food.”

“Rubbish!” retorted the leader. “What kind of professor are you?”

“I teach mathematics.”

“Mathematics?” said the Ataman. “All right! Then give me an estimate of the error one makes by cutting of Maclaurin’s series at the n’th term. Fail, and you will be shot!”

Tamm could not believe his ears… . With a shaking hand, and under the muzzle of the gun, he managed to work out the solution and handed it to the Ataman.

“Correct!” said the Ataman. “Now I see that you really are a professor. Go home!”

 

Argumentos refinados

 

Les voy a resumir esta columna perpetrada por Girauta: dijo una parida en tuiter (una más), se lo echaron en cara, y ha decidido explicarnos lo enormemente mierdas y caducas que son las que discuten con él, con el Gran Legislador. Como ven, un argumento acojonante.

Va a ser cosa de esa “G” del apellido sonoro, la maldición que afecta a los segundos de a bordo.

Solo una cosa más: ¿la riada de la sociedad líquida? ¿En serio? Por favor.