¿Tus padres, qué tal?

 

Soy la hostia. Y no sé si para bien o para mal. Siempre estoy en babia y la vida personal de los que me rodean es terra incognita. A veces, cuando caigo en ello, me obligo a interesarme. Otras veces son los demás los que deciden convertirme en confidente, y me parece bien, no porque mis consejos sean especialmente útiles, que no lo sé, sino porque es difícil que sea indiscreto. Esto también requiere una explicación, porque no es virtud. Pasa que si no me intereso por la vida de unos es poco probable que comparta esa poca información que obtengo con otros: tampoco me interesa la vida de esos otros. Más aún, es probable que los detalles que me parecen insustanciales (y son tantos) se me terminen olvidando, salvo que los conozca por motivos profesionales y los deba encajar en un relato. Así sucede, que tengo amigos de hace muchos años, personas que me caen muy bien, de los que ignoro casi todo lo que incluiría alguien en una biografía: lugar de nacimiento, estudios, número de hermanos, condición sexual, equipo preferido, estado civil, si tienen hijos o padres o mascotas. Yo qué sé. A veces, hasta el nombre. Sí retengo aspectos secundarios, como sus opiniones políticas, si son ordenados discutiendo, si les gustan los relojes mecánicos o lo que piensan de Dersu Uzala. Me interesan las personas, pero no sus circunstancias. Ya sé que suena muy raro.

Esto es así casi siempre. Con los años me he ido volviendo un poco más “cotilla”, pero es una habilidad para la que no estoy dotado. Por esa razón, tampoco capto las señales. Un día descubro que es posible que alguien se haya enfadado conmigo (y suelo tardar mucho) y me pregunto por qué. Luego, tiempo después, me entero de lo que todo el mundo sabe: esa persona tiene una novia y quizás no fui muy amable con ella. Tal es mi torpeza en estos asuntos que hace poco hice algo totalmente inusual: envié un correo a alguien que me cae muy bien, en quien notaba cierta tirantez, para preguntarle si estaba molesto conmigo por algo. Es una novedad, un avance. Mi yo de siempre habría pasado totalmente del asunto y es mala cosa. Mi mujer se ríe mucho con estas taras: a la media hora de conocer a alguien a quien yo conozco hace años sabe mucho más de su vida de lo que yo habría sabido nunca por mí mismo.

Hoy, mientras venía de visitar a un preso, andaba pensando en las musarañas y he tenido un satori. Reacciones a las que no había prestado atención han encajado. He hecho unas comprobaciones y creo haber descubierto que soy como la mujer de Good bye Lenin. He estado un año en coma. Nadie me ha contado que el comunismo se ha ido a la mierda. Y lo sabe mucha gente.

Los que me lo han ocultado son un poco cabrones, pero, por otro lado, no sé si darles las gracias.  Y, total, no me importará mucho si he tardado un año en darme cuenta.

En fin, que soy la hostia.