Cajones

 

El problema de mezclar la ideología con ciertos males es que, si el diagnóstico y la solución prescrita no funcionan, es posible que los demás denuncien la ideología completamente. A veces, de forma injusta y apresurada. También por eso se encastillan los creyentes y, si se convierten, defienden la nueva fe con más fuerza que nadie. Si la realidad no se ajusta, ajustan la realidad a la vieja o a la nueva fe.

La ventaja de una aproximación a los problemas sin prejuicios ideológicos es, por esto, indiscutible. Es cierto que a veces esa ausencia es falsa, mera apariencia. O, seamos generosos, que el aparato ideológico exista e influya, y no nos demos cuenta. No obstante, siempre es mejor esto que lo contrario. Al menos revela pudor e introduce una salida para el orgullo, ese vicio tan humano. Si dices que estás dispuesto a revisar tus postulados si no se ajustan a los datos, aunque no te lo creas del todo, puede que, llegado el momento, des un paso atrás: la retirada es digna. Sin embargo, si crees en un dogma, en un aparato productor de explicaciones, quemas los puentes.

Algo más: esos aparatos no solo producen explicaciones a las que la realidad debe ajustarse. Producen algo más sutil y por eso más dañino. El aparato ideológico se convierte en parte de la realidad. Introduce en ella discursos que se independizan. Es algo que recuerda a la marxista superestructura ideológica. El propio marxismo lo es, irónicamente, de manera destacada. Nuestros análisis están infectados de productos exitosos, no por su utilidad, sino por su sonoridad y sencillez. Su poder deletéreo estriba a veces en el espacio que ocupan. Son como los medicamentos homeopáticos, que no dañan directamente, pero impiden al enfermo ocuparse realmente de su salud.

Pondré un ejemplo de lo anterior: cada vez más a menudo encuentro en las denuncias por violencia doméstica un lenguaje ideologizado. No pretendo decir que ese lenguaje tenga un origen único; no sé si proviene de los medios de comunicación, los abogados, las asociaciones de apoyo a mujeres maltratadas o de todos ellos. Incluso del propio Estado. Con esto último me refiero, por ejemplo, a la creación de formularios para los cuerpos policiales, a los que se les pide que formulen ciertas preguntas, en un orden concreto. Es sabido que las preguntas determinan en gran medida las respuestas.

Vean preguntas extraídas de una denuncia real. Las hacen agentes de policía:

Lo interesante es que las denuncias, muchas veces, ya no cuentan en lenguaje llano lo que pasa. No cuentan los hechos. No nos dicen que el día tal pasó tal cosa concreta. O no solo al menos. No, se añaden síntomas y conclusiones, propios de peritos o de académicos. La espontaneidad desaparece y se sustituye por construcciones predeterminadas. Justo las que se adaptan a determinadas explicaciones.

Ya no son los peritos, los abogados, los fiscales y los jueces los que hacen el trabajo de subsumir pedazos de realidad en las normas o en las categorías académicas. Denunciantes y denunciados que son incapaces de producir un mínimo discurso complejo utilizan categorías creadas (en el mejor de los casos) para describir de forma abstracta lo que les pasa en concreto. No entienden las preguntas, pero compran el lenguaje. ¿Saben qué respondió a la primera de las preguntas la denunciante? Que una vez su marido le pegó un golpe a un armario y ella sintió miedo.

Los hechos se difuminan desde el primer momento, si no se falsean. Lo interesante sería saber qué pasa en cada caso concreto, no encajar lo que sucede en cómodos cajones. Es lo interesante por tres razones: para dar a cada uno lo suyo, para intentar encontrar categorías que sean útiles de verdad y para prevenir.

Hoy todo el mundo ha estado alguna vez deprimido, ha visto un marco incomparable, ha cargado las pilas, se ha encontrado a sí mismo, vive la vida, es demócrata y apasionado. Gastamos banalidades como si fueran píldoras de colores con principios desconocidos avalados por sabios. Compramos estas explicaciones como antes compramos otras, sin tener ni idea de su significado.

Es menos cansado, más cómodo, más satisfactorio. Cuando se trata de vender un viaje a un paraíso exótico, no importa mucho. Cuando se trata del mal, de la violencia, del asesinato y de la libertad es peligrosamente estúpido.

Las categorías, además, funcionan como monedas en una máquina expendedora. Un hombre es condenado en conformidad. Es decir, asume hechos. No pueden tratarse de hechos demasiado graves, porque el Estado no castiga hechos graves con una pena de tres meses. Yo he estado ahí. No sabes quién dice la verdad, puede que el tipo mienta y sea un auténtico hijo de puta. O que mienta y no sea un auténtico hijo de puta. Pero creímos que la pena exigía prueba y que, puestos a escoger por un estado básico, teníamos que escoger el de presumir la inocencia de todo el mundo. En un mundo perfecto, esto te protegería (a ti y a todos los ciudadanos, pues ese saldo es el que importa), pero en el mundo real, el de las categorías, todos los actores tienen miedo. En el mundo real basta muy poco para que se invierta la presunción. Muchas veces la simple declaración de quien denuncia. En el mundo real, hacemos tratos en casos de violencia doméstica que no haríamos si el hecho fuese un robo o una estafa. En el mundo real uno dice: aléjate de ella para siempre; si es verdad lo que denuncia, para que no se repita; si es mentira, para que no se repita la denuncia. En el mundo real, la gente repite el error y da una oportunidad a quien no la merece. En el mundo real, vuelves a vivir con ese que te maltrata y anula, y tienes hijos con él.  O en el mundo real, vuelves a vivir con esa que te denunció contando algo sobre un marco incomparable y tienes hijos con ella. O en el mundo real, dos que se han hecho daño vuelven a vivir juntos y tienen hijos. En el mundo real, el fantasma de las navidades pasadas vuelve acompañado por los justos. Aquel pacto, producto de tres minutos de conversación en el pasillo de un juzgado, vuelve, pero esta vez vivías en Gran Hermano y todo el mundo te señala con el dedo y te expulsa de la casa. La moneda ha entrado en la máquina y devuelve una categoría: maltratador. Una categoría que sirve para definir al que da un empujón y al que echa ácido en la cara. A un maltratador hay que quitarle todo, incluso los hijos que nacieron después del maltrato.

Un tipo con la etiqueta de maltratador no puede ser padre; da igual que lo sea por decisión voluntaria de su víctima, tomada después de contarle al mundo que lo era.

A la vez, en la mente de muchos, las falsas categorías se ven sustituidas por otras prístinas, sencillas y manejables. Han visto la luz. Son apasionados y sinceros, amigos de sus amigos y también viven la vida. Tampoco necesitan la complejidad. Estos creen que les estoy dando argumentos y enlazarán esta entrada mientras llaman feminazi a alguien.

 

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2 comentarios en “Cajones

  1. Se indagan los hechos con preguntas-semáforo, en lugar de preguntas-rotonda. Con la legislación pasa lo mismo: cada vez más se intenta ordenar el caótico tráfico civil con leyes-semáforo, estrechas, uniformadoras, ideologizadas, inútiles. La rotonda es una metáfora de la libertad (y del bello riesgo).

  2. Yo también he estado ahí. Exacto y lamentable.
    Confiemos en la justicia, que a día de hoy, ya está conteniendo la marea de ‘los justos’.

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