Mataviejas

 

Mataviejas fue nuestro segundo cliente. Lo conocimos en medio de la mudanza, nada más abrir el despacho. No teníamos aún oficina ni un lugar en el que recibir, así que imprimimos el presupuesto y se lo llevamos a su casa. Vivía en el barrio de Salamanca, en un edificio algo destartalado, en un piso de la madre. Ella vivía con Mataviejas. Supusimos pronto que había sido madre soltera, por retales de información que fuimos recolectando. La vivienda era vieja, los muebles eran viejos y olía a viejo. Mataviejas era bastante joven, pero parecía viejo. Fofo, con apenas unos mechones rubios pegados a su calva, y lampiño, sonreía permanentemente, hasta cuando simulaba enfadarse. Su aspecto era dulzón y siempre vestía un jersey fino con rombos. Mataviejas daba la mano lacia y su tono de voz era chillón y desagradable, como de tubo de órgano desafinado.

Éramos muy baratos y nos contrató. Al principio para una cuestión sencilla, pero pronto todo se complicó. Mataviejas y su madre se dedicaban a cuidar ancianos y dos de ellos, hermanos, les habían dejado pisos en su testamento. Uno murió poco después, en su casa, y los sobrinos del difunto, al descubrir el legado y, con él, el testamento del que todavía vivía, presentaron una denuncia. La primera acusación fue de asesinato. El muerto tenía un golpe en la cabeza. Esa fue mi primera declaración como abogado. Eran otros tiempos, menos serios. Mataviejas no declaró en sala ni en el despacho del juez, sino en la secretaría del juzgado. Sudaba intranquilo. Llevaba una especie de mariconera y, cuando el oficial le pidió el DNI, mientras esperábamos al juez, la abrió y rebuscó nervioso. En su afán por encontrar el documento, al remover el contenido del bolso empezó a asomar un trozo de tela, una especie de pañuelo, con manchas oscuras como de líquido pegajoso parecido a sangre seca. Nada más verlo, pensé que no podíamos empezar con peor pie, así que comencé a distraer al oficial, intentando evitar que se diese cuenta.

Ese día Mataviejas se convirtió en Mataviejas. Éramos muy jóvenes, muy poco respetuosos y el asunto nos venía grande. Tuvimos suerte. Los forenses no encontraron indicios de muerte violenta y se archivó. También parecía que la impugnación del testamento del fallecido iba por buen camino, hasta que, tras revocar el suyo, el hermano vivo, asesorado por los sobrinos, presentó una querella por estafa. La suerte se acabó. Fue una gran pelea, pero era muy difícil explicar cómo madre e hijo se habían ganado el agradecimiento de ambos hermanos en tan poco tiempo, de no ser por ardides, y no ayudó mucho que los testamentos se hubiesen completado con un par de poderes de ruina.

Mataviejas terminó en prisión. Su madre se salvó por su avanzada edad, por su bondadoso aspecto y por la asunción que hizo el hijo de todo lo sucedido. Nosotros siempre sospechamos, sin embargo, que ella era a la vez el cerebro y el arma ejecutora. Quién mejor que una versión femenina de Papá Noel para convencer a ancianos medio abandonados por sus familiares.

Mataviejas se portó muy bien en prisión y no tardó mucho en salir. Al parecer hizo allí bastantes amigos.

En cuanto a su madre, recibió con aplomo y deportividad la condena de su hijo; solo quizás durante un instante sus bondadosos ojos azules me parecieron de metal.