¿Tse, Tse, qué he hecho yo para que me trates con tan poco respeto?

 

Tras la inconcebible noticia y la primera fotografía del recién nacido, es buen momento para desvelar el nombre del padrino.

Esperemos que la criatura merezca tan noble acristianamiento.

El alimento de la turba

 

El proceso secesionista se fundamenta, todo él, en una gigantesca mentira. Es esto tan obvio que no voy a perder un segundo en demostrarlo. Quien no esté de acuerdo puede ahorrarse todo lo que viene a continuación.

Pero hay otra mentira, especialmente dañina, que ha sido alimentada y que tiene una fuerza enorme, ya que se ajusta perfectamente a los sesgos de muchas personas.

Para explicar cuál es, les expongo cuál es mi postura (en este momento) sobre la cuestión catalana. Yo creo que no hay que cambiar la Constitución. Estoy en contra, en particular, de una reforma que permita un procedimiento de secesión. Estoy en contra de que se apruebe un procedimiento que permita un referéndum nacional o uno restringido a una comunidad autónoma con el fin de someter la posibilidad de una secesión a todos los ciudadanos españoles o a una parte. En cuanto a las competencias del Estado y de las comunidades autónomas, siendo como es esta cuestión tan compleja y pudiéndose referir a materias tan diversas me pronunciaría en cada caso, no prejuzgando ninguna posibilidad: es decir que las comunidades autónomas reciban más competencias o que alguna de las cedidas sea recuperada por el Estado o cedida a la Unión Europea. Mi proyecto a largo plazo (lástima que no pueda ser a corto) pasa por la creación de un Estado europeo que reciba tal nombre y perder mi nacionalidad española sustituyéndola por otra europea.

Mi posición no solo es legítima, sino que es legal. Es decir, se ajusta a la ley vigente. Por decirlo de otra forma: nadie me puede reprochar que defienda el mantenimiento del edificio constitucional tal y como existe, porque fue producto de decisiones legales, constitucionales y democráticas. Como es obvio, se puede defender la necesidad de un cambio constitucional como posición política, pero el que lo haga no puede imponerme su posición política mientras no obtenga las mayorías legales y mientras no se cumplan escrupulosamente todos los procedimientos legales para el cambio de la ley y la Constitución.

Sin embargo, se ha ido trasladando la idea de que una posición como la mía es inmovilista. Es decir, que es problemática. Aparentemente lo es porque muchas personas de una región española quieren cambiar la ley. Por lo visto, no es legítimo (cuando se usa el término “inmovilista” no se hace por capricho) simplemente oponerse a los deseos de otro. Si otros (sin tener las mayorías para ello) desean un cambio de la ley, la mayoría ha de ceder de alguna forma.

Esa postura es la que se expone tan habitualmente con la frase: ¿habrá que hacer algo, no? Por lo visto no es legítimo decir simplemente no. Yo, ciudadano cumplidor de la ley, no puede mantener una opción política que pase por que no se cambie la Constitución en un determinado sentido.

Esa idea de que hay dos extremos, los que quieren saltarse la ley y los “inmovilistas” que no ofrecen nada, es moral e intelectualmente asquerosa. Pringa. Los que quieren saltarse la ley, los que se constituyen en turba soberana, no tienen nada que ver conmigo. Yo acepto las leyes. También las que no me gustan. Y les aseguro que hay muchas leyes que no me gustan nada.

Esa idea tiene padres y defensores. Mucha gente lleva haciendo análisis políticos desde hace muchos años que se basan en la tesis de que es preciso ofrecer algo a los que no son mayoría para evitar que la cosa “pase a mayores”. Se basa en la tesis de que hay algo malo, inmoral o peligroso en posiciones como la mía, a pesar de que yo sí respeto la ley. Esa tesis, la que habla del “problema político”, lleva años excluyendo lo principal: la rotunda e inequívoca denuncia del golpismo.

Ya sé que muchas de las personas que lean esto se van a cabrear, pero qué le vamos a hacer. Estoy hasta las gónadas de medias verdades. Si desde el primer día hubieran afirmado que es ilegítimo cualquier camino hacia la secesión que no pase por una reforma constitucional, si hubieran denunciado el golpe en ciernes (he leído muchas bromas sobre esto, porque llevo años diciendo lo mismo, aunque, oh mundo, ahora se ha extendido el término) y hubieran admitido que una postura como la mía es totalmente legítima y legal, sin haberla demonizado, podría admitir matices. Pero esto no ha pasado. Porque esas personas también tienen sus agendas, y el ruido secesionista era favorable a esas agendas. Han jugado desde hace años con la solución intermedia entre el golpe de Estado y lo que llamaban inmovilismo. Para que los “inmovilistas” como yo tuviéramos que ceder y que pensar que a lo mejor había que tragar con cosas con las que no queríamos tragar, hacía falta el fondo sordo del miedo a la confrontación civil. No estoy hablando de juego político. Esa es la gran mentira. No hay equivalencias. Un científico no debe discutir con un creacionista sobre evolución. No debe otorgarle el nivel que sus posiciones intelectuales (más bien su ausencia) no le dan. Sin embargo, los que hablan del problema político mientras nos señalan nos han colocado en un extremo de una línea falsa. No hay una línea entre mi posición y la de un golpista. El golpista está fuera de la línea porque ha decidido situarse fuera de la ley y la democracia.

En realidad, en el otro extremo de la línea están los que quieren cambiar el sistema legalmente. El problema es que muchos de ellos han usado a los golpistas para obtener músculo.

Ahora, cuando las cosas se ponen negras, muchos de los que llevan años llamándome inmovilista, se acojonan y gritan contra los que se están saltando la ley. Los creo sinceros; a la mayoría, al menos. Pero también son responsables. Cada vez que me etiquetaban para hacerme más débil; cada vez que me convertían en extremista; cada vez que representaban el papel de moderados dialogantes y “entendían” a los que habían anunciado que se iban a saltar la ley, los blanqueaban.

No espero que lo admitan y rectifiquen. De hecho, cuando, algunos de ellos, hace unos días, escribieron un manifiesto, se cuidaron de explicar que están contra Rajoy, que no los confundan. Y de hecho, todavía hoy, con los golpistas en la calle y en las instituciones catalanas, siguen diciendo, sí, hay que cumplir la ley, pero habrá que hacer algo más ¿no? Como si no fuera legítimo decir solo: hay que cumplir la ley, que lo otro depende de si convences a suficiente gente o no.

Por eso no quiero escribir ninguna cara B, como si hubiera un debate posible entre los que aceptamos cumplir la ley democrática y los que se la saltan. Soy una persona civilizada. No me avergüenzo de tener una posición propia. Cumplo con la ley e intento no dañar a nadie innecesaria e injustamente. No deseo el mal. Me alegraría muchísimo si todos los que están incumpliendo la ley rectificasen, minimizando el daño que nos causan y que se causan.

Tampoco quiero que me pidan perdón los que llevan años llamándome fascista o intransigente. Me bastaría con que lean esto y entiendan lo que digo, aunque una vez más sucumbo a mi habitual pesimismo. Seguro que habrá quien me diga, tras leer todo lo anterior: tienes razón, cúmplase la ley, pero ¿habrá que hacer algo más, no?

 

 

Y si …

 

Traigo esto de aquí …:

He contado muchas veces mi relación especial (que diría un inglés refiriéndose a Estados Unidos) con la Historia de Roma de Indro Montanelli. Lo leí con trece años, gracias a un amigo de colegio, que lo sacó de la biblioteca paterna y me lo prestó. Me gustó tanto que, angustiado por tener que devolverlo, lo fui resumiendo en folios blancos, cortados por la mitad, que rellenaba con letra minúscula aprovechando todo el espacio disponible. Tardé como un mes, en la cocina de casa, aprovechando el sueño de los demás para evitarme las regañinas. Salieron entre treinta y cuarenta hojas, que conservé muchos años, hasta que se perdieron en una mudanza. Como comprenderán, casi me aprendí el libro de memoria y descubrí que allí estaba todo, como en Los Simpson.

… porque, a raíz de algunas respuestas leídas en tuiter a la pregunta sobre los beneficios objetivos de una secesión catalana frente a su riesgos, se me ha preguntado por cómo habría sido la historia de Barcelona o Valencia si nuestra historia no hubiera sido como fue.

Y he recordado algo que tenía ahí guardado en la memoria. Cuando empecé a leer sobre Roma (en la inmortal obra de Montanelli y en otras que fui encontrando, introducida ya la espita), fabulé con entusiasmo durante un tiempo y lo hablé con algún amigo, con la idea de que César hubiera podido llevar a cabo la empresa que había diseñado: atacar en Asia Menor y luego girar hacia el norte, penetrando en las tierras de los germanos por el este. Fabulé sobre un imperio que no habría sufrido las invasiones de los germanos porque los germanos habrían sido romanizados. Imaginé un mundo completamente diferente.

Tenía trece años. No puedo decir con exactitud cuando dejé de lado estas tonterías infantiles. Quizás con catorce años.

Intentar prever el futuro es difícil, aunque es una tarea imprescindible. De hecho lo hacemos constantemente. Por eso no metemos la mano en aceite hirviendo. También por esta razón la humanidad lleva milenios refinando los procedimientos para mejorar nuestras predicciones.

Intentar dibujar un pasado, un presente o un futuro alternativos, basados en un pasado alternativo, es inútil y es estúpido. Solo se me ocurren tres utilidades para una actividad de esta naturaleza: rellenar el tiempo con banalidades entretenidas, ganarte la vida escribiendo obras literarias y justificar tus acciones actuales dañinas a falta de argumentos. Las dos primeras son legítimas. La tercera es una muestra de mendacidad e irresponsabilidad.