Test de Rorschach

 

En el número 17 de la calle de los Plateros de Madrid, bien al fondo del portal, tras una crujía interminable, llena de recovecos y penumbra, un mudo vendía carbón y compraba secretos. Me lo contó Amparo, mi abuela, que en paz descanse, un fin de año en que el anís le soltó la lengua y le desató los malos recuerdos. Venía al caso de una noticia aparecida en Pueblo la víspera. El hurto de un semanario de oro se había resuelto casualmente por la mezcla de la peste de un gato muerto y la cháchara de una alcahueta con un descuidero.

— A ver si creéis que es la primera vez que el mal olor destapa un crimen —usaba el plural porque hablaba a varios de sus nietos—. Recién acabada la guerra, metieron preso a un carbonero malaje por enterrar niños bajo el carbón.

— ¡Venga abuela, te lo estás inventando!

Pero no se lo inventaba. En la hemeroteca de ABC, pueden encontrar la noticia. En el invierno de 1941, la policía armada descubrió bajo una carbonera, las tumbas de cinco niños pequeños. Ocurrió cuando el reparto; un chucho indiscreto había medio desenterrado uno de los cadáveres y empezado a comérselo. El olor alertó a una vecina. Los policías, asqueados, esperaron al carbonero, del que se dice en la noticia que había sido regular, y que había quedado mudo por una herida de guerra, y le dieron una somanta de hostias tal que casi lo llevó al otro barrio. Puede que el silencio del carbonero, pese a los golpes, los enrabietase más. Como se imaginarán, la noticia no cuenta ni la paliza ni la sorpresa de los policías al descubrir que el detenido era mudo. Esto lo sé por mi abuela.

— Yo lo conocí algo —nos contó después—. Trabajaba entonces en la casa del embajador cubano, de cocinera, y el mudo traía carbón a la casa. Lo dejaba en un chiscón que había junto a la puerta de servicio. Llevaba una libreta pequeña, con un lápiz atado al alambre, en la que apuntaba lo que quería decir. Daba mucho repelús.

Solo he encontrado esa noticia y sé por qué. Al asunto se le dio carpetazo en la prensa porque dejaba mal al régimen. Condenaron al carbonero por inhumación ilegal, pero es inútil buscar algún suelto con la noticia de la sentencia. La muerte natural de los niños no se había comunicado a las autoridades porque los padres no querían perder la asignación familiar. Un chaval, mancebo del carbonero, lo convenció para enterrar al primer crío bajo el carbón. El muchacho era hermano del muerto. Se corrió la voz y el mudo no supo o no pudo negarse a los que vinieron después. Pese a la miseria de la época, era tanta la sordidez de esta historia que el primer impulso de escarmiento público se enterró bajo una pila de carbón.

A los pocos días, fui con mi hermano pequeño a vender periódicos. Los guardábamos en casa, los atábamos y, cuando teníamos un buen montón, los llevábamos a un sujeto que regentaba en un tabuco un negocio infecto, una especie de paraíso del síndrome de Diógenes, lleno de cacharros, chatarra, harapos y papel. El tipo, en camiseta en verano, con una chaqueta grasienta de lana en invierno, pesaba los periódicos con una romana y nos daba dos o tres duros. Para que se hagan una idea, décadas después, al leer Watchmen, me lo encontré dibujado.

Siempre me había parecido repugnante, pero ese día me pregunté por vez primera si, bajo el montón de desechos, no habría más niños muertos.

(Todo lo que se cuenta en esta entrada es ficticio, salvo alguna cosa)