El tiempo no pasa

 

Para mi querida Marcela

Johann Gotlieb Goldberg era alumno de Johann Sebastian Bach. Vivía en la corte de Dresde, a sueldo del embajador ruso, el conde Carl Von Kayserling. El conde era insomne y despertaba a su clavecinista y le hacía tocar dulces melodías para conciliar el sueño.

El Aria con variaciones diversas para clave con dos manuales, las universalmente conocidas como Variaciones Goldberg, fue un encargo del discípulo al maestro. Por la obra el conde pagó un centenar de luises de oro a Bach.

Esta famosa obra comienza con un aria, el tema que Bach toma del Notenbuch, escrito para su segunda esposa, Ana Magdalena. Se trata de una zarabanda, una melodía con una estructura armónica sencilla sobre la que construir las veintinueve variaciones. Digo veintinueve porque la treinta en realidad es un quodlibet, una broma musical, también llamada ensalada, como las que hacían los Bach en las reuniones familiares. La mayoría eran músicos y apostaban a improvisar mezclando piezas polifónicamente, algunas religiosas, otras profanas, de forma cada vez más compleja y divertida. Eso hará Bach, utilizando canciones populares alemanas.

Glenn Gould es un misterio. Pianista estrafalario, técnicamente superdotado. Sus peripecias vitales son conocidas: su amor por Bach, su retirada de las salas de conciertos. Ha sido el intérprete más interpretado de la historia. Objeto de culto y de odios sarracenos. Materia para mala y buena literatura. Capaz de declarar su aversión por Beethoven y de grabar una appassionata demente, con un tempo que desfigura la obra, como si quisiera demostrar que sólo Bach resiste sus volubles cambios de velocidad.

Cruza las piernas y canta. Su postura —agazapado— ante el piano parece la de un anciano, con esas manos fuera del teclado, tan bajas que presiento a un imaginario profesor corrigiendo el gesto.

Sus veleidades y caprichos, sus opiniones, te podrían llevar a preguntarte si no estás en presencia de un divo en el peor sentido de la palabra.

Si no fuera por el sonido.

Las variaciones están escritas para clave. Oigan a Hantäi o a Leonhardt, no se queden solo en Gould. Puede que su Bach sea incluso un Bach más auténtico, si algo así pudiera decirse. Pero Gould es especial. Es un misterio. Grabó dos veces las Variaciones Goldberg, con veinticinco años de diferencia. Esa obra le obsesionaba. La primera grabación lo convirtió en un superventas; la segunda se vendió retroactivamente como un testamento. El mismo Gould explicó cómo, año a año, en su cabeza, eran cada vez más lentas, más reposadas, menos románticas, más desnudas. Así hasta alargarse los más de quince minutos de la segunda grabación. Comparen el tempo de unas y otras, su carácter, el uso de repeticiones. Es extraordinario. No hay piano en el que las voces de Bach hayan sonado así, tan puras, tan cristalinas, tan imposibles. No sabes si no hay intérprete o si hay varios, simultáneos, ocupado cada uno de una voz diferente. Se llegó a afirmar que padecía asperger. Ese, el desorden hasta la obsesión por el orden, será el consuelo para los que no comprendemos cómo es posible el milagro de Gould.

* * * * *

Hace muchos años, B me hizo un doble regalo: los dos libros del clave bien temperado y las grabaciones de Gould, en vinilo. En el salón, de madrugada, en casa de mis padres, las escuchaba, 48 preludios y 48 fugas. Muerto de sueño, hasta el final.

* * * * *

Año 2000. He comprado en Oviedo las suites inglesas de Bach. Llueve. Mis hijas, un mes y tres años, duermen en el asiento de atrás, yo escucho a Gould, la carretera está vacía y el tiempo no pasa.

 

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Un comentario en “El tiempo no pasa

  1. Esta ridícula idolatría a los intérpretes hace mucho daño a la música clásica. Y que me aspen si la idolatría a Gould no es la más repelente de todas (¿qué narices significará “que me aspen”?)
    Parece que no se puede oír música si no es interpretada por el “genio” de turno. Y cuantas más rarezas y más estrafalario, más “genial”. Este, que solo tocaba con una destartalada silla de su infancia (hasta está en un museo la susodicha silla zarrapastrosa…). Aquel otro, durante dos horas no deja de poner caras como de estar poniendo un huevo de avestruz. Otro, se peina metiendo los dedos en un enchufe justo antes de salir. Y así siguiendo.
    Pero esto está cambiando. Hoy en día hay tantos buenos intérpretes de lo que sea que tocan como un demonio, que ya no hacen falta rarezas. En estos tiempos de porno fácil se buscan a los que van a ser dioses del Olimpo eligiendo cuidadosamente sus mejores características: chicas, jóvenes, que estén buenas, y que se note. Y las hay, vaya que si las hay.
    Pero hombre, que el genio es el que escribió la partitura…

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