Pronto dirán que no obraron por malicia, que los engañó Satanás

 

Cuando en 2014 el NYT publicó la carta en la que Dylan Farrow reabría la acusación de abusos contra Woody Allen (contándolos, ya como mujer adulta, en primera persona) empecé a leer lo que se había ido publicando sobre el asunto. Y hay mucho. En internet. Sobre el asunto y sobre los protagonistas. Y sobre el entorno.

Empecé a leer porque siempre me ha interesado la cuestión de la posibilidad de construcción de falsos recuerdos en niños (y en adultos, por cierto). Y por el problema secular de la fiabilidad de los testigos (no hablo de la mentira, sino de lo que ellos creen que es verdad).

Hace muchos años, en mi despacho se llevó la defensa de una profesora acusada de haber abusado de niños a los que daba clase. Se trataba de dos niños pequeños (niño y niña), de cuatro años. Básicamente la acusación se basaba en un relato supuestamente espontáneo de la niña a la madre y en ciertos rastros físicos (que eran ambiguos, pero compatibles con la acusación). El informe de psicólogos forenses nos llevó hasta el juicio oral. Llevamos nuestra propia pericial, realizada, no con la niña, sino con las grabaciones y el informe de los psicólogos. Los psicólogos afirmaban que el relato de la niña era veraz, que no se observaba ningún tipo de fabulación. Cuando preguntamos al redactor del informe si mantendría esa posición de acreditarse que alguna de las partes del relato eran falsas, dijo que no la mantendría, pero que no tenía ninguna razón para creer que eran falsas. Sin embargo, lo cierto es que en el relato de la niña había dos detalles objetivos que eran falsos (sobre las circunstancias del lugar en el que se suponía habían tenido lugar los hechos) y se podía demostrar que lo eran. Uno en particular, muy significativo. Al demostrarlo, el perito empezó a dudar. La tesis de nuestro perito era que la madre, involuntariamente, había creado el recuerdo al preguntar insistentemente a la hija si alguien la había tocado “ahí”. La madre no pensaba en la profesora, sino en el padre. Pero la respuesta de la niña provocó dos años de proceso penal. Por suerte para la acusada, el caso no salió en prensa y no tuvo que añadir más daño que el propio de la angustia de no saber si iba a ser condenada o no. Aclaro algo: yo no sé si sucedió; sé que no había pruebas suficientes. En un caso así, lo que debemos hacer, a falta de pruebas, es creer que no sucedió. Es la única manera civilizada de actuar.

Hace poco presencié otro caso verdaderamente terrorífico. En una pelea entre guardias de seguridad y jóvenes, uno de los jóvenes es golpeado gravemente en un ojo. Todos los jóvenes afirman que el que golpea es un guardia concreto, al que describen con detalle (ojo, se lo dicen a los guardias civiles que llegan al lugar casi inmediatamente y por separado). Se trata del guardia de seguridad con el que “empieza” la trifulca. Cinco testigos. Sin embargo, tras examinar horas de cámaras de seguridad, descubrimos un plano que dura apenas tres segundos en el que se ve perfectamente el momento de la agresión. El autor es otro. Ni siquiera se parece físicamente. Todos los testigos, espontáneamente, se habían convencido de haber visto algo que no habían visto. Se habían convencido de que el guardia con el que habían discutido, ese que se “había puesto chulo”, era el que había golpeado. Todos habían visto perfectamente el golpe con la porra.

He contado estos dos ejemplos porque son especialmente clarificadores.

El caso es que he leído sobre el tema Farrow no porque crea poder encontrar alguna verdad. Demasiados intereses y demasiado ruido como para pretender algo así. No es un caso claro. Es tremendamente turbio y cuanto más lees más turbio parece.

Por eso me produce esto tanto asco.

La denuncia de los hechos se conoce desde hace veinticinco años. La carta de Dylan Farrow es de 2014. Los libros publicados (a favor y en contra), las respuestas de Allen, las reflexiones de Moses, las historias (muchas de ellas trágicas) de los otros hijos. La dura (contra Allen) sentencia de custodia, la reprobación verbal del comportamiento del fiscal, que pese a no acusar, habló de la existencia de causa probable (y le remitió esa opinión al juez que iba a decidir sobre la custodia). Se conocen las declaraciones de Soon-Yi Previn (madre, junto con Allen, de dos hijos adoptivos: con adopciones autorizadas tras todos estos hechos).

Yo no sé por qué todos esos actores y actrices van a saber del asunto más que los que han investigado sobre el tema. Tanto como para tener una opinión sobre lo que realmente sucedió. Pero, al menos, si iban a tenerla, deberían haberla tenido desde hace muchos años, porque no hay nada nuevo.

Perdón. Me equivoco. Sí hay algo nuevo. La tribu ha iniciado una cruzada y se va a llevar por delante a los hijos de puta, a los grises, y a los inocentes. Porque Dios, el Dios de la puta fama, ya distinguirá después de su muerte (física o civil).

Los concernidos “artistas” de Hollywood, con sus maravillosos trajes y vestidos negros, han decidido, ahora, creer a Dylan Farrow. Y emocionarse mucho. Y donar dinero. Y no coger el teléfono cuando llame Allen.

Normal: si no te sumas a la multitud que lincha, a lo mejor te conviertes en su objetivo. Tanto, que los medios se están llenado de autocríticas.

Menuda panda de cobardes de mierda. Antes y ahora.