Aparentar que somos mejores, para ver si lo vamos siendo

 

Soy partidario de que todos los que escriban algo en internet estén identificados por el sistema. Entiéndase esto en el sentido de que exista siempre un rastro que lleve a un nombre y unos apellidos. Un rastro difícil de falsificar, pero a la vez protegido. De esta forma, la discusión es más libre, pero sin los enormes grados de irresponsabilidad actuales.

No obstante, admito que mi opinión se enfrenta con el mismo problema que la permisión del tráfico de drogas estupefacientes (de la que soy partidario). Es difícil defender esto, cuando en la misma red actúan tipos desde países pirata en los que no hay control o, incluso peor, en los que la falsificación y el volcado de mierda es política de Estado.  Además, esto solo sería aplicable a democracias con un grado de calidad, en cuanto tales, mínimo.

De lo anterior se deduce por qué no soy partidario de la existencia de un derecho al anonimato en internet. Me explico: no exijo que sea obligatorio que los perfiles públicos incluyan datos identificativos, pero no veo por qué hay que dar el paso de exigir que los otros no puedan decir que tú eres tal o cual persona (siempre que no se trate de datos sensibles). No entro en el modo de acceso a esa información: ese es un hecho independiente que ha de juzgarse de forma independiente.

De hecho, la facilidad que dan las redes sociales al mensaje anónimo provoca un efecto pernicioso. Internet se ha convertido en un remedo del panfleto. El mensaje tosco, a menudo falso, pero eficaz por su enorme fuerza bruta. Ya sabemos que a muchas personas no les interesa tener razón, en el más noble sentido de la palabra, sino aplastar al que discrepa. A esas personas no les interesan los razonamientos, les interesa la eficacia. Si son sutiles, apostarán por la falacia sutil y difícil de desmontar. Si no lo son, apostarán por la avalancha masiva y el orgasmo que produce en los necios. El anonimato no es condición sine qua non, pero favorece el “panfletismo”.

Dicho esto, hay algo muy plebeyo en la caza y captura del que te toca los huevos en internet. El que participa en eso es turba cobarde. Dan igual las justificaciones. Si el acosado es tan dañino —como dirás para justificarte—, que actúen las autoridades. Si además tienes poder o influencia, la caza te convierte en aprendiz de tirano.

Hay algo más profundo tras esto. Si crees en la libertad, eres individualista en el mejor sentido. Es decir, crees que hay un reducto en todo ser humano, más o menos amplio, que es intocable, cualquiera que sea la razón o el bien que se aduzca. Y, por esta razón, no admites los procesos de “autocrítica”, ni las cazas de brujas, ni los linchamientos. Tampoco en una forma light. Hay muchos, sin embargo, que piensan que el señalamiento del enemigo y su muerte civil, por el procedimiento que sea, es admisible porque el otro es eso, un miembro de otra tribu. Estas personas creen que la comunidad vale más que el individuo y que, por tanto, no hay bien individual, por íntimo que sea, que nos deba frenar cuando el bien de la tribu nos exige actuar. Como somos tribales por instinto, es fácil que se nos convenza para participar en la cacería. Basta con hacernos creer que estamos en el bando justo, que el otro es menos que un ser humano (es una cucaracha, un traidor a la patria, un enemigo del pueblo) y que “se merece” que con él no seamos civilizados, porque la civilización es para los nuestros.

La triste noticia es que si la civilización es solo para los nuestros, ya no es tan civilizada.

No es extraño que haya personas partidarias, por su ideología, del escrache, de la persecución, del linchamiento, del acoso. Creen estar del lado bueno de la historia. Creen ser los perseguidos (por los ricos, los poderosos, los ajenos, los vectores de la enfermedad, los adoradores de algún ídolo pagano) que ahora persiguen al perseguidor. Estas personas no ven a los individuos. Menos aún son capaces de juzgar solo los actos de los individuos. Estas personas solo ven categorías abstractas, cajas para clasificar. Y ni siquiera están obligados a la sinceridad: como el buen musulmán que bebe alcohol entre infieles, asumirán falsamente las cáscaras vacías del discurso ajeno para acabar con él.

Tampoco es extraño que muchos otros compren esa mercancía. Se ajusta como un guante a nuestros instintos.

Por eso es tan difícil el discurso civilizatorio. Exige explicación, perseverancia y frenos. No nos satisface, salvo intelectualmente, y para eso hay que llegar a comprenderlo. ¡Y es tan difícil comprender por qué un violador y asesino de niños merece ser tratado como un individuo dotado con derechos inalienables y una parcela íntima que no debemos invadir bajo ningún concepto!

No hablo de absolutos. No creo en el derecho natural o en la moral natural. Mis motivaciones son seculares y prácticas. Quizás también estéticas. Tienen que ver con una hermosa aristocracia de las ideas y de las buenas costumbres. Con una cierta forma de ser hombres.

 

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3 comentarios en “Aparentar que somos mejores, para ver si lo vamos siendo

  1. Eso que dice de que sea aplicable lo que propone a «democracias con un grado de calidad […] mínimo» es una tontería a la que no le ha dado un par de vueltas, por mucho que instituciones internacionales y ONGs establezcan ránkings al respecto.

    Todos los países del mundo menos el Vaticano, Arabia Saudí y Qatar (quizá me deje alguno) se califican a sí mismo de «democracias». Todas han aceptado de un modo u otro, y más bien esto último, el constitucionalismo como religión. China tiene constitución, y Corea del Norte, y Tanzania, y Zimbabwe.

    ¿Ve ahora adónde conduce el relativismo (al no creer en absolutos) y el pragmatismo que adopta siempre en sus posiciones, el desdeñar el uso riguroso de los conceptos, como si estos fuesen fruto de un mero acuerdo social implícito? Como si la democracia fuese cuestión de grado, que admite más o menos de no se sabe qué en la mezcla. Más o menos democracia es como el manoseado tópico de más o menos embarazada. Un absurdo. Hablar de su calidad implica utilizar un modelo para tener algo con lo que comparar. Y eso nadie lo quiere pensar: todos los países somos democráticos. No revuelvan, no vaya a ser…

    No sabe usted lo que es la democracia. Es normal, no se lo reprocho. No se da en la universidad; y es mejor así, porque de ese modo no habremos de desaprender las chorradas que allí se dirían en esta materia, como en todas. Pero eso le lleva a proponer quimeras flotantes en éter, como esto de que todo lo dicho en Internet fuera en último término y tras el procedimiento oportuno, imputable a una persona, ¡pero, che, sólo en democracias! Es como una carta de los Reyes Magos.

    Tiene usted buena intención, pero es que es no pasa de ser una pataleta todo lo que ha escrito. Como cuando dice que Internet se está convirtiendo en un remedo de panfleto. ¡Anda, pues claro, como todos los del mundo físico! Hoy, y siempre desde que el mundo es mundo, no hay noticia o artículo de opinión en los medios tradicionales que no encaje en la línea editorial férreamente manejada por un carguito intermedio que recibe órdenes de disciplinar a los becarios para que remen en la dirección adecuada.

    Es imposible lo que usted pretende. También son importantes los aspectos técnicos que entrañaría, a los que hace referencia de pasada, con suspicacia, eso sí. Las suplantaciones estarían a la orden del día, no lo dude. Y más si esto lo implementa la administración pública. ¿O funciona bien LexNet? ¿Qué tal la administración electrónica?

    En fin, que su entrada está bien como provocación y porque ayuda a pensar en un Internet mejor que el que tenemos, pues el ambiente aquí es ya tan irrespirable como en el mundo físico. Todo es apelación a las masas y, en consecuencia, énfasis, como usted gusta decir en uno de sus conceptos favoritos.

    Pero lo que propone incurre en un wishful thinking de campeonato.

    Un saludo

  2. “Soy partidario de que todos los que escriban algo en internet estén identificados por el sistema. Entiéndase esto en el sentido de que exista siempre un rastro que lleve a un nombre y unos apellidos. Un rastro difícil de falsificar pero a la vez protegido” (Tsevan)

    Eso ya existe.

    Se llama IP.

  3. Como dice el Sr Rebus, eso existe. Todos estamos monitorizados por distintos agentes gubernamentales y comerciales y los proveedores de servicios de internet tienen la obligación de cooperar con los gubernamentales conservando información. Incluso los que usen VPN lo único que consiguen es un “efecto Streisand” sobre ellos de agencias gubernamentales de todo el mundo. El verdadero problema es cómo se usa ese poder que proporciona semejante cantidad de información personal (y la que se conseguirá al ir mejorando las herramientas para ello y ampliando su uso a más agentes sociales).
    Y como ya comenta antes Jorge, panfleteros ha habido siempre, solo que ahora el asunto se ha “democratizado”. Antes había casi únicamente panfleteros profesionales (o sea, políticos y periodistas). Hoy lo puede ser cualquiera. No me parece mal.
    A mí no me molestan especialmente los panfleteros: nunca ha habido en internet nada más sucio que los newsgroups de usenet de hace 20 o 25 años (especialmente los grupos de política o religión, claro). Debatiendo allí se hacía uno un hombre. Y aún así, entre todo aquella mierda de insultos sin límite y amenazas “tremendas” (todo, insisto, sin censura alguna), había verdadero debate y lecciones que aprender. Hoy, ni siquiera con la más exquisita educación, se libra uno de la censura y el “baneo” simplemente porque da “mal rollo” tener ideas contrarias al sentir “general” en un foro determinado. Yo puedo dar cuenta de nombres de muy conocidos “defensores de la libertad” que en cuanto se les lleva respetuosamente la contraria en sus respectivos foros unas cuantas veces, te “banean” sin explicaciones y punto.
    Y no hablemos ya de de hoy en día, con tanto twittero acabando en la Audiencia Nacional. Me parece alucinante y ridículo.
    Resumiendo: estoy tan a favor del anonimato total en internet (aunque sé que técnicamente no se conseguirá nunca) como lo estoy de la libertad de venta de drogas (que parece que tampoco se conseguirá nunca…).

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