Sexo consentido

 

Pedro Sánchez, para conseguir la mayoría que le puede convertir en presidente del Gobierno, en uno de los ejemplos más infames de parlamentarismo que recuerdo, ha optado por el amor y por la equidistancia urbi e orbi. 

«Agradezco que desde Cataluña se dé la oportunidad para que en España se abra un nuevo tiempo». Esto es lo que ha contestado Sánchez al portavoz del PdeCat para cerrar su última respuesta. Sánchez se acuesta en público con los golpistas y, a la vez, les otorga la condición de Cataluña.

Más de la mitad de los catalanes al cajón.

La principal responsabilidad de lo sucedido es del PP. Y de Rajoy.

La principal responsabilidad de lo que está sucediendo hoy es del PSOE. Y de Sánchez. Y, por tanto, de lo que sucederá.

Lo sucedido ha sido lamentable.

Lo que está sucediendo es sexo consentido. Que luego no vengan los socialistas intentando explicar otra cosa.

 

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In the mood for love

 

 

Es maravilloso ver a Pedro Sánchez asentir cuando el diputado secesionista afirma que el PSOE es responsable del deterioro y degradación del Estado de derecho, del autoritarismo, del mantenimiento del franquismo, del etnicismo ultranacionalista español, de la ausencia de independencia judicial en España, como respuesta a los anhelos democráticos de la sociedad catalana representada por ese diputado.

Asentir con gesto de gravedad.

Está listo para el amor.

 

Sobre dimisiones truchas

 

Estoy leyendo cosas muy variopintas sobre dimisiones de última hora del presidente del Gobierno, su sustitución por la vicepresidenta y el decaimiento de la moción de censura por ello.

Por partes, si Rajoy dimite, el Gobierno cesa (art. 101 de la CE).

Pero el Gobierno, por el cese, pasa a ser Gobierno en funciones. Y, como es obvio, el presidente del Gobierno en funciones sigue siendo Rajoy. Con las siguientes excepciones que establece la Ley del Gobierno:

Artículo 13. De la suplencia.

1. En los casos de vacante, ausencia o enfermedad, las funciones del Presidente del Gobierno serán asumidas por los Vicepresidentes, de acuerdo con el correspondiente orden de prelación, y, en defecto de ellos, por los Ministros, según el orden de precedencia de los Departamentos. 

Si se fijan, en el artículo anterior también se incluye, por ejemplo, la muerte del presidente.

Además, hay cosas que ni el presidente ni el Gobierno en funciones pueden hacer:

Artículo 21. Del Gobierno en funciones.

1. El Gobierno cesa tras la celebración de elecciones generales, en los casos de pérdida de confianza parlamentaria previstos en la Constitución, o por dimisión o fallecimiento de su Presidente.

2. El Gobierno cesante continúa en funciones hasta la toma de posesión del nuevo Gobierno, con las limitaciones establecidas en esta Ley.

3. El Gobierno en funciones facilitará el normal desarrollo del proceso de formación del nuevo Gobierno y el traspaso de poderes al mismo y limitará su gestión al despacho ordinario de los asuntos públicos, absteniéndose de adoptar, salvo casos de urgencia debidamente acreditados o por razones de interés general cuya acreditación expresa así lo justifique, cualesquiera otras medidas.

4. El Presidente del Gobierno en funciones no podrá ejercer las siguientes facultades:

a) Proponer al Rey la disolución de alguna de las Cámaras, o de las Cortes Generales.

b) Plantear la cuestión de confianza.

c) Proponer al Rey la convocatoria de un referéndum consultivo.

5. El Gobierno en funciones no podrá ejercer las siguientes facultades:

a) Aprobar el Proyecto de Ley de Presupuestos Generales del Estado.

b) Presentar proyectos de ley al Congreso de los Diputados o, en su caso, al Senado.

6. Las delegaciones legislativas otorgadas por las Cortes Generales quedarán en suspenso durante todo el tiempo que el Gobierno esté en funciones como consecuencia de la celebración de elecciones generales.

Algo lógico, porque uno de los casos en que el Gobierno pasa a estar en funciones es la moción de confianza perdida.

Dicho esto, paso a la segunda parte —eso de que si Rajoy dimite la moción de censura decae— y me pregunto por qué. Sobre todo porque la moción de censura se ha presentado antes de que el Gobierno estuviera en funciones.

Más aún, la consecuencia “normal” de la dimisión es que se abre un nuevo período de consultas para la elección de nuevo presidente del Gobierno, que puede ser elegido por mayoría simple. ¿Por qué considerar que los legisladores constitucionales no habrían querido que se mantuviera una moción ya presentada que exige una votación por mayoría absoluta?

En mi opinión, presentada la moción de censura en el registro y admitida a trámite, se produce una especie de perpetuatio iurisdictionis que se retrotrae al momento en que se registra. Desde ese momento, ha de considerarse fraudulenta cualquier maniobra que impida a aquel que se presenta como candidato no obtener una votación en el Congreso. Con una excepción: que la retiren los que la presentaron en número suficiente para que no se llegue a la décima parte que exige la Constitución. Cuando se dice que «no hace falta» censura porque ya no hay Gobierno, se obvia que la moción de censura es constructiva y que precisamente exige que haya un candidato que proponga un programa de Gobierno. Si no fuera así, sí sería natural que la dimisión acabase con la moción.

Hay un argumento más que no debe olvidarse: en la investidura usual, es el Rey el que propone un candidato. En la moción de censura, el candidato lo propone un determinado número de diputados.

En fin, que yo creo que no queda otra (salvo que los socialistas retiren la moción) que llevarla hasta el final. Haga lo que haga Rajoy.

 

Lo excepcional

Dice hoy mi querido Jabois que a veces hay que saltarse la ley y que eso es lo que hizo Macron al que compara con Merkel. Léanlo, porque dice más cosas y así no tengo que resumirlo y quizás malinterpretarlo.

El problema de su columa no es que no aborde las consecuencias de su planteamiento (y no hablo del problema para una sociedad del ingreso masivo de personas, cuestión de fondo, que no voy a plantear porque voy sentado en la sala de espera de um dentista mientras escribo esto y porque tampoco la plantearía en una entrada de este blog si estuviese sentado en mi despacho). No está bien saltarse la ley. Menos si eres el que manda. No solo no está bien, sino que es el preludio de muchos males.

Pero, como decía, no es ese el problema de su columna. Su problema es que la comparación entre una y otro inmigrante es errónea. Macron no incumple la ley. Da la nacionalidad porque puede hacerlo conforme a la ley. Supongo que Merkel también podría. El Gobierno español puede, ya que existe ese procedimiento excepcional (se llama nacionalidad por carta de naturaleza). Por definición, es excepcional y discrecional. La diferencia entre Merkel y Macron es la diferencia entre una y otro. Ella lloró  en un plató y puso voz a muchos. Él hizo algo excepcional y salvó a un niño. Puede que Jabois crea que ser niña y llorar en un plató ante Merkel sea suficiente. Merkel no y explicó por qué. O quizás crea Jabois que él, que actuó espontáneamente para salvar a un crío desconocido en un país extranjero, arriesgando su vida y jugándose la expulsión no hizo algo cualitativamente diferente de ella. Yo creo que sí. Y creo que el que exista esta espita es mejor que el que no exista.

Porque ¿qué diríamos si la ley careciera de mecanismos para al menos asumir casos así, que demuestran —o pueden tener ese afán— que el problema no es la raza o la clase social sino el número? ¿Cómo sería el artículo de Jabois si se le estuviera expulsando a él porque hay que cumplir la ley?

El artículo se despeña ahí. Premiamos lo extraordinario (al menos admitimos la posibilidad). Ser niño, pobre y extranjero no lo es.

Él es Mamadou Gassama. Ella es Reem Sahwil y, al final, como indica la noticia, pudo quedarse en Alemania.

Un juez no es un profeta

 

Como ya he leído a muchas personas criticar las palabras de María Dolores de Cospedal hoy por algo muy concreto que ha afirmado, creo que es interesante hacer algún comentario sobre lo que dice. Es esto:

Voy a utilizar, a modo de ejemplo, este comentario de Teodoro León Gross, precisamente por que se trata de una persona que me parece solvente e intelectualmente honesta. Utilizando a los mejores es más fácil extender lo que voy a decir a muchos más. Vean el tuit:

Por partes:

a) La pregunta a Cospedal es la siguiente: «¿Qué sabía usted de la existencia de una Caja B en el Partido Popular?»

Ella contesta no admitiendo que exista, pese a la sentencia. Sobre esto hay tres cosas que se pueden decir:

Una primera, que la señora Cospedal falta a la verdad cuando afirma que no hay una relación directa entre la sentencia y la existencia de una Caja B. La sentencia afirma que existió desde al menos 1989, aunque hay que precisar que no indica una fecha final, pero nosotros sabemos que no puede extenderse esa declaración a más allá de 2005 (por los hechos que son enjuiciados). Y condena a una persona por apropiación indebida de fondos de esa Caja B (a Bárcenas).

Una segunda, que cuando la señora Cospedal afirma que ella accede a la Secretaría General del PP en julio de 2008 y que desde ese momento no hay una Caja B y que a ella no le consta que haya una Caja B antes, esto es perfectamente compatible con lo que sentencia declara, como es obvio.

Una tercera, que cualquier ciudadano (y también cualquier político) puede estar totalmente en contra del criterio de un juez sobre lo que es verdad o mentira y someter al escrutinio de los ciudadanos sus argumentos. Por tanto, cuando la señora Cospedal afirma que ella no está de acuerdo con que los papeles de Bárcenas sean una prueba de una contabilidad paralela o B hace algo absolutamente legítimo. Y con esto voy a la segunda parte.

b) Nos dice Teodoro: «Ahora vete y discútele su argumentario extrajudicial a los indepes.». Y yo pregunto: ¿es que la señora Cospedal ha dicho que no va a admitir las consecuencias obligatorias de las sentencias?

Es un error pensar que el Estado de Derecho consiste en asumir lo que se afirma probado en las resoluciones judiciales firmes. En absoluto. El sistema judicial no establece la verdad. Existe porque existen conflictos. También porque existen conflictos existe la ley. Ni la ley, ni las decisiones judiciales son la verdad. Es cierto que las resoluciones judiciales deben buscar una cierta verdad …

Antes de seguir voy a explicar esto. La ley no se refiere a toda la realidad. Menos aún los procesos judiciales. De hecho, las reglas del proceso asumen como necesario que solo una parte de la realidad (y además de forma mediata) acceda al proceso. Además, el acceso al proceso se hace conforme a reglas preestablecidas, siguiendo plazos y fijando hitos que hacen muy difícil la vuelta atrás. Esta es la única manera de conciliar la búsqueda de la verdad con la seguridad jurídica (que exige tomar decisiones) y con el respeto a los derechos y libertades. Incluso en el ejemplo más potente de búsqueda de la verdad material (el proceso penal) se aplican estas reglas que tanto desesperan a los que querrían admitir un proceso infinito, sin orden, sin plazos, sin expertos y sin intermediarios, por creer adánicamente que ese sistema sería mejor. Los tribunales, en suma, buscan una verdad ahormada por sus reglas de funcionamiento y por sus límites. Por definición fracasan a la hora de conseguir alcanzar toda la verdad.

… pero lo que importa no es que logren alcanzarla (algo además casi siempre imposible de decidir), sino que resuelvan. Para que el Estado de Derecho funcione, lo importante no es que los ciudadanos y las instituciones asuman el relato de las resoluciones judiciales, sino que se sometan a sus consecuencias. No importa quién jugó mejor, algo sobre lo que es imposible ponerse de acuerdo tantas veces, sino asumir que ganó el Real Madrid.

El problema de los secesionistas no es que estén en desacuerdo con la unidad de España o con que el sujeto de la soberanía sea el pueblo español. De hecho, la ley permite cambiar esto. El problema de los secesionistas (en cuanto a lo que dice el tuit, que tienen otros problemas más) es que no asumen las consecuencias de la ley y de quienes tienen la función de interpretarla y aplicarla. Y con esto voy al tercer apartado.

c) ¿Cuál es la consecuencia de la sentencia para el Partido Popular según la propia sentencia? Que tiene que devolver un dinero que se dice recibió —usado en actos electorales— y que no le corresponde (por cierto, efectivamente, no sabemos bien a quién le va a entregar ese dinero el tribunal, lo que no deja de tener su gracia).

Porque resulta que, aunque la señora Cospedal afirmase no asumir lo que dice el juez, algo que es legítimo, podríamos decir que es igual, que las consecuencias de la sentencia, sus consecuencias obligatorias, obligan al PP a hacer a) o b). Imaginemos que Rajoy hubiera sido condenado y saliera diciendo: ¡soy inocente! ¿Podría hacerlo? Sin duda, y tendría derecho a ello, pero a la vez la consecuencia del sistema, el puto peso de la ley, lo enviaría directamente a la calle, por más que gritase. Es lo que ha pasado, por ejemplo con Junqueras. Él dice que no ha hecho nada malo. Que de hecho es un demócrata y que esto es una persecución. Pero está en prisión preventiva, porque esa es la consecuencia del sistema. El problema de Junqueras, lo que hace su discurso inadmisible, no es que no esté de acuerdo con la decisión es que no asume el sistema mismo. Por eso necesitan los secesionistas repetir que España no es una democracia y un Estado de Derecho.

Ahora apliquemos esto al PP y Cospedal: ¿dónde está la grave consecuencia del sistema para el PP o para la propia Cospedal? Ella dice que no está de acuerdo con lo que un juez afirma en una sentencia, no dice que no tenga derecho el juez a afirmarlo y no dice que no asuma las consecuencias de las afirmaciones de los jueces en aquello que es propio de su función: decidir algo que tiene consecuencias legales.

Y ahí nos encontramos con el meollo, con lo jodido de esta sentencia: los magistrados de la Audiencia Nacional han decidido en aquello que pueden decidir que el PP tiene que devolver un dinero porque no es suyo, aunque sin que haya constancia de que supieran que no era suyo y que tuviera un origen ilícito. Esa es la consecuencia jurídica. Como he dicho hoy mismo, el problema de ciertos párrafos de la sentencia no es que sean ciertos o falsos, es que son, como los mismos magistrados dicen, contexto sobre algo que escapa a su conocimiento.

Termino: como he escrito esto y esto a ello me remito. Quizás un día una sentencia (firme, por cierto) que tenga que conocer específicamente sobre los papeles de Bárcenas (algo posible ya que hay una causa que se está instruyendo) diga que hubo una contabilidad B del PP y nos diga en qué época. Y quizás nos diga algo más: que la contabilidad B que se declara probada sea precisamente la que aparece en esos papeles, afirmando que todo lo que allí consta es cierto y qué consecuencias jurídicas tiene. Puede que, en ese momento, tras la prueba y la contradicción, quede claro que los papeles no son, como dicen algunos peperos, un pastiche en el que se incluyeron partes que aparecen en la contabilidad oficial y otros apuntes inventados para dar cobertura a las chorizadas o para chantajear a alguien. Porque esos papeles —más desde el punto de vista de la presunción de inocencia— se tambalearán si se demuestra que son falsos en alguna parte, como es lógico. Y la sentencia tendrá que entrar a fondo sobre ellos, explicando y motivando la decisión.

Mientras eso sucede o no, no me parece razonable comparar a Cospedal con un secesionista. Y lo triste es que, en gran medida, todo esto es producto de los excesos de dos magistrados. Porque, de no haberlos cometido, en vez de esas preguntas, podríamos haber presenciado otras más interesantes. Voy a improvisar una: ¿qué sistemas de control mantenían ustedes sobre el partido y sobre las administraciones que han gobernado que permitían el amaño masivo de contratos públicos y la obtención de dinero sucio por los que ocupaban despachos situados al lado del suyo? ¿Cómo se consigue que cientos, quizás miles de afiliados y funcionarios miren para otro lado y no hagan preguntas?

 

Apostillas al Gran Hedor

 

En 1902, durante uno de los últimos brotes de peste bubónica, cuando ya era conocida la relación entre la transmisión de la enfermedad y las pulgas, la administración colonial en Hanói decidió pagar por rata muerta. La socialdemócrata medida, sin embargo, tuvo una consecuencia indeseada: muchos ciudadanos descubrieron el negocio y empezaron a criar ratas en sus casas para luego matarlas y cobrar por sus despojos.

Para lograr el bien, incentivaron el mal. Y, en este caso, ni siquiera se puede afirmar que estuvieran haciendo algo incorrecto. Simplemente obviaron el factor humano.

Aquí he contado algunas cosas. Y me quejo por un exceso que no puedo compartir, incluso presuponiendo que no haya en los magistrados ningún interés espurio. No eran ellos los que tenían que ponerse a pagar dinero por las ratas y, sin embargo, al ofrecer un botín en forma de discurso utilizable, puede que terminen consiguiendo algo peligroso: que los jueces se animen y empiecen a hacer literatura política en sus sentencias, incluyendo consideraciones y declarando probados hechos que no tienen consecuencias jurídicas y esparciendo miguitas que los ciudadanos, aplicados y confiados ante la autoridad (eso es un magistratus, alguien mejor, alguien que sabe más), seguirán con diligencia. Las nefastas consecuencias de esto son obvias y, de extenderse, provocarán, tras la alegría inicial de aquellos a los que favorezca el caso concreto, el descrédito del poder judicial. Solo piensen en los miles de jueces con miles de biografías y miles de posiciones políticas y vitales no solo explicando lo que creen sobre la vida y el arte, sino instruyéndonos sobre las soluciones que ellos, tan preparados, encontrarán para cada problema. Sí, esta plaga ya infectó a los militares en el pasado y sabemos perfectamente qué pasó.

Entonces, ¿por qué esto?:

Se me ocurren tres explicaciones. Escojan la que prefieran;

1.- La primera es que el autor es un poco pastelero y ha decidido nadar y guardar la ropa, dando un poco de qué disfrutar a las diferentes aficiones. Es una hipótesis solvente, porque el hecho de que termine por no agradar a nadie no sería sino muestra de torpeza y no excluiría la equidistante intención inicial, que además le sirve de impulso en el proceloso intento de mantenerse en el mundo del opinador profesional.

2.- La segunda es que lo primero que se le ocurrió al autor fue relacionar el asunto con una anécdota histórica tan excelente (dando muestra además de una vasta cultura —esto es emic—), para lo que era impresindible introducir lo del Gran Hedor como fuera y, como ya no encajaba bien con la historia tras leer la sentencia, se agarró al calzador de la adversativa y a otra cosa.

3.- La tercera nos lleva al texto:

«Quien carece de argumentos morales para discrepar, sin embargo, es el PP. En el verano de 1858 (…)

Aun sin esos pasajes tan desafortunados, la sentencia del caso Gürtel es otra enorme carretada de estiércol. Sus páginas nos muestran la porquería fluyendo sin obstáculo en los alrededores y dentro del partido. Nos revelan una política de omertá ante la mugre, de ignorancia deliberada. Eso, en la mejor de las hipótesis. Cómo creer las protestas y la indignación de los que hablaban de casos aislados cuando los hemos pillado cubriendo las alcantarillas con alfombras perfumadas.

El gran hedor es la herencia de una generación de políticos del PP y cada vez es más inverosímil que corra el agua, limpie los establos y quede alguien para contarlo.»

Si lo criticable en la sentencia es precisamente lo que casi sin excepción han utilizado los políticos y periodistas de este país para declarar la emergencia nacional —innúmeras veces he escuchado y leído que la sentencia declara que el PP como tal es corrupto y que los jueces no creen a Rajoy y esto es gravísimo— una solución que habría evitado el Gran Salto sería expurgar esos párrafos del artículo y decir que los políticos y periodistas, sin ellos, se habrían quedado sin las divisiones soviéticas y Rajoy podría continuar fumándose un puro y saludando a los barcos al pasar. El artículo, además, serviría para denunciar el mal uso de las instituciones por unos —presumámoslo así— bienintencionados magistrados. ¡Olé!

Esa solución presenta un problema: habría incongruencia omisiva. Para empezar, el autor no es juez: no está obligado a limitarse a analizar lo que dice y lo que no debe decir la sentencia, puede ir más allá. En segundo lugar, y por eso reproduzco los párrafos del artículo, el autor está explicando qué conclusiones se extraen de la sentencia después de borrar lo que no está justificado. Esto es lo más divertido: los jueces han decidido facilitar la labor a los que necesitan titulares, pero para la “verdad” no era necesario. Los miles de folios apestan. Al menos, apestan a ignorancia deliberada, a mirar para otro lado, a un no hay nadie que me libre de ese molesto sacerdote. Apestan a necesitamos pasta y no vamos a preguntar de dónde sale. Apestan a colaboracionistas sin cara. Muchos. Cientos de facilitadores que, en el mejor de los casos, no hacían preguntas cuando les pedían ayuda nuestros hijoputas.

Y esto, además, envuelto ya en un mar de cieno. El legajo flota entre la mierda. En esta tercera hipótesis, el autor del artículo simplemente habría hecho su trabajo.

Escojan ustedes la hipótesis que más les guste.

Por cierto, sí, la anécdota que abre estas apostillas está metida con fórceps, pero es que es tan cojonuda que no me he resistido a incluirla.

 

 

Mentiras y muñecos de ventrílocuo

 

Publica El Mundo esta entrevista de Emilia Landaluce a Albert Rivera. Una más. No hay diferencia apreciable entre Rivera y la mayoría de los políticos. Las respuestas me parecen, en general, superficiales, mensajes de galletita china, y, en algún caso, sonrojantes (por ejemplo, lo que dice sobre cuándo se produjo la «primera parte» del «golpe» para justificar el bandazo que dieron sobre el 155 o la agrupación de niños y mujeres como más débiles —algo que me parece ofensivo—). Digamos que la entrevista es, como he dicho, una más.

Pero hay algo que está feo. Muy feo. Y es mentir. Rivera es licenciado en derecho y creo que llegó a trabajar como abogado. No concibo error en lo que dice, que es esto:

«La Legislatura está liquidada por la condena por corrupción al partido del Gobierno.»

Y esto:

«No se puede gobernar en minoría, sin apoyos y con tu partido condenado por corrupción.»

El PP no ha sido condenado por corrupción. Eso es falso. No solo no hay en la sentencia una sola mención de la que resulte que el Partido Popular ha sido condenado por delito de ningún tipo, sino que la única consecuencia jurídica de la sentencia para el Partido Popular expresamente implica que no es responsable de hecho delictivo alguno. De ninguna manera*.

 * * * * *

He leído esto. No voy a darlo por cierto porque me parecería literalmente acojonante que se considere normal que señores diputados que representan la soberanía popular, no sujetos a mandato imperativo y a los que les está expresamente prohibido por la Constitución delegar su voto, que es calificado como personal, firmen papeles en blanco para que se puedan rellenar a voluntad de quien los tiene en su poder para que este, ni más ni menos, pueda hacer algo como presentar una moción de censura (algo de tanta trascendencia y con efectos jurídicos inmediatos, ya que el presidente del Gobierno pierde su facultad de disolver una o ambas cámaras).

Si alguien hace eso —algo que a mi juicio debería considerarse como un caso claro de fraude y de ausencia de consentimiento, por más que luego el tipo que firma en blanco vuelva a decir sí bwana— no es un diputado. Ni merece serlo.

 

*NOTA: La sentencia del caso Gürtel condena al PP a devolver doscientos y pico mil euros como partícipe a título lucrativo, lo que expresa y literalmente excluye en la sentencia (en términos jurídicos) conciencia por el PP (como partido) de que ese dinero que ha de devolver tuviera un origen delictivo.

El artículo 122 del Código Penal dice:

El que por título lucrativo hubiere participado de los efectos de un delito, está obligado a la restitución de la cosa o al resarcimiento del daño hasta la cuantía de su participación.

El Tribunal Supremo explica que la acción contra el partícipe a título lucrativo por el perjudicado es de naturaleza civil, no penal, pero, a su vez, y a diferencia de la responsabilidad civil subsidiaria derivada del delito la obligación de restituir no es consecuencia del delito.. Veamos qué dice el Tribunal Supremo (las negritas son mías):

«El art. 122 del Cpenal define al tercero a título lucrativo como aquel que se ha beneficiado en los efectos del delito o falta sin haber participado en el mismo ni como autor ni como cómplice.

Por tanto el tercero a título lucrativo se define por las siguientes notas :

a) Nota positiva el haberse beneficiado de los efectos de un delito o falta.

b) Nota negativa no haber tenido ninguna intervención en tal hecho delictivo, ni como autor o cómplice, pues en caso contrario sería de aplicación el art. 116 y no el 122 del Cpenal.

c) Que tal participación o aprovechamiento de los efectos del delito lo sea a título gratuito, es decir, sin contraprestación alguna.

d) Por tanto no se trata de una responsabilidad ex delicto, sino que tiene su fundamento en el principio de que nadie puede enriquecerse de un contrato con causa ilícita –art. 1305 CCivil. En definitiva, se trata de una manifestación aplicable al orden penal según el cual no cabe un enriquecimiento con causa ilícita  (…)

Por contra, la responsabilidad civil subsidiaria :

a) Tiene su origen en el propio delito.

b) Se trata de una responsabilidad ex delicto.

c) La obligación de hacer frente a las consecuencias económicas del delito se amplía a personas que no participaron en el a consecuencia de la especial relación que une al responsable penal con el responsable civil en los términos y forma declarados en los arts. 120 y 121 del Cpenal, que se refiere a casos de culpa in vigilando, una situación de dependencia, una culpa in eligendo, un beneficio para el responsable civil de lo efectuado por el responsable de la infracción o un mal funcionamiento defectuoso de los servicios públicos.

d) Su extensión es coincidente con la declarada para el responsable penal.»

Más del Tribunal Supremo:

“La responsabilidad como partícipe a título lucrativo es una responsabilidad civil directa declarada en sentencia constitutiva, pero cuya existencia en nada puede confundirse con la responsabilidad criminal, (…) No existe una igualdad axiológica entre el responsable penal y el partícipe a título lucrativo. La responsabilidad de éste no debe estar expuesta al mismo juicio de reproche que sirve de fundamento a la declaración de culpabilidad penal. Desde este punto de vista, existe una desconexión con el delito objeto de enjuiciamiento, tanto en relación a su autoría y participación, como respecto a la eventual posibilidad de comisión por un tercero de un delito de encubrimiento. El partícipe a título lucrativo, por definición, no puede tener conocimiento alguno del hecho típico ejecutado por otro y del que se derivan sus activos patrimoniales. Dicho con otras palabras, el partícipe a título lucrativo participa de los efectos del delito, esto es, participa del delito, pero no en el delito. De ahí que su llamada al proceso no tenga otro objeto que la interdicción del enriquecimiento ilícito. Su exigencia en el proceso penal no puede perder de vista la naturaleza que le es propia”.

La sentencia del caso Gürtel dice:

«CONCLUSIÓN:

Como partícipe a título lucrativo del art. 122 CP responderá:

· El PARTIDO POPULAR, de modo directo y solidario con Guillermo Ortega Alonso, José Luis Peñas Domingo, Juan José Moreno Alonso, Mª Carmen Rodríguez Quijano, Francisco Correa Sánchez y Pablo Crespo Sabarís hasta un importe total de 133.628,48 €.

· El PARTIDO POPULAR hasta un importe de 111.864,32 €, correspondiente a los gastos referidos a la campaña electoral de las elecciones de 25.5.2003, de modo directo y solidario, con Jesús Sepúlveda Recio.»

 

 

Cuidado, que vienen los nuestros

 

Después de las elecciones de 2015 escribí esto.

Hace un año escribí esto.

Se vuelve a repetir el escenario. Solo cambian las expectativas de unos y otros, pero eso, aunque parezca extraño, solo refuerza mis opiniones. Sí, ya lo sé, qué escándalo, aquí se juega. Pero no se escandalicen por mi escándalo, porque yo no me estoy escandalizando. Solo hago recuento.

Una vez más, se nos dice, estamos ante una situación de urgencia histórica. Pero, ¿qué habría pasado si …?

… el PP, acuciado por la necesidad de continuar en el poder y el miedo a unas segundas elecciones, acepta. Desde ese momento, Ciudadanos y el PSOE asumen el control de parcelas enormes de poder, participan de las deliberaciones y acuerdos del Consejo de Ministros, y se impulsan esas medidas (por ejemplo, la designación de un Fiscal general independiente). En este caso, todo lo que está apareciendo —lo del PP— seguiría siendo porquería del PP, pero los ciudadanos españoles podrían aceptar que desde el poder no se favorece la impunidad (o que esto, al menos, es mucho más difícil).

Naturalmente, ese escenario también habría tenido costes para Ciudadanos y el PSOE. Tendrían que haber admitido una parte del programa del PP, pero esa parte podría centrarse en cuestiones “neutrales” (fuera de la regeneración política). Tendrían que haber gobernado y asumido el desgaste correspondiente, pero ¿no se supone que es eso lo que quieren hacer, gobernar para ir aplicando las medidas que defienden? Y no podrían haber atacado al “Gobierno” en el momento en que apareciesen esos casos, por su actuación en ese momento (siempre que se cumpliesen los acuerdos), aunque podrían seguir haciéndolo por sus actos pasados, por sus responsabilidades pasadas.

(…)

Gobernar pactando y, a la vez, explicar a los ciudadanos el contenido del pacto y la acción concreta de Gobierno (con sus errores inevitables) les pareció demasiado riesgo. Es una trola que les importe España por encima de todo. Por encima de todo les importan ellos mismos (a todos). Porque todos son unos enanos y porque creen que los españoles son tan imbéciles que era imposible que un número suficiente de ellos comprendiera y agradeciera el esfuerzo.

No lo sabremos nunca. Resulta que la corrupción del PP es un asunto tan grave y acuciante que hay que ponerse de acuerdo para desalojar a ese partido del Gobierno, y el PSOE y Ciudadanos se dedican a lo que les conviene en primer lugar y, más tarde, a lo que les conviene. Uno a intentar que se retrate Ciudadanos votando que no a una moción de censura. El otro exigiendo elecciones porque las encuestas. De los demás no hablo, porque esos no es que anden abiertamente a ver si pillan un cacho de botín, es que lo proclaman. Salvo Podemos, que de un partido sin hipotecas se ha transmutado en un partido responsable y por eso apoya al PSOE sin exigir nada a cambio.

Y luego está el espectáculo de los grupis de unos y otros a hostias, usando la enorme viga que tienen en el ojo como porra.

Me imagino a Rajoy, esta vez sí  genuinamente descolocado, como el gif de Travolta, mirando a derecha e izquierda y preguntando a la nada: pero ¿va a venir alguien o no a echarme?

Mariano, no te preocupes. Tú solo sé fuerte.

 

Salgo a la calle y solo veo a los míos

 

El problema del nacionalismo, de la identidad nacional y de los símbolos nacionales es que son un destilado de la tribu. Una manera fácil de saber cuáles son los tuyos. Es obvio que no son iguales todas las naciones; que tampoco lo son aquellas partes de la cultura de un lugar que escogemos como elementos que sirven para definirnos. No son iguales el nazismo, el republicanismo francés y el nacionalismo estadounidense. Hay discursos más perversos que otros, como hay religiones peores. Pero no por eso dejamos de llamar religiones a las religiones.

De hecho, una de las características típicas de toda religión es la idea de ser la auténtica. Y algo típico de todo nacionalismo es autodefinirse defensivamente como paso previo: se construye precisamente para excluir a otros, que son —se admita o no abiertamente— diferentes y, por eso, peores (este paso es casi inevitable). ¿Qué nacionalismo permitiría una descripción que impidiese desarrollar fácilmente su principal virtud, acotar a los unos frente a los otros? ¿Y basándose en qué? Siempre en descripciones preestablecidas, nunca en procedimientos abstractos de discusión. En las versiones más rancias y peligrosas, esas descripciones nacen de las entrañas de la tierra, de latidos ancestrales, del espíritu milenario de los pueblos, de brumas definidas grupal y entrecortadamente,  para dar calor en invierno.

Por eso no hay nacionalismo bueno. El nacionalismo es una enfermedad, el síntoma de un mal endémico. Un residuo irracional, nacido de nuestros instintos animales, gregarios. En cuanto aplicas la razón, el nacionalismo debería empezar a diluirse, como el mal olor cuando empiezas a asearte con frecuencia. Por desgracia, el instinto es tan fuerte, que los hombres lo han racionalizado —con una intensidad obtusa pero eficaz—  basándose en datos inventados y en correlaciones forzadas. Esa racionalización está detrás de sus versiones más criminales, las que llegan a descripciones abiertamente racistas o las que relacionan la buena civilización incluso con una latitud geográfica (no hablo, obviamente, del origen histórico de las instituciones).

Este déficit de razón afecta incluso a las versiones más ligeras del nacionalismo. También esas versiones incluyen una cierta cantidad de racionalización forzosa. Algunas incluso son conscientes de que utilizan las emociones y lo dan por bueno por eso del horror vacui. Si intentamos construir una sociedad basada solo en algunas buenas ideas y renunciamos a la identidad, puede que otros terminen ocupando el vacío, vienen a decirnos. Ya que el nacionalismo es inevitable, construyamos un nacionalismo inclusivo, abierto, en el que la idea de ciudadanía y de libertad forme parte de la identidad, de forma que todo el que quiera pueda integrarse en esa patria de las ideas. En estas versiones, los símbolos (las banderas, los himnos, los escenarios solemnes) sirven de apoyo sentimental para la buena dirección de la historia. En estas versiones, todo esto sobra, pero lo dejamos para continuar sintiéndonos en casa.

Claro, cómo no preferir eso a otras formas de nacionalismo. Pero no nos engañemos, uno de los males del nacionalismo es que es corrosivo. Empezamos diciendo que nuestra civilización es mejor, que nuestras instituciones son más complejas y más abiertas, que permiten mayor libertad y que esto se resume en somos A y esta es nuestra bandera y lo recordamos en nuestro himno, y pronto resulta que esas ideas complejas son difíciles de explicar —sobre todo cuando hay problemas— y exigen la pausa, la reevaluación, la discusión permanente, la exposición de nuestras malas ideas, la discusión de nuestros prejuicios. Un día ya estamos cansados y hay algún tipo vendiendo paraísos y ya no hacemos tanto caso a las bases de ese patriotismo de las ideas, y nos quedamos con que somos mejores porque somos de A y te lo digo cantando mi himno y pasándote por el morro un puto trapo lleno de colores y figuras geométricas.

Puede que sea útil y eficaz utilizar las emociones y los sentimientos. Que facilite el establecimiento de ciertas políticas. Pero es un atajo y hay que recordarlo siempre. Llamando a las cosas por su nombre. El avance de la civilización no es producto de las emociones. No lo ha sido nunca. Por mucho que los que están en el lado correcto de la historia se hayan apoyado en ellas. Las emociones no nos hacen tener razón, solo nos hacen creer que la tenemos. Y esa creencia puede ser igual de fuerte en alguien que cree que todos tenemos derecho a perseguir la felicidad porque somos libres e iguales o en alguien que cree que todos tenemos derecho a perseguir la felicidad porque somos blancos y hombres.

Me voy a citar:

«En más de una ocasión he discutido con amigos sobre esto del patriotismo y siempre he afirmado que no creo (que no puedo creer) en otro patriotismo que un patriotismo legal, ciudadano, basado en una idea compartida de cómo tendría que ser mi nación. Mi patria, por tanto, podría estar en cualquier lado y, en su manifestación ideal, estaría en todos ellos. Mi patria no tiene base territorial. En mi patria racional, cabe todo el que quiere vivir civilizadamente; cabe cada idioma y cada producto cultural, siempre que el que lo aporte ajuste su comportamiento a ciertas reglas que nos permitan convivir y ser libres. Mis sentimientos de españolidad, cuando puedan aparecer, son en realidad un lastre, un producto reptiliano, grupal. Supongo que existen defensivamente, pero preferiría que desaparecieran. Sería un magnífico síntoma. Mi patria, por tanto, no es una patria, tal y como se ha entendido habitualmente.

Si, pese a estar de acuerdo con lo que acabo de exponer, nos aferramos a esos sentimiento es por el miedo a la apatridia. Por miedo a no ser de ninguna tribu. Qué magnífico sería un mundo en el que ese miedo no existiese. En el que bastase un pasaporte que nos acreditase como seres humanos civilizados.»

Sí, sería peor una España que propugnase las esencias de la raza. Pero una que diga esto …

«El futuro de España será lo que queramos los españoles. Hemos escrito juntos nuestro destino

«Cuando nos dividimos, los españoles somos débiles. Pero juntos somos imparables.»

«Ha llegado la hora de liberarnos de nuestros complejos, de construir entre todos un nuevo proyecto nacional (…) . Porque ser españoles en el siglo XXI es ser solidarios, es defender la unión y la igualdad, es respetar o mostrar con normalidad los símbolos que nos unen, es, en definitiva, amar la libertad.

«Tenemos un patrimonio cultural incomparable, una historia rica y apasionante, un pasado lleno de personajes extraordinarios. Porque un país lo construyen las personas y lo mejor de España somos los españoles

«En la España que viene todo es posible

«Una España con prestigio y liderazgo en el mundo, una España sin complejos, que sólo mira al pasado para aprender de los aciertos y errores, y que mira al futuro para seguir soñando

«Viene la España de la que nos vamos a volver a sentir orgullosos, viene la España con la que vamos a recuperar la dignidad. Viene la España de los ciudadanos libres e iguales.»

… no se acerca ni remotamente a nada de lo que sentir orgullo. No es, en suma, más que otro ejemplo de tipos dándose golpes de pecho y reclamando ser la sal de la tierra.

Déjales un rato dándose golpes, pon fuerte la música, favorece que las lágrimas aparezcan al hablar de la patria, y rápidamente empezarán a mirar mal al de al lado, al tipo ese que no se emociona en absoluto. Al otro.