Salgo a la calle y solo veo a los míos

 

El problema del nacionalismo, de la identidad nacional y de los símbolos nacionales es que son un destilado de la tribu. Una manera fácil de saber cuáles son los tuyos. Es obvio que no son iguales todas las naciones; que tampoco lo son aquellas partes de la cultura de un lugar que escogemos como elementos que sirven para definirnos. No son iguales el nazismo, el republicanismo francés y el nacionalismo estadounidense. Hay discursos más perversos que otros, como hay religiones peores. Pero no por eso dejamos de llamar religiones a las religiones.

De hecho, una de las características típicas de toda religión es la idea de ser la auténtica. Y algo típico de todo nacionalismo es autodefinirse defensivamente como paso previo: se construye precisamente para excluir a otros, que son —se admita o no abiertamente— diferentes y, por eso, peores (este paso es casi inevitable). ¿Qué nacionalismo permitiría una descripción que impidiese desarrollar fácilmente su principal virtud, acotar a los unos frente a los otros? ¿Y basándose en qué? Siempre en descripciones preestablecidas, nunca en procedimientos abstractos de discusión. En las versiones más rancias y peligrosas, esas descripciones nacen de las entrañas de la tierra, de latidos ancestrales, del espíritu milenario de los pueblos, de brumas definidas grupal y entrecortadamente,  para dar calor en invierno.

Por eso no hay nacionalismo bueno. El nacionalismo es una enfermedad, el síntoma de un mal endémico. Un residuo irracional, nacido de nuestros instintos animales, gregarios. En cuanto aplicas la razón, el nacionalismo debería empezar a diluirse, como el mal olor cuando empiezas a asearte con frecuencia. Por desgracia, el instinto es tan fuerte, que los hombres lo han racionalizado —con una intensidad obtusa pero eficaz—  basándose en datos inventados y en correlaciones forzadas. Esa racionalización está detrás de sus versiones más criminales, las que llegan a descripciones abiertamente racistas o las que relacionan la buena civilización incluso con una latitud geográfica (no hablo, obviamente, del origen histórico de las instituciones).

Este déficit de razón afecta incluso a las versiones más ligeras del nacionalismo. También esas versiones incluyen una cierta cantidad de racionalización forzosa. Algunas incluso son conscientes de que utilizan las emociones y lo dan por bueno por eso del horror vacui. Si intentamos construir una sociedad basada solo en algunas buenas ideas y renunciamos a la identidad, puede que otros terminen ocupando el vacío, vienen a decirnos. Ya que el nacionalismo es inevitable, construyamos un nacionalismo inclusivo, abierto, en el que la idea de ciudadanía y de libertad forme parte de la identidad, de forma que todo el que quiera pueda integrarse en esa patria de las ideas. En estas versiones, los símbolos (las banderas, los himnos, los escenarios solemnes) sirven de apoyo sentimental para la buena dirección de la historia. En estas versiones, todo esto sobra, pero lo dejamos para continuar sintiéndonos en casa.

Claro, cómo no preferir eso a otras formas de nacionalismo. Pero no nos engañemos, uno de los males del nacionalismo es que es corrosivo. Empezamos diciendo que nuestra civilización es mejor, que nuestras instituciones son más complejas y más abiertas, que permiten mayor libertad y que esto se resume en somos A y esta es nuestra bandera y lo recordamos en nuestro himno, y pronto resulta que esas ideas complejas son difíciles de explicar —sobre todo cuando hay problemas— y exigen la pausa, la reevaluación, la discusión permanente, la exposición de nuestras malas ideas, la discusión de nuestros prejuicios. Un día ya estamos cansados y hay algún tipo vendiendo paraísos y ya no hacemos tanto caso a las bases de ese patriotismo de las ideas, y nos quedamos con que somos mejores porque somos de A y te lo digo cantando mi himno y pasándote por el morro un puto trapo lleno de colores y figuras geométricas.

Puede que sea útil y eficaz utilizar las emociones y los sentimientos. Que facilite el establecimiento de ciertas políticas. Pero es un atajo y hay que recordarlo siempre. Llamando a las cosas por su nombre. El avance de la civilización no es producto de las emociones. No lo ha sido nunca. Por mucho que los que están en el lado correcto de la historia se hayan apoyado en ellas. Las emociones no nos hacen tener razón, solo nos hacen creer que la tenemos. Y esa creencia puede ser igual de fuerte en alguien que cree que todos tenemos derecho a perseguir la felicidad porque somos libres e iguales o en alguien que cree que todos tenemos derecho a perseguir la felicidad porque somos blancos y hombres.

Me voy a citar:

«En más de una ocasión he discutido con amigos sobre esto del patriotismo y siempre he afirmado que no creo (que no puedo creer) en otro patriotismo que un patriotismo legal, ciudadano, basado en una idea compartida de cómo tendría que ser mi nación. Mi patria, por tanto, podría estar en cualquier lado y, en su manifestación ideal, estaría en todos ellos. Mi patria no tiene base territorial. En mi patria racional, cabe todo el que quiere vivir civilizadamente; cabe cada idioma y cada producto cultural, siempre que el que lo aporte ajuste su comportamiento a ciertas reglas que nos permitan convivir y ser libres. Mis sentimientos de españolidad, cuando puedan aparecer, son en realidad un lastre, un producto reptiliano, grupal. Supongo que existen defensivamente, pero preferiría que desaparecieran. Sería un magnífico síntoma. Mi patria, por tanto, no es una patria, tal y como se ha entendido habitualmente.

Si, pese a estar de acuerdo con lo que acabo de exponer, nos aferramos a esos sentimiento es por el miedo a la apatridia. Por miedo a no ser de ninguna tribu. Qué magnífico sería un mundo en el que ese miedo no existiese. En el que bastase un pasaporte que nos acreditase como seres humanos civilizados.»

Sí, sería peor una España que propugnase las esencias de la raza. Pero una que diga esto …

«El futuro de España será lo que queramos los españoles. Hemos escrito juntos nuestro destino

«Cuando nos dividimos, los españoles somos débiles. Pero juntos somos imparables.»

«Ha llegado la hora de liberarnos de nuestros complejos, de construir entre todos un nuevo proyecto nacional (…) . Porque ser españoles en el siglo XXI es ser solidarios, es defender la unión y la igualdad, es respetar o mostrar con normalidad los símbolos que nos unen, es, en definitiva, amar la libertad.

«Tenemos un patrimonio cultural incomparable, una historia rica y apasionante, un pasado lleno de personajes extraordinarios. Porque un país lo construyen las personas y lo mejor de España somos los españoles

«En la España que viene todo es posible

«Una España con prestigio y liderazgo en el mundo, una España sin complejos, que sólo mira al pasado para aprender de los aciertos y errores, y que mira al futuro para seguir soñando

«Viene la España de la que nos vamos a volver a sentir orgullosos, viene la España con la que vamos a recuperar la dignidad. Viene la España de los ciudadanos libres e iguales.»

… no se acerca ni remotamente a nada de lo que sentir orgullo. No es, en suma, más que otro ejemplo de tipos dándose golpes de pecho y reclamando ser la sal de la tierra.

Déjales un rato dándose golpes, pon fuerte la música, favorece que las lágrimas aparezcan al hablar de la patria, y rápidamente empezarán a mirar mal al de al lado, al tipo ese que no se emociona en absoluto. Al otro.