Gato negro, gato blanco, gato etarra

 

El señor Sánchez no lleva ni una hora de presidente del Gobierno y ya ha comenzado la campaña para blanquear la ignominiosa forma con la que ha llegado al cargo. Hay una que me parece especialmente sangrante.

Leo que no podía evitar que determinados partidos le votasen y que no hay prueba de precio.

No hablo del PNV, claro. Todo el mundo tiene claro cuál ha sido el precio del PNV. Sánchez no lo ha reconocido y ha tenido que decir sandeces para justificar lo de tragar con unos presupuestos que hace una semana eran el mal —desde que respeta lo que deciden las cámaras a que era preciso para la estabilidad de Ayuntamientos y Comunidades Autónomas—. Pero, en fin, esta enorme trola es una trola homologable en la política española. Además, claro que el PSOE podría haber firmado estos presupuestos (más divertido es lo de Podemos) y la auténtica exageración era la de hace una semana.

Tampoco hablo de Podemos. Sí creo que Sánchez seguramente no ha tenido que prometer nada a Podemos. Esto de la moción de censura, al hipotecado Iglesias, le venía tan bien que el PSOE no tenía ni que abrir la boca. De hecho, sin los errores estratégicos de Iglesias, este pacto llevaría años. Podemos es el aliado natural del PSOE. Lo ha demostrado por toda España. Nada raro, en consecuencia.

Hablo de los secesionistas y de Bildu. Pero también aquí hay que hacer diferencias.

Sánchez necesitaba a ERC y al PDeCat. El discurso blanqueador nos dice, sin embargo, que también ERC y el PDeCat necesitan a Sánchez o, al menos, que lo prefieren a Rajoy y por eso votan sí. Nos podríamos creer esto si Sánchez hubiera hecho algo muy sencillo: repetir sus palabras de los últimos meses. Sin innovar. Sin añadir una mísera coma de reproche. Incluso repetirlas con un añadido. Por ejemplo: «esto es lo que he dicho, que son ustedes unos golpistas, que están fuera de la ley, que han roto Cataluña por la mitad y que no solo no han cambiado el rumbo, sino que han elegido a un racista, pero vótenme porque soy mejor que Rajoy y mi partido es mejor que el PP». Podría haber dicho eso, pero ha optado por echar la culpa del «problema catalán» al PP y a la sentencia del Estatuto, trola tan gigantesca que me produce vergüenza ajena ver a los forofos socialistas tener que tragar con algo así, con un embuste de tamaño calibre, una de las coartadas —entre muchas otras, algunas auténticas deposiciones supremacistas— del secesionismo. Pero claro, Sánchez es «uno de los nuestros» y como se trata de echar al PP y que gobiernen los buenos, pues nada vamos a empezar esta nueva era de Acuario tragando una mierda del tamaño del macizo de Montserrat y poniendo la mejor mueca de la que seamos capaz.

Yo no sé si Sánchez regalará más cosas a los secesionistas. No tengo ninguna razón para el optimismo. Sobre todo porque, de momento, ya les ha regalado dos cosas: el silencio estrepitoso y una de sus coartadas favoritas. Gracias, majo.

Decía que había que hacer diferencias, porque, a pesar de todo, los secesionistas no son Bildu, aunque se hagan fotografías con Otegi.

Seguro que alguien me dirá: Sánchez no necesitaba los votos de Bildu. Claro, no los necesitaba, pero estos días se trataba de no hacer ruido. De ahí la bazofia intelectual sobre los «territorios» que quieren ser cosas. De ahí los asentimientos al portavoz de Puigdemont mientras este acusaba al PSOE de partido autoritario heredero del franquismo. De ahí las referencias al dolor y a lo que Sánchez «opina» sobre la condición de los golpistas encarcelados como «presos políticos». Por lo visto, el ya presidente del Gobierno opina que no lo son. Lo opina. Como opina que es mejor la tortilla de patatas con cebolla que sin ella. Joder, qué principios más arraigados los suyos.

Lo que yo esperaba, al menos, era que dijera a los herederos de la ETA y a los que toda su vida han estado aplaudiendo a los asesinos: «no quiero sus votos. No quiero ser presidente con sus votos. Son ustedes muy libres de votar sí, por supuesto. Pero, por mucho que me parezca mal lo que ha hecho Rajoy, antes me corto un brazo que entrar en la Moncloa de su mano. Y si no me diese la mayoría y necesitase sus votos, preferiría que continuase gobernando el PP. Para que les quede claro».

Sin embargo, el señor presidente del Gobierno se ha puesto a hablar de pensiones y de lo conforme que está con la portavoz de Bildu sobre la necesidad de derogar la llamada ley mordaza.

Esto es todo lo que Sánchez le ha dicho a la portavoz de Bildu, en sus dos intervenciones. No les pido que lo vean; no merece la pena. Lo pongo solo para que no tengan que creer mi palabra.

 

 

Imaginen a un candidato del Partido Popular a la presidencia del Gobierno que recibiera el apoyo de un partido nazi.

Imaginen que el candidato le dijera al tipo en cuestión unas palabras sobre lo importante que es reformar la ley hipotecaria, pero olvidase eso de «da usted asco, amigo nazi, y se puede meter sus votos por el culo».

Sí, imaginad lo que andarían diciendo los intensos que llevan un día tan indignados porque Rajoy estaba en un bar y no por la amnesia repentina del candidato estos dos días.

Aunque quizás lo que le haya pasado a Sánchez y al PSOE no es que estén padeciendo amnesia. Sino lo contrario: que acaben de recuperar la memoria.

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