Ha llegado la civilización

 

Estoy disfrutando mucho con el orgasmo permanente de la opinión publicada ante los nombramientos de Pedro Sánchez. Es bonito ver tanta ilusión. Pero no voy a pecar de aguafiestas; total, no tengo ninguna razón distinta de las conocidas —sobre todo de la debilidad de los números del Gobierno socialista— para ponerme a hablar de Obama y de Hollande, y estamos en primavera. Después de todo lo que ha pasado en estos años ¿quién no quiere ser optimista? Además, el presidente del Gobierno nos ha sorprendido por partida doble: primero por comparación con muchos gobiernos del pasado, poblados de gente grotesca e inadmisible; segundo por refutación de unas justificadas expectativas pésimas. Tanto nos ha sorprendido Sánchez, que parece más inteligente y más alto. Al final, solo rechina —mucho, eso sí— la vicepresidenta, de la que no diré más para no perder el tono alegre y faldicorto de esta entrada —no debemos excluir la posibilidad de que se trate de un nombramiento leibniziano que nos muestre de manera rotunda y descabellada la cantidad de mal que ha de haber en cualquier porción del mundo—.

También es ilusionante que haya tantas mujeres en el Gobierno. Que haya tantas que tengan la oportunidad de meter la pata y de comportarse con la mezquindad y la soberbia de los de arriba, y que pueda el personal, la masa de hormigas, cruelmente descojonarse de ellas como venganza estéril. Bueno, como es obvio, esto lo harán todos menos los machistas. Yo, por mi parte, y a pesar de mi bonhomía, voy a esforzarme por ser paritario y por poner, en consecuencia, a parir sobre todo a Carmen Calvo. Es mi forma de aplicar la discriminación positiva.

Ha sido también muy excitante el show. Eso de ir sacando a los ministros como si fueran jugadores millonarios para que los comunicadores pudieran pillar el micro y gritar cosas como «¡y ahooooora es el turno para el que ha subidooo más alto, para el preferido de la afición, para el que nos enseñó el caminooo al espacio, Peedro sideraaaal Duquee!». Qué gran entretenimiento. Con este precedente, las ruedas de prensa de los Consejos de Ministros pueden ser apoteósicas. Con sillas que giran y pulsadores que premien al plumilla más talentoso.

Y esto, además, va a tener unas consecuencias divertidísimas en todos los demás. Visto el éxito, se van a poner a intentar clonar el procedimiento. Si les sale mal, el descojone va a ser universal. Y si les sale bien, el descojone será aún mayor.

Por eso, aunque no lo desee, me temo que habrá quien termine apuntándose a la estrategia de hacer justo lo contrario. Nada de ser cool, moderno, joven, con estudios y mujer.

Buscar a un tipo zafio, de más de sesenta años, de esos que dicen verdades como puños y llaman a las cosas por su nombre, que no hable idiomas (a ser posible que no hable ningún idioma), antiguo miembro de la tuna, que insulte a los inmigrantes —pero no a todos, solo a la inmensa mayoría que viene a robar y a violar a las mujeres— y a los homosexuales aliados a los musulmanes amigos de las feminazis que creen en el cambio climático. A un tipo así, que se declare políticamente incorrecto, que afirme que a los violadores de niños hay que encerrarlos de por vida o, al menos, cortarles los huevos, solo le haría falta hablar de recuperar la grandeza de España para tener una oportunidad de dar la campanada.

Y luego, ojalá Nadal de ministro de deportes.

Sí, es broma. ¡Venga, entremos todos con paso firme en el siglo XXI y en la modernidad! Otra vez. Yo propongo que empecemos enterrando a Franco. Sí, otra vez.

O, al menos, vamos a guardarlo en el armario del fondo, hasta que volvamos a necesitarlo.

 

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