Utopía de un hombre que está cansado

 

He estado en el Valle de los Caídos dos o tres veces. El lugar es impresionante. El lugar, que no el monumento, desangelado y en descomposición. Así, con esa decrepitud contumaz, lo conocí ya la primera vez que lo vi, de niño. Aunque es cierto que la última su caducidad abundaba a simple vista y no era resultado de algún proceso parasimpático o de una resonancia sórdida. La cruz, al menos, puede presumir de cierta potencia. La basílica es fea con avaricia; una mixtura elefantiásica de nuevo ministerio y parroquia de barrio pijo madrileño. De hecho, es dudoso que se pudiese diseñar un lugar mejor para que se pudran los restos de un dictador asesino.

No le arriendo la ganancia a quienes tengan que blanquear este sepulcro de decenas de miles. Van a tener que atender a demasiadas expectativas. Lo de sacar los huesos del autócrata es lo de menos. Si no fuese por mi manía de que se cumpla el reglamento, los trocearía y vendería al peso en un puesto a la entrada del engendro, para así satisfacer la insania de los necrófilos que quieren tirarlos en una zanja o pisarlos y producir metáforas para sus microrrelatos. Llevan tanto esperando a Franco, que el anticlímax sería patético, como una manifa de tipos indigestos con caperuzas amarillas. Lo gordo es lo que viene después. No hay en los que mandan en España ni una centésima parte de la buena fe que sería precisa para hacer del valle de la muerte algo digno. Así que producirán un espantajo con olor a orines.

Mejor sería dejarlo tal cual. Poner una valla alrededor con señales de peligro. Que el tiempo haga su trabajo, un día se derrumbe y el que dé la noticia deba buscar en la wikipedia —o como decimos los abogados al hablar del INE, en el «organismo que lo sustituya»— para poder hacerlo con sentido.

«A los quince minutos de caminar, doblamos por la izquierda. En el fondo divisé una suerte de torre, coronada por una cúpula.

— Es el crematorio —dijo alguien—. Adentro está la cámara letal. Dicen que la inventó un filántropo cuyo nombre, creo, era Adolfo Hitler.

El cuidador, cuya estatura no me asombró, nos abrió la verja.

Mi huésped susurró unas palabras. Antes de entrar en el recinto se despidió con un ademán.

—La nieve seguirá —anunció la mujer.»