Injusticia poética

 

Él 17 años. Ella 37. Ella fue su madre en una película. Se ven. Anuncian el encuentro en redes sociales. Publican fotografías. Pero no publican todas. Él cuenta años después que tuvieron relaciones sexuales en un lugar en el que el consentimiento para mantener relaciones sexuales solo es admisible a partir de los 18 años. Hay fotografías de ambos desnudos en la cama de un hotel.

Él, en 2014, se embarca en un pleito contra su madre y su padrastro. Afirma que le han estafado una parte de sus ganancias. En 2014, justo cuando alcanza la mayoría de edad. A partir de 2013 empieza a ganar menos dinero. Tampoco sabemos exactamente cuándo. Nos dice la noticia que los cinco años anteriores a 2013 había ganado 2,7 millones de dólares (540.000 dólares de media), pero que han disminuido a 60.000 dólares al año. Pero no sabemos si esos 60.000 dólares son una media de los últimos cinco años antes de 2018 o un resultado final (en la fecha en la que se denuncian los hechos). Un artista infantil al cumplir 17 años empieza a ganar menos dinero. Él lo atribuye, cuando ya tiene 22 años, al encuentro sexual con ella. No al pleito contra su madre estafadora. Tampoco a la biología o al gusto del público, implacable aquella, voluble este.

En 2017, ella denuncia que un tipo muy poderoso la agredió sexualmente casi veinte años atrás. Su denuncia incluye datos aparentemente extraños, con relaciones sexuales posteriores consentidas. La denuncia se enmarca, sin embargo, en una ristra de acusaciones formuladas por muchas mujeres. Las denuncias muestran un patrón y el denunciado las admite parcialmente. Lleva décadas —se dice— haciendo algo que era conocido en un mundo que cultiva los buenos sentimientos, la igualdad, el progresismo, la lucha contra los peores ismos. Un mundo en el que se mueve mucha pasta y en el que montones de personas comprometidas se han callado y han tapado, durante décadas, las supuestas andanzas criminales de un sujeto abominable —ahora—. Un mundo que vende la cáscara y que, por eso, se apunta a lo que vende. Esa es la parte mágica: no se trata de autocrítica, sino de ventas. Y son especialistas en vender incluso su mierda abstracta. Los mismos tipos que daban abrazos al productor repugnante ahora lo señalan con el dedo. Qué importa que caigan algunos; ya sabemos que en otro par de décadas ganarán dinero rehabilitando a los premiados. Además, también sabemos que una característica del consumo en masa es la producción industrial de aquello que se vende. Desaparecen los matices y las circunstancias del caso. Si hay que vender un malo a cientos de millones de consumidores, un malo de superproducción, hay que dejarse de complejidades que dan dolor de cabeza. El agresor poderoso denunciado por decenas de mujeres por actos delictivos es igual al actor que hace cuarenta años quizás dijo lo que no debía. Quizás. Y además se incentivan los recuerdos interesados —dinero, venganza— cuando no la pura invención. Si basta con contar y no hay que demostrar, ¿por qué pararnos en contar lo sucedido, y no dar un paso más y fabular?

El ya no tan joven actor, ahora de 22 años, la ve denunciando un acoso sucedido hace décadas. Tiene pruebas de que ella estaba desnuda con él en una cama de hotel cuando él tenía 17 años. Ya no gana tanta pasta. Incluso recuerda que tras follar con ella —tras prácticamente verse forzado a follar con ella— se sintió mal. Sí, es verdad que un mes más tarde le manda un mensaje en el que le dice «te echo de menos, mamá», pero ¿acaso ella no tuvo relaciones sexuales con el productor después de que este la agrediese sexualmente? Afirma que ese encuentro le afectó tanto que su carrera se ha ido a pique y el abogado pide 3,5 millones de dólares. Ella paga 380.000 para cerrar el asunto.

Se filtra misteriosamente y ella ya no tiene salvación. Todo la condena. El acuerdo, las fotografías, la edad de él, su papel en la denuncia contra el productor, la diferencia de edad. Cada argumento que ella pudiera utilizar será como un bumerán. ¿Cómo argüir que el acuerdo solo pretendía evitar el daño publicitario en una época con tantos actores y directores con carreras arruinadas? ¿Cómo poner en duda la denuncia por los mensajes posteriores, por el tiempo transcurrido, por la posible búsqueda de pasta ahora que las vacas son tan flacas, cuando esos argumentos ya no sirven una mierda cuando él es ella y ella es él? ¿Cómo hablar de complejidades cuando los antaño fieles de la iglesia de Woody Allen, los que se pegaban de hostias por conseguir un papel en una de sus pelis, ahora se las comen —las complejidades— y las cagan expulsando ese «yo sí te creo» como si importase una mierda lo que pueda creer ese cobarde al que no puedes dar la espalda sin peligro?

Así están las cosas. Los que creen que el acoso y el abuso son cosas de «feminazis» salivarán con esta historia. Y los que se han apuntado a la caza de brujas, que Dios distinguirá, la despreciarán —qué otra cosa pueden hacer—, expulsándola del paraíso de la fama y la causa.

Yo, que creo que una persona de 17 años puede follar con otra de 37 sin que eso implique abuso de ningún tipo y que veo flotando alrededor del caso los sospechosos habituales, seguiré pensando que el productor es un cerdo, que posiblemente sea un criminal, que su hábitat está lleno de mierda —reluciente—, por mucho que ahora la mierda grite que aquí se juega y que no tengo ninguna razón, por el momento, para colocar a Asia Argento en el lugar de aquel. Tampoco a otros que ya no hacen ni anuncios de televisión.

Es lo que tiene ser, en ciertos asuntos, más papista que el papa.

 

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