Usera

 

Hoy, aprovechando que tenía que ir a la comisaría de Usera, he dado una vuelta por mi viejo barrio. Viví allí desde 1970 hasta 1982, desde mis cinco a mis diecisiete años, cuando nos cambiamos al Parque de las Avenidas. Prácticamente no había vuelto, salvo de manera fugaz. Hoy es el barrio chino de Madrid. Los negocios de entonces han desaparecido, aunque sigue habiendo muchos bares. Supongo que muy pocos de sus actuales habitantes sabrán dónde estaban sus tres cines, cerrados hace más de treinta años.

La zona nueva —para mí— está situada justo en lo que, entonces era lo peor del barrio. Hoy el descampado en el que jugábamos al fútbol, usando las carteras del colegio para formar las porterías —partidos siempre inacabados, porque venían a robarnos los críos de las chabolas y teníamos que salir de naja—, es un parque rodeado por la administración: allí cerca están la comisaría, la junta de distrito, el centro de salud, la biblioteca, el colegio, el polideportivo y el campo de rugby.

He pasado por calles que recorrí miles de veces, de niño. He parado delante del portal de mi vieja casa y he visto de nuevo las vallas del colegio en el que estudié cinco años. El barrio no ha cambiado demasiado. Solo ha encogido. Esta es una sensación común. Los recuerdos de niño siempre encogen cuando te haces mayor. Es como volver de Nueva York y entrar en Madrid. Todo te parece minúsculo, hasta que la costumbre nos recupera. Ha encogido todo salvo las aceras de su calle principal, ampliadas hace años. También imagino que los actuales habitantes del barrio pensarán que estoy chiflado si les cuento que la calle de Marcelo Usera fue, en los setenta y los primeros ochenta, una de las calles más comerciales de Madrid, un lugar en el que había peleas para conseguir un local.

Hace décadas que salí de allí. He vivido más tarde en zonas muy diferentes, pero creo que sigo «siendo» de barrio. No siento nostalgia. No me gustó vivir allí, ni me gustaría volver. Lo extraño es que, en cierto sentido, esta mañana haya estado en casa.

Me ha atendido un amable y muy joven agente de policía. Por su acento, diría que andaluz. He estado a punto de comentarle: aquí, donde estamos sentados, hace cuarenta años, solo había barro, basura y chabolas. Pero se me ha pasado enseguida.