Mal, todo nos parece mal

 

A veces, mi querido Jabois, argumenta y se despeña. Dice hoy:

Y cuando se olvide el crimen, porque se olvidará como se olvidan esos envenenados o tiroteados que le caen del cielo a Rusia, podremos detenernos en la fuerza de los medios y las imágenes: por qué en un país en el que las ejecuciones y lapidaciones son orden del día nos llama la atención y provoca una crisis un asesinatoSi ejecutan en público, bien; si lo hacen a escondidas y nos enteramos, mal.

Se despeña por varias razones.

En primer lugar, y por ser precisos, porque las lapidaciones —como castigo oficial ejecutado— no están al orden del día en Arabia Saudí. De hecho, son bastante raras en todo el mundo.

El último informe publicado por Amnistía Internacional sobre la pena de muerte y su cumplimiento dice literalmente:

CÓMO SE UTILIZÓ LA PENA DE MUERTE EN 2015

Como en años anteriores, Amnistía Internacional no recibió información sobre ejecuciones judiciales por lapidación. Dos mujeres fueron condenadas a muerte por lapidación por cometer “adulterio” estando casadas, una en Maldivas y la otra en Arabia Saudí. La mujer de Maldivas obtuvo la anulación de su declaración de culpabilidad y de la pena de muerte; en Arabia Saudí se revisó el caso y se conmutó a la mujer la condena a muerte en diciembre.

La lapidación es una pena prevista en la ley saudí, pero suele conmutarse por decapitación, que es el método de ejecución más habitual.

En segundo lugar, porque el plural mayestático es especialmente inapropiado en este caso: ¿a quién se refiere Jabois cuando afirma «si ejecutan en público, bien»? Que yo sepa, casi todo el mundo dice lo contrario: si ejecutan en público, mal.

Como nos parecen mal, por ejemplo, los miles de ejecutados en China e Irán, la dictadura castrista y el desastre venezolano, el terror coreano, el autoritarismo filipino, ruso y turco —y el que se avecina en Brasil—, los miles de muertos en Siria y Yemen y, a muchos, las ejecuciones en Estados Unidos.

Porque Estados Unidos es una democracia, pero ejecuta a gente.

Yo creo que a la mayoría de los españoles nos parece muy mal lo de Arabia; pero no solo las ejecuciones, sino en general todo su pútrido sistema. Luego, hay quien cree que pese a esto podemos hacer negocios con ellos. Yo creo que no deberíamos. Ni con ellos, ni con algunas otras dictaduras especialmente repugnantes. Más aún, aplaudo la utilización de divisiones aerotransportadas en los casos límite, pero ya sabemos que luego —a los que piensan como yo— nos acusan de militaristas e imperialistas. Incluso por proponerlo para quienes ni siquiera son un Estado, como sucede con el ISIS. Pero, volviendo a lo de antes, creer que las relaciones internacionales y comerciales son complejas e incluso creer —sinceramente— que tratar con las dictaduras y tiranías puede ser bueno a largo plazo —algo para lo que podría enumerar muy buenos argumentos, por lo que no retiro el saludo a los que lo defienden—, no equivale a que te parezcan bien las ejecuciones públicas. Digo yo.

En tercer lugar, porque hay un salto desde una ejecución por un Estado en su territorio por incumplir sus leyes —por asquerosas que nos parezcan y por corrupto que sea su sistema judicial— al secuestro de un tipo en territorio de otro país, seguramente tortura, ejecución extrajudicial y troceamiento del cadáver. Lo primero no se pretende ocultar y lo segundo sí, sobre todo porque lo primero es legal y lo segundo no. Por esa misma razón, los asesinatos de ciudadanos rusos fuera de Rusia, si los ordena el autócrata de Rusia, son mucho más graves que las ejecuciones en Rusia. Porque, en uno y otro caso, son como la versión especular de la jurisdicción universal: ya no se trata de perseguir en cualquier lugar del mundo a los que cometen crímenes de lesa humanidad, sino que los que cometen crímenes de lesa humanidad crean que puedan cometer impunemente sus crímenes en cualquier lugar del mundo y que no pasará nada, porque, total, son como las decapitaciones o los ahorcamientos en sus prisiones. Un ciudadano de Arabia Saudí sabe que en su país no está seguro, porque ese régimen tiránico puede acabar arbitrariamente con su vida. Y sabe que eso va a ser así por mucho tiempo y que será muy difícil que cambie. Pero un ciudadano de Arabia Saudí debería esperar razonablemente que las zarpas de su país no le alcancen fuera de él.

Como es evidente, las razones para considerar este caso más grave que una ejecución en Arabia Saudí son objetivas y no dependen de los medios o de las imágenes, por más que la naturaleza de los hechos atraiga especialmente a los medios y a los que los consumimos. No todo lo que nos parece mal es igual. Ni siquiera cuantitativamente igual.

Tampoco espero que España vaya más lejos de la consternación que critica Jabois. Ni la derecha ni la izquierda van a actuar correctamente: los miles de empleos de los astilleros y la campaña electoral lo van a impedir. Porque, además, es cierta la siguiente reflexión: si no construimos nosotros esos barcos los van a construir otros. Es decir, es cierto que nuestra protesta solo tendría como recompensa saber que hacemos lo correcto. Esto en un país que se cagó de miedo tras el atentado de Atocha y llamó asesino al presidente de su Gobierno, para luego vender que lo que castigaba era la mentira, es imposible.

En algo sí tiene razón Jabois. Pronto algún asunto ocupará el lugar del muerto. Algún asunto gravísimo en el que podremos demostrar lo buenas personas que somos, nuestra defensa de la tolerancia cero en X y nuestra indignación contra alguien que, probablemente, no tendrá la culpa de nada, pero reunirá, sin que se vean afectados nuestros intereses, todas las marcas públicamente reconocidas del hijoputa.