No eres Laura. Estás viva.

 

Hay algo curioso en este tuit:

Lo escribe una periodista con muchos años de experiencia, que ocupa una de las corresponsalías más importantes. Hay que presumir, por tanto, que a) es una persona muy capaz y b) es una persona especialmente informada.

Estas son las estadísticas de homicidios dolosos en España de 2016 del Ministerio del Interior:

La comparación no es perfecta, porque usa datos de 2013 y 2014 para otros países, pero no puede ser mucha la desviación.

En todo caso, la evolución, en esta materia, desde 2005 es bastante evidente (y, en 2005, España ya era uno de los países con menos homicidios dolosos del mundo):

He leído muchas críticas al tuit que comparan estas estadísticas con las de la ciudad de Nueva York (solo en la ciudad de Nueva York hubo más homicidios dolosos que en toda España en 2016; concretamente 335, un 3,4 por 100.000 habitantes, es decir, 5,4 veces más que en España). En parte, las críticas son injustas: la periodista no afirma que Nueva York sea más segura. Sin embargo, el tuit encierra algo perturbador y ese es el motivo de esta entrada.

Los sentimientos colectivos son peligrosos. No solo sirven para esclavizar a la gente, sino que suplantan al análisis racional y solo el análisis racional nos permite abordar problemas complejos. Hay pocos problemas más complejos que el de lograr un equilibrio entre libertad individual y seguridad en sociedades con millones de habitantes. De hecho, es curioso que se hable siempre de seguridad colectiva cuando se aborda el crimen, porque ese término parece más apropiado para conflictos en los que de verdad la seguridad de la mayoría se pone en peligro (por ejemplo, una guerra, o una situación de inexistencia real del Estado, a pesar de su existencia nominal). La expresión seguridad colectiva solo debería utilizarse fría, estadísticamente. Cada año, en España, una persona de cada 160.000 será asesinada (la gran mayoría serán hombres, por otra parte). Una de las más bajas cifras del mundo. De hecho, es milagroso que la civilización haya llegado aquí, si examinamos las sociedades del pasado. Estas cifras pueden retorcerse. En el análisis de las agresiones sexuales se retuerce cuando se utiliza la expresión «una mujer cada ocho horas es violada en España» porque, para hacer hincapié en el sufrimiento de la víctima y enfatizar la gravedad de los datos, se opta por una visión que encubre que las violaciones en 2015 ascendieron a 1.127, un 2,42 por cada 100.000 habitantes o 4,76 si solo consideramos la población femenina. 1.127 de 23.692.000 suena bien diferente de una mujer es violada cada ocho horas. Como el añejo uso de los campos de fútbol como medida, el número de víctimas por hora, sin mostrar el dato de la población incluida en la medida, es un espejo deformante.

Cuando se exponen los datos, siempre contesta alguien: «un solo caso es terrible». Y ahí es donde entra el peligro de sustituir la razón por los sentimientos. Esta entrada no es una apología del señor Spock. No voy a discutir la la importancia de los sentimientos en nuestra vida personal. De hecho, en gran medida la gobiernan, para bien o para mal. Pero lo que puede incluso ser positivo en la vida individual es siempre un error gravísimo a la hora de gobernarnos. Los sentimientos privados, individuales, tienen corto alcance. Mi enamoramiento o mi odio, mi exaltación al escuchar esa pieza de Bach o mi tristeza delante de ese cuadro de Velázquez, poco daño pueden hacer a un señor que vive en Cádiz. De hecho, los sentimientos individuales son de adición o resta complicadas porque suelen ser complejos, con perfiles propios. Sin embargo, en ocasiones se simplifican y empiezan a sumarse a los de otros. Es algo conocido: en un concierto en el que hay cien mil personas o en un estadio de fútbol, vemos a miles llorar o reír o excitarse al unísono. Y el hecho de verlos nos lleva a sincronizarnos con ellos, a «no ser menos». Esos sentimientos son además especialmente intensos porque la sensación —no la idea— de que los míos tienen razón, de que somos mejores, provoca un placer físico. Esa suma, esa ola de sentimientos, se basa necesariamente en la simplificación.

Esos sentimientos colectivos, tribales, están en el origen del nacionalismo y el racismo. Han sido fuente de las peores tragedias de la humanidad. Por eso lentamente fuimos colocando barreras, procedimientos, instituciones. Para responder a la inflamación no hay nada como la sala de espera de un médico. Eso son nuestras instituciones, salas de espera para las malas pasiones.

Por desgracia, estas cosas se olvidan recurrentemente. Casi nadie se da cuenta de que la gente que sustituye la razón por los sentimientos —aunque los disfrace de razones— siempre cree que «tiene razón». También cuando habla del «enemigo». Sí, el enemigo también cree que tiene razón y te percibe a ti como enemigo. Y, como la posición de unos y otros no se basa en el análisis racional, sino en los sentimientos, todos son inmunes a la posibilidad de cuestionárselos.

Todo esto se complica cuando usamos la razón y los procedimientos, cuando analizamos, con todos los marcadores éticos que queramos, la realidad relativizándola. Decir «un solo caso es terrible» es, desde este punto de vista, una estupidez. En una sala en la que se razona, al que dice eso, se le quita la palabra. Las medidas solo se pueden adoptar tras un diagnóstico serio, tras medir su coste —los recursos son limitados y hay límites infranqueables, como esos tan olvidados que tienen que ver con la libertad y la dignidad— y tras intentar prever sus consecuencias. Sí, es un coñazo hacer todo esto y, además, muchos nos perderemos. Resulta que, en ocasiones, te tienes que fiar del experto porque ni siquiera eres capaz de entender sus cálculos.

Pero es que, además, las olas sentimentales no solo no sirven para resolver nada, sino que a menudo provocan efectos terribles por su resonancia. Si repetimos constantemente que hay que tener miedo, que hay que hacer algo, que el mal está a punto de engullirnos, si reforzamos esto con millones de mensajes simplistas que repiten consignas y hashtags para lograr esa suma que nos sitúa en el bando de los buenos, podemos terminar provocando la venida del año mil y el fin de los tiempos. Los sentimientos colectivos producen efectos reales: te hacen creer que Alemania perdió la guerra por una conspiración judía mundial como dice el tipo ese del bigote y que es buenos matar a millones para lograr la aparición del reino de los cielos en forma de paraíso comunista.

En estos juegos peligrosos caerán los ciudadanos corrientes. Lo triste y terrible es que caigan personas informadas y con opiniones influyentes. Sobre todo cuando suponemos que esas personas no quieren que la ola sentimental sea utilizada por algún líder sin escrúpulos, como ya ha ocurrido en el pasado.

Por desgracia, el énfasis en el uso de los sentimientos colectivos se utiliza en las democracias por todos los partidos. Pero son nocivos. Siempre. Sí, también cuando se refieren a una mujer asesinada.