Pseudónimos

 

Unos tipos llevan tres días publicando la identidad real de algunos tuiteros jueces que usan pseudónimos. Como ese sitio quiere denunciar el supuesto anticatalanismo de esos jueces, es decir, como pretende señalarlos para que su grey sepa quiénes son, parece bastante obvio que es poco probable que se haya accedido legalmente a los datos que han permitido la identificación. Por tanto, es probable que alguien haya hecho algo irregular para obtenerlos, y también probablemente que ese algo sea delictivo. El sitio en cuestión afirma haberlos obtenido de un anónimo de esos a los que se la pone dura la careta de Guy Fawkes y que piensa que haciendo estas cosas a lo mejor folla con alguna Natalie Portman.

¿Hay interés público relevante en conocer la identidad de alguien que escribe en una red social con pesudónimo? Esto importa porque existe un derecho a su uso a la hora de publicar cualquier obra, y un tuit lo es. Por tanto, que un medio publique la identidad tras un pseudónimo, aunque la hayas obtenido de un tercero, puede ser un ilícito administrativo o civil. De hecho, obsérvese que no solo regulación sobre protección de datos da una base a este tipo de sanciones, sino que el propio Reglamento de Propiedad Intelectual restringe expresamente el acceso a los datos de quien publica bajo pseudónimo precisamente a quien demuestre interés directo en su conocimiento.La única manera, por tanto, de defender que se publique por un periódico la identidad de quien escribe bajo pseudónimo es el del interés informativo.

Como es obvio, cuando se trata de interés informativo, deberíamos preguntar por el caso concreto, pero, pese a ello, hay algunas generalizaciones interesantes.

Los autores que usan pseudónimo pueden obrar así por razones de lo más variopinto. Pero lo que importa no son tanto estas razones como el porqué de que sus opiniones, pese a su origen, adquieran notoriedad. No importa si los tuiteros truchos se avergüenzan de ellas, si tienen miedo a sus jefes, a sus parejas, a sus amigos, o a su madre, si quieren fantasear o renunciar a la alabanza ad hominem, si quieren demostrar algo sin estar presionados por su biografía. Lo que importa es por qué prestamos atención a lo que opine alguien que se hace llamar Mercutio, por ejemplo.

Todos sabemos que alguien en una red social que escribe con un pseudónimo puede hacerse pasar por quien no es. De hecho —permítanme el sarcasmo—, que se conozca tu identidad tampoco impide que intentes hacerte pasar por quien no eres. La mayoría de las biografías están construidas sobre décadas de esfuerzos para convencer a los otros de que eres lo que no eres. En todo caso, cuando se apunta uno directamente al pseudónimo, es perfectamente lógico que el interlocutor ponga aún más en entredicho eso que afirmas sobre cuestiones personales: por ejemplo, que eres un espía o que estás en Siria viendo como caen las bombas.

Sin embargo, hay personas que son capaces de mantener un discurso (insisto, quizás falso) que sea muy convincente pese al uso del pseudónimo. Puede que esa capacidad obedezca a la demostración de conocimientos, a la coherencia durante años, al uso de datos que puedan —más o menos— contrastarse. Pero también puede que sea solo producto de la inteligencia, del esfuerzo y del engaño. No hay garantías de que algún «genio del mal» no te esté estafando haciéndote creer sus mierdas.

Por tanto, lo primero que todos deberíamos considerar es lo siguiente: el uso honesto de un pseudónimo (salvo que estés haciendo literatura) debe implicar un esfuerzo añadido a la hora de argumentar. Alguien del que no sabemos nada arriesga menos que alguien que escribe con su nombre y apellidos. Da igual que el que usa pseudónimo lleve diez años «haciéndolo bien» y construyendo una especie de autoridad virtual: el uso de esa protección legítima le hace menos creíble, por definición y para siempre.

Como consecuencia de lo anterior, es muy difícil argumentar que pueda existir, en abstracto, un interés periodístico real por conocer quién está detrás de uno de esos nombres de pega. El tipo del pseudónimo es una especie de «embustero de entrada», ya que no nos dice quién es. Ese embuste, por definición, hay que extenderlo a todo lo que no podemos contrastar (su profesión, su estado civil, su capacidad para la cocina tradicional). Es alguien que decide poner una barrera para, en un sentido muy concreto, no hacer suyas sus propias opiniones. Con algunas salvedades:

1.- Que el que utiliza el pseudónimo esté haciendo uso de información cierta que no esté disponible para todos y esa información tenga relevancia.

2.- Que esté cometiendo delitos.

No se me ocurre otro caso en el que la identidad sea relevante. Salvo que pretendamos que es relevante todo lo que le sucede a alguien con interés público. Por ejemplo, a qué hora defeca o si le gusta el reguetón. Por tanto, si Pedro Sánchez utilizase un pseudónimo para escribir en tuiter, salvo que estuviera en el punto 1.- o 2.-, no habría interés público que justificase desvelar su identidad, porque no estaría escribiendo Pedro Sánchez sino @elpivotdelMaeztu. Y esto lo creo con independencia de las consecuencias que pudiera tener el hecho de que se hiciese pública esa identidad (por ejemplo, en la recusación de un juez).

Lo anterior, en lo que creo, sin embargo, es un desiderátum, por dos razones. Nos la cuelan en la vida real constantemente. Y nos la cuelan tipos con nombres y apellidos. A veces muy cercanos. A veces muy importantes. Esas mentiras a menudo no tienen consecuencias, por lo que hemos desprestigiado el honor como marca personal. Así que, como reacción ante este estado calamitoso de cosas, podemos caer en el error de terminar creyendo en personas que actúan bajo un nombre falso, solo por su simple apariencia, cuando lo inteligente es solo creer en lo que esas personas dicen por la fuerza de sus argumentos, sin construir prestigios a los que el propio autor renuncia al no hacer disponible su yo en la discusión.

La segunda razón es más prosaica: la gente que razona bien, que no miente, que usa datos contrastables, suele recibir atención. Y esto molesta a los que están en contra de sus argumentos o posiciones, que pueden terminar optando por jugar sucio. En primer lugar, porque nos encanta el argumento ad hominem y el pseudónimo nos lo jode. En segundo lugar, por hacerles daño y coaccionarlos. Ese sitio que revela la identidad de esos jueces, está, paradójicamente, demostrando su impotencia. A falta de razones, caza de brujas.

El uso del pseudónimo es legítimo precisamente porque decidimos en su momento que, en una sociedad libre, lo que importa es el intercambio libre de opiniones. Y por eso limitamos todas las trabas a lo más obvio: la actividad delictiva. Gracias a esto, muchas personas han podido contar con las explicaciones expertas de quienes, de otro modo, puede que no hubiesen escrito nada. Pero no necesariamente porque supiéramos que son jueces o fiscales —un juez o un fiscal también goza de libertad de expresión, por más que uno les recomiende cierta mesura, dada su función—, sino por alguna de esas razones personales que afectan a bomberos, directivos o autócratas dzúngaros.

Sí, una de esas razones personales que no son de su incumbencia, so cotilla.