Si los partidos políticos españoles son excelentes en algo, habrá que reconocérselo

 

Uno de mis mejores amigos no ha votado jamás. Salvo en alguna junta de vecinos, claro. No va presumiendo de ello. Tampoco explica gran cosa acerca del porqué. En un sentido práctico, su posición es irrefutable. Su voto no habría cambiado nada en estos treinta y tantos años. Con absoluta seguridad.

Yo he votado siempre, aunque sé que mi voto no ha servido para nada tampoco. No se escandalicen: sin mi voto nada habría cambiado. Lo sé con absoluta seguridad. No he votado porque sea hombre de orden —que lo soy—, ya que votar no es obligatorio. Tampoco por homenaje a nadie. Hay quien dice que debemos votar por respeto a los que lucharon por conseguir que hubiera elecciones. Es una falacia. Los que lucharon por el voto lucharon para que la gente pudiera votar o no. Eso es el derecho al voto: derecho a decidir si votamos o no y a quién. Si he votado siempre, ha sido porque me parece de buena educación. Como dar los buenos días, dejar propina, sujetar la puerta al desconocido que viene por detrás o ir a un tanatorio casi siempre a decir bobadas. Votar equivale a decir a los demás: venga, os acompaño, aunque no me apetezca o aunque no os apetezca. Digo esto porque, por desgracia, nunca me ha apetecido realmente ir a votar. Nunca he pensado, vale, compro el 51% de lo que me vende tal partido. Pero siempre he sido capaz de hacer un cálculo —no digo que haya sido acertado— y decidir que había algo menos malo.

Insisto, lo he hecho a sabiendas de la irrelevancia de mi voto o de mis opiniones. Incluso con un cierto conocimiento de mis sesgos.

Esta vez, sin embargo, no estoy siendo capaz. Tengo la sensación de que alguna vaina como las de La invasión de los ladrones de cuerpos ha crecido al lado de mi cama y ocupado mi lugar. Es como si la habitual calculadora de pocos pros y muchas contras —pero optimista, al fin y al cabo— hubiera dejado paso a un absolutista o a un tonto del 15-M, de esos que que levantan adoquines. Pero no, no es que me haya vuelto una sueca de quince años. No hablo de líneas rojas, sino de algo más trivial, algo así como un dolor de estómago. Una sensación de malestar que aparece en cuanto me imagino concretamente votando a este, a aquel o al de más allá. Una sensación que solo desaparece cuando me imagino el puto día de las elecciones en casa, leyendo un buen libro, zampándome un cocido y luego comentando los resultados, que es lo divertido.

Así ando, puteado por el recuerdo o las tradiciones. Si hubiera sido como mi amigo, me daría igual. El problema es que, si esto ya es así, cómo voy a esperar que una campaña pueda suprimir esa sensación de asco. Cómo va a suprimir esas sensación de asco una campaña que va a ser, con seguridad, la campaña más asquerosa de las últimas décadas.

Solo me consuela pensar que un voto como el mío es tan irrelevante que ningún partido hará el pequeñísimo esfuerzo de no enfangarse por completo para conseguirlo, habiendo tanta recompensa precisamente en hacer la campaña más asquerosa de la historia. Entiéndanme, no me consuela porque me parezca esto bien —que no me lo parece—, sino por la inevitabilidad. Como dice el protagonista de El último boy scout, el agua moja y las mujeres tienen secretos. Podemos añadir que los partidos quieren ganar elecciones y, por lo visto, solo hay una forma de ganarlas ya que todos hacen lo mismo.

Ah, si alguno de ustedes me dice que eso es lo que quieren, que piense que mi voto es irrelevante y que me quede en casa, tengan en cuenta que siempre he creído, en cuanto a lo primero, que tienen razón, y que si quieren que me quede en casa (no porque mi voto sea irrelevante sino porque piensan en grandes números de irrelevantes votos no sumados) ¿cómo puedo llevarles la contraria cuando eso mismo es lo que quieren todos, aunque digan lo contrario y solo podría hacerlo votando a uno de ellos? Hay que ser humilde y realista en estas cosas. Los partidos y sus dirigentes, esta vez, lo han hecho tan de puta madre que me han dejado sin coartada.

Me quito el sombrero ante ellos.

Anuncios