La indigna cesión del Gobierno Sánchez y los excesos de Rivera

 

Dice Albert Rivera:

Pero no. No es eso lo que ha dicho el señor Bal. Lo pueden escuchar aquí. El señor Bal no ha hablado de retirada de pruebas: se ha referido a hechos. Más concretamente a la narración de hechos indiciarios del auto de procesamiento del magistrado Llarena y que fundamentaron su criterio jurídico acerca de la posible comisión de un delito de rebelión (y sobre los que él dice que los «da por ciertos» precisamente porque están en el auto de procesamiento).

No ha hablado de pruebas.

El señor Bal ha afirmado que lo que se le ordenó (por su jefe) fue omitir hechos en el relato acusatorio de su escrito de calificación. Concretamente, lo que se hace es omitir el detalle (sobre todo de hechos sucedidos el día 1/10), porque «no son relevantes». Algo que, por otra parte, ya sabíamos: bastaba con comparar los escritos de acusación del fiscal y de la abogacía del Estado.

Por ejemplo, sobre hechos violentos el 1/10 lo único que dice el escrito de la abogacía del Estado (que, insisto, conocemos desde hace meses) es esto:

Disturbios y enfrentamientos. Nada más.

Sin embargo, el escrito del fiscal pormenoriza las situaciones de violencia y las lesiones que se supone padecieron los agentes de las fuerzas de orden público. También es cierto que, en gran medida, cae en predeterminación, al contener descripciones que no son tales, sino conclusiones generales sobre violencia organizada.

Sobre el 20/9, los hechos narrados en ambos escritos son similares y más extensos.

¿Por qué estas diferencias? Aventuro lo siguiente:

a) Porque la acusación por sedición no exige entrar en el detalle de la violencia; no  hay acuerdo sobre que sea precisa su presencia (hay autores que la exigen por considerarla implícita al alzamiento; hay quienes la excluyen por contraste precisamente con la rebelión, que lo exige expresamente) y bastaría con la oposición tumultuaria al cumplimiento de las órdenes judiciales. Yo soy partidario de esta segunda posición.

b) Porque al Gobierno le interesaba quitar hierro al relato acusatorio en el momento en que necesitaba a los partidos secesionistas para pactar unos presupuestos.

Me quedo con la segunda hipótesis y voy a explicarme. El señor Bal ha venido a decir que él conocía la instrucción y había intervenido en ella, y que quería incluir esa narración con detalle (equivalente a la del auto de procesamiento) porque precisamente estábamos en un momento procesal en el que lo habitual es que la acusación no renuncie a excluir del relato el detalle de ningún hecho que pudiera haber ocurrido y que pudiera ser relevante, sin perjuicio de lo que pasase después con el derecho, es decir con la aplicación de los tipos penales. Es decir, sin perjuicio de que finalmente y tras el juicio se terminase acusando por sedición.

A lo anterior, hay que añadir que la inclusión del detalle de los supuestos de violencia concretos (y de las lesiones) lejos de debilitar una acusación por sedición, la refuerzan, ya que los actos de violencia y de resistencia activa en muchos lugares —en aquellos en los que se intentó cumplir con el mandato judicial— hacen más difícil rebajar la descripción de los hechos típicos a otras modalidades delictivas.

Yo creo que cualquier acusación no influida espuriamente, aun cuando no estuviese de acuerdo con la calificación por rebelión, habría incluido el detalle de todos esos hechos. Más aún, la inclusión permite con más claridad la posibilidad —y no veo por qué se ha de renunciar a ella— de que la propia abogacía del Estado, al final del juicio, haga lo contrario de lo que comentaba antes y cambie su calificación provisional, acusando por rebelión (algo técnicamente más peliagudo cuanto más raquítico sea la narración de hechos delictivos). Lo normal, en suma, es que la acusación, en este momento se deje abierta con naturalidad todas las puertas.

Esto, por sí solo, es muy criticable. Este uso partidista de la abogacía del Estado, sobre todo en un asunto así, es inaceptable. Sobre todo porque el Gobierno socialista nos dijo que no había existido esa intromisión y que el escrito era así precisamente porque la abogacía del Estado hasta ese momento no había calificado los hechos, cuando resulta que el señor Bal, según ha declarado hoy, había preparado ya varios borradores.

Tampoco es una sorpresa. Los socialistas no solo aceptaron los votos secesionistas para la investidura, sino que pagaron (con cesiones concretas y esta seguramente fue una de ellas) y estuvieron dispuestos a pagar por mantener ese apoyo (no cualquier precio, pero sí algún precio). Y, personalmente, creo que volverán a hacerlo, sobre todo si obtienen un buen resultado tras las elecciones.

El PSOE de Sánchez es así. A su semejanza: un partido sin escrúpulos.

Pero, por favor, lo que tampoco es de recibo es que el señor Rivera convierta esto en una «retirada de pruebas incriminatorias». Más aún cuando la fiscalía está acusando y es la principal legitimada para acusar por rebelión.

Y me pregunto, ya ven, si pasa que Rivera quiere exagerar algo que es muy grave sin necesidad de añadir nada, haciendo que parezca peor, o si ha escuchado a su nuevo fichaje y no ha comprendido lo que decía.

Y, la verdad, casi prefiero no saberlo.

 

Emociones simples

 

Año 2019. Un periodista escribe esto:

Curioso. Es emocionante que, en un país con educación obligatoria hasta los dieciséis años y con una población universitaria enorme, la número uno en selectividad sea alguien con un perfil que podría salir al azar de un bombo con todos los que se examinaban con alta probabilidad.

Lo inusual sería que la número uno fuese hija de uno de los cien más ricos de España (y no solo por improbabilidad estadística, sino porque es muy posible que no se presente a selectividad) o de un futbolista de primera división o de un presentador famoso de la tele.

Pero ¿la hija de un camionero? ¿En 2019? Yo tengo 53 años. Conozco a gente de más edad, de paupérrimo origen, que ya en los setenta estudió, sacó calificaciones brillantísimas y luego estudio en la universidad. En los ochenta, esto ya ni llamaba la atención. Muchos de mis compañeros de curso (yo terminé en el 82), cursaron estudios universitarios. Y nuestro colegio estaba en Usera, en uno de los barrios más humildes de la ciudad. Dos de  las personas de mi edad más notables que he conocido fueron, una la hija de un guardabosques, que sacó notarías en dos años en 1990, otra, la hija de una mujer que limpiaba escaleras, que terminó derecho en la Complutense con veintitrés matrículas de honor y que hoy gana mucho dinero en una multinacional.

Lo más gracioso es que, en realidad, en los 80 y 90, esto era más habitual. En aquella época prácticamente todos éramos hijos de personas sin estudios universitarios. Mi padre también empezó como camionero y terminó teniendo una pequeña empresa de transportes. Mi padre estudió hasta los catorce años, aunque presumía de las conjugaciones de latín que aún recordaba, y mi madre apenas sabía leer y escribir.

Sin embargo, en las clases de mis hijas en institutos públicos, abundaban los padres con carrera universitaria. No todos, claro, pero sí bastantes. Normal, nosotros somos sus padres.

En fin, quizás a Évole le emocionen las cosas normales, como un huevo frito, un atardecer, que un número de cinco dígitos sea premio gordo o que la hija de alguien en España sea inteligente y trabajadora.