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En 2015 cogí el programa de Podemos y, de una forma muy grosera, intenté calificar sus propuestas desde el punto de vista de incremento del gasto. Sobre todo porque se cuidaban de cuantificar el coste de sus medidas.

Claro está: como no iban a gobernar y tenían que demostrar que ellos sí representaban de verdad a la sufrida gente frente a los malvados mercados, a la troika, al Ibex y al SIM, prometieron como si no hubiera un mañana. O como hacía cierta persona que conocí, que siempre explicaba a sus hijos los regalos que iban a recibir si le tocaba la lotería.

Los políticos por definición siempre sueltan trolas y se callan o minimizan la parte fea de sus programas (que no es cosa de asustar). Pero hay grados. Los políticos populistas no se caracterizan por soltar algunas trolas, sino porque todo lo que dicen es una trola que nunca se llevará a la práctica porque será sustituido por otra trola nueva que, además, culpabilice de las trolas previas a los demás. La trola no es, para ellos, un problema del sistema que han de sobrellevar, poniéndose más o menos amarillos, sino su manera de hacer política. Por eso son tan excelentes en ese mundo. Mentir no solo les da igual, sino que solo saben mentir, manipular y prometer lo que sea necesario para seguir en la bicicleta.

Pronto podremos hacer el mismo ejercicio con el programa económico de Vox. De momento, tenemos este disparate:

Lo más divertido es lo de la reducción «drástica» del gasto público (algo imprescindible considerando la salvaje pérdida de ingresos que supondrían esas rebajas de impuestos) que, según ese avance, se lograría recentralizando (como si la recentralización por sí sola pudiera suponer una rebaja de entidad en el gasto) y cerrando las televisiones.

Salvo, claro está, que «quitar competencias» incluya tener menos prestaciones sanitarias, peores juzgados (de los que ya tenemos, que son muy deficientes) y que nuestro sistema educativo empeore aún más, detrayendo recursos. Porque si se pretende mantener el mismo nivel de prestaciones, la recentralización solo supondría una reducción del gasto (y no sería muy significativo) con una gestión más eficiente, ya que la administración central tendría que hacer lo que ahora hace la autonómica (por cierto, tras una reforma constitucional y estatutaria).

En cuanto a las televisiones, las autonómicas cuestan unos mil millones de euros al año. En cuanto a RTVE, nos cuesta 343 millones anuales.

Para hacernos una idea: los ingresos tributarios estatales ascendieron a 193.000 millones de euros en 2017. Por IRPF se recaudaron 77.038 millones de euros. Por Impuesto de Sociedades 23.143 millones de euros.

Todo esto sin considerar cuestiones como el déficit público (y su aumento si se rebajan los ingresos) y la necesidad de ir aminorando la deuda pública (en el 100% del PIB).

Ahora, consideren el impacto de la medida estrella (es estrella porque es la única que mencionan) de ahorro, el cierre de las televisiones, por importe de 1.400 millones de euros (a lo bruto, que el cierre tendría un coste enorme) en comparación con las consecuencias de medidas fiscales como las propuestas.

Nah. Mejor no lo hagan. Total, para qué. Si ya sabemos que es una trola.

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