Ya he botado

 

He votado. En las europeas, a Ciudadanos. Me convence su lista más que las de otros partidos. Y ALDE es el grupo que está más cerca de aquello que me parece mejor para el indestructible proyecto europeo. En las municipales y autonómicas también he votado a Ciudadanos. Lo menos malo. Por desalojar a ese producto propagandístico, a esa pesadilla cursi, de nombre Manuela Carmena. El PSOE es invotable, encantado como está de encamarse con Podemos. El PP ha presentado a gente mu loca que dise cosas mu raras. En cuanto al otro partido importante, Voxdemos, solo deseo que se estrellen electoralmente y poder seguir disfrutando de este criminal sistema capitalista que mata a millones y promueve el bestialismo entre los supervivientes.

He votado a Ciudadanos, ese partido que lleva meses dando bandazos incomprensibles, que ha dado un espectáculo tan lamentable esta primera semana de oposición y al que tengo tanta manía, según algunos clarividentes. Así que, ya ven, tenían razón esos otros clarividentes que predecían, cuando hace meses vociferaba contra Vox, que pronto tendría un carguito en Ciudadanos. Si no ha caído todavía, es porque estoy ebrio de autoridad.

 

Lo único bueno que podría pasarnos

 

Lean:

El Tribunal Supremo no ha argumentado NADA sobre esto. Nada de nada. Se limitó a decir que un diputado podía estar preso, porque así estaba previsto en el Reglamento. No dijo, en ningún momento, que los presos concretos de los que hablamos estuviesen suspendidos por aplicación de dicho Reglamento o debieran estarlo. De hecho, el propio informe —que parece no se ha leído nadie— en ningún momento dice estar contradiciendo nada acordado por el Tribunal Supremo ni tampoco alguna de sus «argumentaciones».

Hay una campaña para mostrar una supuesta politización del Tribunal Supremo en este asunto. Una campaña evidente —a falta de indicios, están utilizando algo tan endeble como un argumento inexistente—. Porque, si se convence a la gente de que ha entrado la política en la sala, será más fácil una solución que pase por dejar de lado una sentencia condenatoria, sobre todo si hace suyas las tesis más intensas de las acusaciones. Esta campaña, impulsada y asumida con fuerza por algunas defensas desde el principio —normal, les conviene—, se ha filtrado desde los creyentes a los que estaban dispuestos desde siempre a la concesión.

El estado de la cuestión se resume muy bien estos dos tuits:

Lo bueno es que los jueces «sean suaves». Para desarmar el discurso y que los «independentistas» moderados tiren «para atrás».

Es deprimente. Ni se plantea que lo correcto sea aplicar la ley penal. Llevamos meses de juicio, centenares de testimonios. Todo para averiguar si se cometieron delitos y por quién. Para llegar a una conclusión razonada sobre ciertos hechos. No dura o suave; razonada, prudente y legal. Hacer esto arma el «discurso dictaduroso» y, por supuesto, esto es malo. Lo correcto no es rebatir el discurso falso, sino ceder para que los que lo utilizan no se enfaden. Y, de paso, reforzar las otras partes falsas de ese discurso: todo fue correcto y democrático, y no hubo golpe de Estado, sino todo lo más alguna infracción administrativa. ¡Hasta el fascista Estado español  lo habría reconocido! Venga, hagamos lo mismo con otros discursos de otros populistas de derechas y tomemos unas pocas medidas idiotas e infames contra, por ejemplo, los inmigrantes, para desarmar el discurso de los más radicales de aquellos y conseguir que los ultraderechistas moderados «tiren para atrás». Por cierto, lo bueno es una absolución que no arme a «unos», como si «otros» no pudiesen concluir que esa absolución es prueba de alguna traición. Como si declarar la bondad de ceder al chantaje no sirviese para acreditar al común que el chantaje es útil y que quizás haya que empezar a utilizarlo.

Vean que hablo de la ley penal. Porque el grosero incumplimiento de otras leyes (en primer lugar de la más importante, la Constitución) ni se menciona. Ya sabemos que los líderes secesionistas las ignoraron a sabiendas y presumiendo de que lo hacían. Pero es a esta gente a la que hay que contentar; no a los ciudadanos que creen que no deberías poder incumplir las normas sin consecuencias. Lo más divertido es que los mismos que están dispuestos a mirar para otro lado para evitar la gresca, luego querrán que la ley se cumpla en todo aquello que sea sagrado para ellos.

A estas alturas del juicio, a falta solo de la prueba documental y de los informes finales, me he formado una idea de cuál debería ser el resultado del proceso y voy a aprovechar para exponerla, sin argumentarlo, que ya habrá tiempo de sobra para ello: no hay prueba de rebelión ni de conspiración para la rebelión; algunos —no todos— de los acusados deberían ser condenados por sedición; se ha probado la malversación, aunque habrá que razonar a quién alcanza conforme a la prueba; la condena por desobediencia es prácticamente inevitable. Ahora bien, cuando se dicte la sentencia me tomaré el tiempo de leerla, de contrastar sus conclusiones con las mías y de conceder a los argumentos de tan ilustres juristas las oportunidades necesarias para desmontar los míos; y a pesar de que se aparte mucho de esta opinión previa —en una dirección u otra— no reaccionaré interpretando de entrada que los magistrados han hecho otra cosa que no sea su trabajo. Juzgaré los resultados por sus pilares, no por mis expectativas.

Esta debería ser la conducta de todos. Sin embargo, tengo la certeza de que, antes de que nadie lea la sentencia, casi todos habrán opinado sobre ella conforme a sus prejuicios. Digo antes de que nadie la lea. Lo de que la juzguen solo los que la realmente la comprendan es el deseo imposible de un mundo perfecto en el que la mayoría cree en sus instituciones y trabaja para mejorarlas, no para derruirlas. Eso sí sería lo único bueno que podría pasarnos.

 

Los apaciguadores

 

Una vez más, un montón de gente ha decidido que los dirigentes de un partido político no pueden ir a un pueblo de España a hacer un acto público. Que eso se hace para crispar y para obtener rendimiento electoral. Que se hace para provocar reacciones. Que no es prudente. Que no es adecuado.

Estas personas son las mismas que silban cuando se homenajea a un etarra que sale de prisión o cuando se blanquea a un tipo al que acaban de detener, responsable directo de la muerte de muchas personas, y, entre ellas, de varios niños. Lo hacen por las mismas razones. Se trata de no avivar las conductas que se han dejado atrás y seguir, todos, por la senda constitucional. Además, qué cojones tenemos que decir los que vivimos en otras partes. Como si supiéramos de qué hablamos.

Sin embargo, mira que es sencilla la cuestión. La normalidad que no hay que alterar es la que debería permitir a cualquiera ir a cualquier lugar a exponer sus opiniones, con independencia de la bondad o maldad de sus motivos. La que debería admitir que se pueda decir, a la cara de los vecinos, «amigo das asco», si piensas que es un héroe alguien que pegaba tiros en la nuca y ponía bombas. La misma normalidad que nos permite decirle al nazi que es un repugnante nazi debería llevar a la gente a repudiar a los que hacen una pantomima de desinfección tras una concentración en la que se llama asesino a un asesino. Pero no, repudian a los concentrados.

Los que acusan a Rivera y Pagazaurtundúa de crispar son cómplices. A lo mejor, ni lo saben. Quizás no hayan hecho el esfuerzo de introspección necesario para salir de su burbuja infecta. Es tan difícil hacerlo, sobre todo si alrededor de una hoguera los miembros de la tribu cantan una triste canción sobre la culpa colectiva y te la crees porque te facilita el relato autobiográfico y el día a día.

Quizás el problema es ese. Demasiadas décadas en la zona gris. Como la madre que descubre que su hijo es un asesino múltiple y no puede dejar de quererlo, lo que nos dicen muchos es que no hagamos ruido, que tienen que convivir con gente con el cerebro lleno de mierda y nosotros no vivimos allí. Qué equivocación. Si algo nos enseña la historia es que en todas partes hay personas con el cerebro enmierdado. A veces, esas personas son tus padres o tus hijos o tus amigos de la infancia. Lo malo es que se reúnan y se organicen. Que encuentren una causa y líderes. Y que los demás se callen cuando sacan las antorchas y se ponen a desfilar.

* * * * *

Mucha gente ha comenzado a escribir un inmundo relato sobre el juicio en el Tribunal Supremo. La visión, día a día, de lo que sucedía en la sala, y el comportamiento de los magistrados y, en concreto, del magistrado Marchena, estaba complicando en exceso el escenario en el que el golpe de Estado no ha existido —casi un malentendido— y todos hemos de abrazarnos fraternalmente, darnos la paz, y pelillos a la mar. Así que se han inventado una conspiración en la que Marchena es un diabólico Fu Manchú que ha torcido la voluntad de la soberanía popular. La tesis es tan estúpida que solo la comprarán los pitonisos que anticipan el futuro. Una tesis que, por cierto, olvida que las decisiones las están tomando siete magistrados y, hasta el momento, lo están haciendo por unanimidad.

Y todo esto se aliña con el runrún. El nuevo presidente del Senado, hoy, afirma esto:

NOTA: desde aquí la entrada se ha cambiado al rectificar El País el texto de la entrevista (dejo lo incorrecto, tachándolo, y añado lo nuevo en color morado). Uno, como pueden ver, hace ,mucho que no efectúa análisis considerando los titulares. Ni siquiera los titulares entrecomillados.

P. ¿Cree que la situación en Cataluña no cambiará hasta que acabe el juicio y haya sentencia?

R. Me parece lo más probable. Hay un escenario que podría reconciliar todo reconsiderar esto, y es que hubiera una la sentencia fuera absolutoria. Bueno, es una posibilidad, yo no voy a entrar en eso. Si no es así, parece claro que generará una respuesta en Cataluña porque los sectores independentistas reaccionarán. Y es posible que esos mismos sectores intenten extraer un rendimiento electoral del malestar de la ciudadanía. Lo cierto es que actitudes moderadas por parte de las formaciones independentistas podrían penalizar a quien las tome y probablemente eso es lo que pasó con el veto de los partidos independentistas [ERC y Junts per Catalunya] a Iceta.

La tercera autoridad del país, antes de que los magistrados dicten sentencia aplicando la ley, afirma que «todo» «esto» se reconciliará reconsiderará si se absuelve a los acusados. Porque, en otro caso, los sectores «independentistas» reaccionarán. Por lo visto, este hombre ni se plantea, si hay una absolución, que los sectores no «independentistas» reaccionen y se radicalicen. No se lo plantea o simplemente actúa como si no existieran, como si esos millones de catalanes fuesen invisibles. Solo importa lo que hagan los secesionistas. Recordemos que se juzga a líderes secesionistas.

El mensaje soterrado es manifiesto: a los que presuntamente se saltaron la ley penal mejor no les apliquemos las consecuencias previstas en ella, no vaya a ser que «reaccionen». ¿Que reaccionen cómo? ¿Quizás saltándose la ley, la penal y la que no lo es? En cuanto a los otros, que les den; seguro que tragarán con cualquier cosa .

Yo solo deseo que el tribunal dicte una sentencia ajustada a derecho y adoptada en conciencia. Qué tiempos aquellos en los que uno habría esperado que el presidente del Senado se limitase simplemente a decir esto mismo.

No, no os han dado la razón

 

La mesa del Congreso ha decidido declarar la suspensión de los cuatro diputados secesionistas procesados y presos.

Ha considerado, imagino, para ello, el informe de los letrados.

Personalmente —y al margen de  posibles consideraciones políticas en las que no entro—, creo que la presidenta del Congreso ha acertado en solicitar el informe a los letrados y falló gravemente al pedir inicialmente algo similar al Tribunal Supremo. Habría sido más sencillo pedir el informe a sus letrados desde el primer momento y no marear la perdiz.

No obstante, veamos cuál ha sido el comportamiento de Ciudadanos:

Comenzaron con esto:

Escritos similares fueron presentados por el PP y Vox.

Ahora, a partir de ese momento, se deslizaron por el tobogán de los mensajes enfáticos y populistas.

Por ejemplo:

O:

Y termina hoy con este mensaje:

Por cierto, ha sido borrado uno previo, más disparatado:

 

Tengo más tuits y opiniones de dirigentes de Ciudadanos y de personas afines al partido, bastante lamentables. Pero voy a resumir esta escalada con el siguiente tuit:

Nos dice Pedro Herrero que cómo va a haber filibusterismo del PP y Cs si el informe de los letrados dice «exactamente» lo que ellos pedían. Veamos lo que pedía Ciudadanos:

Como pueden observar, Ciudadanos pedía la suspensión por aplicación de los artículos 21.1.2º y 31.1.7º del Reglamento del Congreso.

Veamos qué dice el informe de los letrados sobre esto:

No es que el informe no diga exactamente lo mismo que pedía Ciudadanos, es que dice exactamente LO CONTRARIO.

Concluyo diciendo que los primeros días de oposición de Ciudadanos en el nuevo Congreso están siendo muy deficientes.

Calla, bobo

 

Ayer escribí esto.

Lo escribí porque creo que mis razonamientos jurídicos son correctos. Puedo estar equivocado, por supuesto. Puede, incluso, que más que equivocado, esta sea una cuestión discutible que admite soluciones diversas y que la que se adopte exija un proceso de interpretación del sentido y la ratio del ordenamiento jurídico en esta materia. Vamos, como se hace tan a menudo por tantos operadores jurídicos. Esto no sería estar equivocado, sino tener razón, obviamente.

Después de escribirlo, leí algunos artículos, hilos de tuiter, opiniones diversas. Las hay muy burdas —algunas hasta ofensivas—, así que no perderé el tiempo con ellas. Otras, aunque me parezcan forzadas, resultan de una aplicación de esos instrumentos interpretativos que utilizamos los que nos dedicamos a esto de las leyes y, por tanto, han de rebatirse usando esos mismos criterios. Pero no quiero hablar de esto.

Quiero hablar de los que consideran que esto está clarísimo. Un querido amigo, incluso atribuye mi análisis a ese defecto que tengo: la búsqueda de la objetividad. Como el defecto es auténtico, me reexamino constantemente (o, al menos, lo intento). ¿Y qué mejor manera de reexaminarme que analizar las objeciones a los argumentos que expongo? Sobre todo, objeciones de personas que aprecio y que utilizan argumentos.

El problema es que no existen.

No existen. Miro a amigos y conocidos. A juristas. Y veo que todos dicen: «está clarísimo, joder». Veo afirmaciones que eluden las cuestiones que planteo.

Comprendo que nadie quiera perder el tiempo rebatiendo mis argumentos. No puedo exigir un trabajo así a nadie, cuando yo mismo no lo hago a menudo. Normalmente, por pereza. Si tengo algo claro, y lo que leo me parece una bobada, ¿para qué cojones perder el tiempo?

Puede que este sea el caso. A lo mejor lo que he escrito es una gilipollez. A lo mejor está clarísimo que Batet está al borde de la prevaricación y la desobediencia. Yo no veo orden ninguna de ningún tribunal que esté desobedeciendo, ni creo imprudente pedir un informe jurídico, sino todo lo contrario, antes de decidir. Pero, otros dicen que sí.

A lo mejor lo que dice este editorial de El Mundo es acertadísimo —me refiero a la cuestión legal, no a la política, en la que no entro—, aunque yo siga sin ver, en absoluto, esa prístina claridad.

Intento, ya ven, reexaminar mis argumentos, pero es imposible por falta de contraste.

Ah, por cierto: que yo crea que una suspensión basada en los reglamentos exija una votación de las cámaras es perfectamente compatible con la obviedad de que las mayorías a favor de esos acuerdos deberían ser estrepitosas. Por dignidad, sobre todo de aquellos que llevan años hablando de los privilegios de los políticos.

De momento, seguiré opinando como un individuo. Con estos antecedentes, con tanta bandería agostándonos, me da que cada vez va a ser más difícil tener un criterio personal. Pero la ventaja de no ser nadie, es que puedo permitirme la soberbia de continuar equivocándome evidentemente.

 

ADENDA:

Vaya. Han hablado los letrados del Congreso. Y tienen exactamente la misma opinión que expuse en mi entrada anterior. Y, además, por razones sustancialmente similares.

Imagino que habrá algunas personas que dirán que los letrados son gilipollas y no saben ver algo que es clarísimo.

 

Ah, el asesinado es un hombre. Excelente noticia.

 

Esto es extraordinario. Es difícil encontrar una manifestación más cristalina de doble moral. Escúchenlo:

La misma persona dice que Madrid es una ciudad segura porque solo hubo 16 asesinatos en un año. Sin solución de continuidad, manifiesta lo preocupante que es que 5 fuesen mujeres.

Que haya 11 hombres es una señal de extraordinaria seguridad. Que haya 5 mujeres es motivo de alarma.

Naturalmente, todos los asesinatos nos parecen malos, pero hay razones para argumentar que, en una ciudad de casi cuatro millones de habitantes, la cifra de 16 asesinatos es muy pequeña. Que es, en ese sentido, una cifra excelente.

Pero, como no puede admitir que esto desemboque en la inevitable conclusión de que 5 mujeres asesinadas, en una población de casi dos millones, sea una estadística también —más aún— extraordinariamente baja, ya que esto podría poner en duda que los «feminicidios» sean una plaga, un problema de gravedad extrema y que nos esté «matando a todas» una subespecie del terrorismo, se produce la disrupción, el salto en el vacío y el abandono de la razón, y del uso de la estadística se pasa al inmediato «ni una más». A la tolerancia cero.

Los hombres pueden morir violenta e injustamente y que mueran pocos ser una buena noticia porque sigue siendo inevitable un cierto número de crímenes en poblaciones tan grandes; las mujeres, no.

Un todo es bueno. Una parte de ese todo es malo. El todo está definido por una característica: está formado por seres humanos. Las partes por otra: el sexo de esos seres humanos. Podría haber sido la raza o la clase social. Si la parte es mala, la única explicación es que las mujeres valen más que los hombres, que la vida de una mujer vale más que la de un hombre.

Con personas así no cabe la discusión civilizada. Están poseídas por una irracionalidad maligna.

 

In claris no existe, como sabemos todos

 

Escuchaba esta mañana a Carlos Alsina sobre el asunto de la suspensión de los diputados que están siendo juzgados en el Tribunal Supremo y la solicitud hoy inadmitida de un informe por la presidenta del Congreso, Meritxell Batet. También comentaba la parida de Pablo Iglesias: que a los diputados los ha elegido la gente para que sean diputados. Sobre esto último, nada que decir: lo de Iglesias es infumable, aunque coherente en un populista de izquierdas. Ya sabemos que, para ellos, la ley nos obliga mientras no se oponga a lo que dice la gente, es decir, a lo que dice el líder.

Sin embargo, me ha llamado la atención la insistencia de Alsina en que el asunto de la suspensión, por aplicación del Reglamento del Congreso, es clarísimo.

Voy a explicar cómo lo veo para que se entienda por qué no estoy de acuerdo.

En primer lugar, los diputados y el senador procesados por rebelión una vez adquiridos la condición de tales por el cumplimiento de las formalidades exigidas por la ley, están suspendidos automáticamente por ministerio de la ley. Hablo del artículo 384 bis de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, que dice:

Firme un auto de procesamiento y decretada la prisión provisional por delito cometido por persona integrada o relacionada con bandas armadas o individuos terroristas o rebeldes, el procesado que estuviere ostentando función o cargo público quedará automáticamente suspendido en el ejercicio del mismo mientras dure la situación de prisión.

Que la suspensión es automática resulta del dictado de la ley y coincide con la interpretación efectuada por el magistrado Llarena tras el procesamiento y en relación con los cargos que entonces ostentaban los procesados.

Eso sí, que la suspensión sea automática no excluye que un juez competente, siquiera por razones de seguridad jurídica, declare que estamos en el supuesto de la norma. Es lo que hizo Llarena y es lo que, en mi opinión, debería hacer la sala que está enjuciando. En consecuencia, creo que lo correcto es lo que han hecho los fiscales del Tribunal Supremo, que han pedido esta suspensión por aplicación de esa norma procesal.

Dicho esto, ¿procede además la suspensión por aplicación de los Reglamentos de las Cámaras?

Aunque es discutible, en mi opinión, no, salvo votación de la propia cámara con mayorías idénticas a las que permiten la concesión del suplicatorio. ¿Por qué digo esto?:

Vean lo que dice el Reglamento del Congreso:

Artículo 21

1. El Diputado quedará suspendido en sus derechos y deberes parlamentarios:

1. En los casos en que así proceda, por aplicación de las normas de disciplina parlamentaria establecidas en el presente Reglamento.

2. Cuando, concedida por la Cámara la autorización objeto de un suplicatorio y firme el Auto de procesamiento, se hallare en situación de prisión preventiva y mientras dure ésta.

2. El Diputado quedará suspendido en sus derechos, prerrogativas y deberes parlamentarios cuando una sentencia firme condenatoria lo comporte o cuando su cumplimiento implique la imposibilidad de ejercer la función parlamentaria.

Como vemos, esta norma no coincide con el artículo 384 bis, ya que esta se refiere a delitos concretos, mientras que el Reglamento se refiere a todo tipo de delitos. Además, la suspensión exige un presupuesto habilitante: que se haya concedido la autorización para proceder contra el diputado por medio de suplicatorio.

El suplicatorio es un acto político derivado de un privilegio: la cámara lo concede o no. Es decir, la cámara se pronuncia políticamente.

En el presente caso, esto no ha sucedido. Se puede argüir que no es necesario, como se ha cuidado el Tribunal Supremo de declarar en su auto de 14/05/2019, resolución totalmente ajustada a derecho en mi opinión, pero esto no implica que su innecesariedad para la continuación del juicio lo haga innecesario para provocar la suspensión. La razón es la ya enunciada: el suplicatorio encierra una manifestación de voluntad política de la cámara.

Esto, además, se refuerza considerando el caso del Senado. El artículo 22 del Reglamento del Senado se parece al del Reglamento del Congreso, pero con dos diferencias:

a) La primera es que hace falta mayoría absoluta para acordar la suspensión en una votación diferente de la del suplicatorio.

b) La segunda es que se hace referencia a que esta medida se acordará dependiendo de la «naturaleza de los hechos imputados».

La segunda diferencia es irrelevante, ya que el Senado es soberano. Ahora, la primera supone que, para la suspensión, el Senado deba realizar dos manifestaciones políticas adoptadas por mayoría (además, absoluta, en el segundo caso).

Las consecuencias que extraigo son: la suspensión de la condición de diputado o senador afecta a derechos fundamentales de indudable trascendencia. Al igual que la inmunidad, como privilegio, ha de interpretarse taxativa e incluso restrictivamente, la suspensión de un derecho fundamental ha de producirse solo cuando la ley lo prevea y concurran todos los presupuestos habilitantes.

En consecuencia, para que las cámaras puedan suspender por aplicación del Reglamento respectivo es preciso que, en el caso del Congreso, haya suplicatorio (o votación con cumplimiento de requisitos formales similares) y, en el caso del Senado, votación por mayoría absoluta (podría ser solo una, puesto que con ello las exigencias materiales se cubren).

De esta forma, concurriría, en ambos caso, la voluntad política que exigen ambos reglamentos (recuérdese que las cámaras son soberanas a la hora de articular sus normas de funcionamiento).

Solo queda una cosa por plantear: ¿podrían las cámaras olvidarse de sus reglamentos y simplemente suspender por la concurrencia de lo que establece el art. 384 bis de la Ley de Enjuiciamiento Criminal?: en principio, podrían. Ahora bien, esa norma procesal, conforme a su aplicación natural, aunque es imperativa, tiene como principal destinatario a los jueces y tribunales. Por tanto, no sería ilógico que las cámaras simplemente declinasen en el tribunal la dación de cuenta de que la suspensión automática se ha producido porque en ese tribunal concreto se sigue una causa por los delitos que implican dicha suspensión automática.

Por tanto, no tiene razón Batet en pedir informe de ningún tipo. Esto es un disparate. Pero no resultaría absurdo que las cámaras esperen a una resolución expresa del tribunal que deje constancia de la aplicabilidad de esa norma.

Dos últimos incisos para que quede claro hasta qué punto el asunto es discutible:  en cierto sentido ya hay una resolución que dice que los diputados y el senador tienen sus cargos suspendidos. La que dictó Llarena. El segundo inciso: se ha dicho que el auto de 14/05/2019 (antes enlazado) ya contiene la postura del tribunal. Pues yo no sé dónde. Lo que dice el auto es:

Basta su lectura para darnos cuenta de que la mención del reglamento es obiter dicta como argumento añadido a otros que se refieren a la condición posible de preso preventivo y diputado o senador conforme a derecho.

Y el auto no dice que la situación de preso preventivo, por sí sola, implique que el diputado sea suspendido en sus derechos y deberes parlamentarios.

Espero, en consecuencia, que el Tribunal Supremo dicte una resolución que simplemente declare que los presos diputados y senador están suspendidos por aplicación de la Ley de Enjuiciamiento Criminal y que así se lo comuniquen a las cámaras para su cumplimiento. O que, si las cámaras hacen esto, lo hagan por aplicación exclusivamente de esta norma.

Y que, si se pretende que la suspensión tenga lugar por aplicación de los Reglamentos, haya una votación al efecto en el pleno del Congreso y otra en el del Senado.

 

Recuerdos

 

Ayer, al contemplar la obra de los españoles y sus dirigentes, esa mezcla afectada de vacuidades enfáticas e imposturas, recordé un capítulo extraordinario de una obra memorable —pese a estar salpicada de tributos pagados a su época—. Se trata de los «Recuerdos de la Revolución de 1848» de Tocqueville. El libro está repleto de genialidades, sobre todo en su análisis político, sociológico y psicológico. Eché un vistazo y rescaté tres. El capítulo es posterior a los hechos de febrero y a las elecciones de la que nacería la cámara constituyente (la traducción es de Jon Rouco):

«Observé, por tanto, un esfuerzo universal para sacar el máximo provecho del nuevo estado de cosas y por ganarse al nuevo amo. Los grandes terratenientes se alegraban de recordar que ellos siempre habían sido hostiles a la clase media, y que siempre habían favorecido al pueblo. [Los sacerdotes encontraron de nuevo el dogma de la igualdad en los Evangelios, y nos aseguraban que ellos siempre lo habían visto allí]; los propios burgueses recordaban con un cierto orgullo que sus padres habían sido trabajadores, y cuando no podían, debido a la inevitable oscuridad de sus genealogías, rastrear su ascendencia hasta un obrero que hubiera trabajado con sus manos, al menos se esforzaban por descubrir algún antepasado plebeyo que hubiera sido arquitecto de su propia fortuna. Se tomaban tantas molestias por hacer ostentación de este último como, no mucho antes, se las habrían tomado para ocultar su existencia: así de cierto es que la vanidad humana, sin cambiar de naturaleza, puede mostrarse bajo los más diversos aspectos. Tiene un anverso y un reverso, pero es siempre la misma medalla. Como ya no quedaba ningún sentimiento genuino salvo el miedo, lejos de romper con aquellos parientes que se habían lanzado a la Revolución, cada cual se esforzaba por acercarse a ellos. Había llegado el momento de tratar de sacar partido de cualquier pobre diablo que tuviera uno en la familia. Si uno tenía la suerte de contar con un primo, un hermano o un hijo que se hubiese arruinado por su vida desordenada, uno podía estar seguro de estar en el camino del éxito; y si éste era conocido por la promulgación de alguna que otra teoría extravagante, uno podía albergar esperanzas de llegar hasta lo más alto. La mayoría de los comisarios y subcomisarios del Gobierno eran hombres de esta especie. [Aquellos parientes a los que uno evitaba mencionar, esos que en otros tiempos habrían sido enviados a la Bastilla y que en nuestros días habrían sido enviados como funcionarios públicos a Argelia, se convirtieron de pronto en el centro de atención y en el sostén de sus familias.]»

(…)

«Y en cuanto a confraternizar con los hombres, yo no podría hacerlo de un modo habitual y general, porque nunca reconozco más que a unos pocos. A menos que una persona me sorprenda por algo fuera de lo común en su intelecto o en sus opiniones, yo, por así decirlo, no lo veo. Siempre he dado por sentado que los mediocres, al igual que los hombres de mérito, tienen una nariz, una boca y ojos; pero nunca he sido capaz, en su caso, de fijar en mi memoria la forma particular de estos rasgos. Constantemente estoy preguntando el nombre de extraños que veo a diario, e igual de constantemente los olvido; y, sin embargo, no es que los desprecie, es sólo que apenas los frecuento, y los trato como constantes en una ecuación. Los respeto, porque son la materia de la que se compone el mundo, pero me agotan profundamente.»

(…)

«La mayoría de los hombres de partido no se dejan afligir ni enervar por dudas de este tipo; muchos incluso nunca las han conocido, o han dejado ya de conocerlas. A menudo se les acusa de actuar sin convicción, pero mi experiencia ha demostrado que esto era mucho menos frecuentemente el caso de lo que uno podría pensar. Lo que ocurre es que poseen la preciosa facultad, que en política es a veces incluso necesaria, de crearse convicciones transitorias para sí mismos, conforme a las pasiones e intereses del momento, y así logran llevar a cabo, de forma suficientemente honorable, acciones que en sí mismas no son demasiado honrosas. Desafortunadamente, yo nunca he podido iluminar mi inteligencia con esas peculiares luces artificiales, ni tampoco convencerme tan fácilmente de que mi propio provecho era exactamente la misma cosa que el bien general.»