Recuerdos

 

Ayer, al contemplar la obra de los españoles y sus dirigentes, esa mezcla afectada de vacuidades enfáticas e imposturas, recordé un capítulo extraordinario de una obra memorable —pese a estar salpicada de tributos pagados a su época—. Se trata de los «Recuerdos de la Revolución de 1848» de Tocqueville. El libro está repleto de genialidades, sobre todo en su análisis político, sociológico y psicológico. Eché un vistazo y rescaté tres. El capítulo es posterior a los hechos de febrero y a las elecciones de la que nacería la cámara constituyente (la traducción es de Jon Rouco):

«Observé, por tanto, un esfuerzo universal para sacar el máximo provecho del nuevo estado de cosas y por ganarse al nuevo amo. Los grandes terratenientes se alegraban de recordar que ellos siempre habían sido hostiles a la clase media, y que siempre habían favorecido al pueblo. [Los sacerdotes encontraron de nuevo el dogma de la igualdad en los Evangelios, y nos aseguraban que ellos siempre lo habían visto allí]; los propios burgueses recordaban con un cierto orgullo que sus padres habían sido trabajadores, y cuando no podían, debido a la inevitable oscuridad de sus genealogías, rastrear su ascendencia hasta un obrero que hubiera trabajado con sus manos, al menos se esforzaban por descubrir algún antepasado plebeyo que hubiera sido arquitecto de su propia fortuna. Se tomaban tantas molestias por hacer ostentación de este último como, no mucho antes, se las habrían tomado para ocultar su existencia: así de cierto es que la vanidad humana, sin cambiar de naturaleza, puede mostrarse bajo los más diversos aspectos. Tiene un anverso y un reverso, pero es siempre la misma medalla. Como ya no quedaba ningún sentimiento genuino salvo el miedo, lejos de romper con aquellos parientes que se habían lanzado a la Revolución, cada cual se esforzaba por acercarse a ellos. Había llegado el momento de tratar de sacar partido de cualquier pobre diablo que tuviera uno en la familia. Si uno tenía la suerte de contar con un primo, un hermano o un hijo que se hubiese arruinado por su vida desordenada, uno podía estar seguro de estar en el camino del éxito; y si éste era conocido por la promulgación de alguna que otra teoría extravagante, uno podía albergar esperanzas de llegar hasta lo más alto. La mayoría de los comisarios y subcomisarios del Gobierno eran hombres de esta especie. [Aquellos parientes a los que uno evitaba mencionar, esos que en otros tiempos habrían sido enviados a la Bastilla y que en nuestros días habrían sido enviados como funcionarios públicos a Argelia, se convirtieron de pronto en el centro de atención y en el sostén de sus familias.]»

(…)

«Y en cuanto a confraternizar con los hombres, yo no podría hacerlo de un modo habitual y general, porque nunca reconozco más que a unos pocos. A menos que una persona me sorprenda por algo fuera de lo común en su intelecto o en sus opiniones, yo, por así decirlo, no lo veo. Siempre he dado por sentado que los mediocres, al igual que los hombres de mérito, tienen una nariz, una boca y ojos; pero nunca he sido capaz, en su caso, de fijar en mi memoria la forma particular de estos rasgos. Constantemente estoy preguntando el nombre de extraños que veo a diario, e igual de constantemente los olvido; y, sin embargo, no es que los desprecie, es sólo que apenas los frecuento, y los trato como constantes en una ecuación. Los respeto, porque son la materia de la que se compone el mundo, pero me agotan profundamente.»

(…)

«La mayoría de los hombres de partido no se dejan afligir ni enervar por dudas de este tipo; muchos incluso nunca las han conocido, o han dejado ya de conocerlas. A menudo se les acusa de actuar sin convicción, pero mi experiencia ha demostrado que esto era mucho menos frecuentemente el caso de lo que uno podría pensar. Lo que ocurre es que poseen la preciosa facultad, que en política es a veces incluso necesaria, de crearse convicciones transitorias para sí mismos, conforme a las pasiones e intereses del momento, y así logran llevar a cabo, de forma suficientemente honorable, acciones que en sí mismas no son demasiado honrosas. Desafortunadamente, yo nunca he podido iluminar mi inteligencia con esas peculiares luces artificiales, ni tampoco convencerme tan fácilmente de que mi propio provecho era exactamente la misma cosa que el bien general.»